septiembre 25, 2006

Cliché I

La sala está repleta; un conjunto mixto de personas que han vivido más de seis lustros simula decencia besando el vaso. Ríen, recuerdan anécdotas colegiales, activan viejos apodos, retroceden a la adolescencia por unas horas. Luego, compiten, hacen alarde de sus éxitos, los hiperbolizan, diciendo sin decir se enrostran el monto de los salarios. Ya no besan el vaso, prácticamente lo exprimen, su decencia está más que demostrada por la tarjetita bicolor donde sus nombres negrillados van precedidos por su rango académico, asentados sobre el cargo ejecutivo que ostentan. Mitis, secos, embudos; las lenguas se aflojan. Surgen los comentarios maliciosos, las recriminaciones trasnochadas, los rencores de infancia, las acusaciones existenciales. Y es entonces cuando la frasecita brota con firmeza cuasi convincente: “No me arrepiento de nada de lo que hice en mi vida”.

Vivimos, si lo hacemos, cometiendo errores y logrando aciertos. Me parece sano no negar nada de lo vivido, asimilarlo, aprender de todo lo experimentado; pero, con soberbia injustificada, escupir al mundo “no me arrepiento de nada”, ya pasa a ser, cuando menos, una estupidez. No arrepentirse implica negar los errores, es decir, negar parte de lo vivido; ergo, negarse.

Y toda esta reflexión emerge debido a una charla cervecera que tuve hace unos días con un, hasta entonces, amigo. Hablando sobre viejos escritos, burlándonos mutuamente, sin pensarlo, descuidadamente, en medio de risas, se me ocurrió decir: “No me arrepiento de nada de lo que he escrito”. Grave error, pues mi “amigo” comenzó a enumerar, deleitándose en el sarcasmo, los motivos por los cuales sí debería arrepentirme de varios textos, incluso de algunos que él mismo, años atrás, había alabado con una vehemencia alcohólica colindante con el chupabolismo. Traté de argumentar mi posición, pero fue en vano; para él, lo dicho era un mero cliché que sólo le confirmaba que yo era un posero. “Si no te arrepientes”, me gritó con saliva incluida, “porque no publicas en tu blogsito ese poemita romanticón de mierda”. Grave error, esta vez de su parte, pues el poemita sí era romanticón, pero no de mierda. Felizmente, un par de garzones intervinieron oportunamente y evitaron mayores estragos en ambos físicos.

No me arrepiento de lo que he escrito, por el sencillo hecho de que con mi escritura jamás he dañado a nadie. Ahora bien, sí me avergüenzo de muchos textos, quizás de la mayoría. Pero entre avergonzarse y arrepentirse hay una gran diferencia. Sin embargo, para ser fiel con mi pensamiento, a pesar de la vergüenza, y no por demostrar nada al “amigo”, publico ahora el mentado poemita romanticón, cursi, rosa, pero no de mierda, sino del alma. No me arrepiento de haberlo escrito porque lo hice para una persona que me hizo sentir mariposas en el estómago (otra cursilería), aunque si me avergüenzo por su pobreza literaria. En fin, sin más preámbulos, con ustedes...

Una sola forma

La libertad, a mi entender, tiene dos formas:
libertad física y libertad espiritual;
la física te la pueden quitar,
la espiritual, nunca.

La soledad, a mi entender, tiene dos formas:
la dolorosa y la muy dolorosa;
la dolorosa la sufren los desterrados,
la muy dolorosa, los muertos en vida.

El miedo, a mi entender, tiene dos formas:
involuntario y voluntario;
el involuntario es cualquier fobia,
el voluntario es la cobardía oculta tras la fachada de madurez.

La solidaridad, a mi entender, tiene dos formas:
desinteresada e interesada;
la desinteresada es una loable actitud que eleva el espíritu,
la interesada es un truco vulgar que alimenta esperanzas pasajeras.

La mentira, a mi entender, tenía dos formas:
la piadosa y la maliciosa;
pero últimamente llegue al entendimiento de que sólo hay una mentira
y desde todo punto de vista es mala.

La verdad, a mi entender, tenía dos formas:
la mía y la de los demás;
pero últimamente llegué al entendimiento de que sólo hay una verdad,
pero todavía no la encontré.

El amor, a mi entender, tiene una sola forma,
y esa eres TÚ.

septiembre 23, 2006

¿Alucinación?


La primera vez fue jodida. Me despertó la risa de un bebé, nítida, burlona, acompañada del aliento cálido que impactaba en mi nuca. Aterrorizado, no me animaba a moverme, sólo temblaba en mi posición fetal, sudando el miedo por cada poro de mi cuerpo. No debió durar más de unos diez segundos, pero entonces me parecieron horas; fue como si el tiempo se hubiese detenido en mi cuarto, prolongando el horror, la angustia, la cobardía. Paró la risita y el resoplo quemante, pero no mi miedo. Tuvieron que pasar varios minutos hasta que resolviese incorporarme y darme la vuelta violentamente para ver el bebé que se había metido en mi cama. No vi nada.

Comencé a dormir siempre acompañado de la música preprogramada que una FM emitía las veinticuatro horas; eso, en alguna medida, me daba la sensación de compañía, de protección. Sin embargo, algunas semanas después, me despertó el silencio. El foquito rojo de la radio, brillando en la oscuridad, indicaba que estaba encendida, pero no se escuchaba ningún sonido que saliese por sus parlantes. Noté, además de sentirla, la presencia de una sombra al pie de mi cama. Una sombra antropomorfa, vigilante, amenazadora, amedrentadora. Nuevamente, el terror se apoderó de mi ánimo. Intenté gritar, pedir auxilio, pero no podía articular ninguna palabra, estaba completamente paralizado; corrijo, completamente no, pues podía mover los ojos. Acurrucado, inmóvil, miraba a la sombra, también inerte, esperando su ataque. La sensación de parálisis era lo peor de todo, pues me desesperaba que mi cuerpo no quisiese obedecer mi voluntad. Esto hizo que del miedo pasase a la furia y, mirando un zapato dejado en el piso, amenazase telepáticamente a la sombra: “Mierda, si llego a coger el zapato, te voy a reventar la cabeza”. Inmediatamente, recobré el control de mi cuerpo y recogí el zapato. No pude cumplir la amenaza, la sombra se había esfumado y la radio, nuevamente, botaba canciones por sus parlantes.

Volver a dormir fue un suplicio. Mi cuerpo exigía reposo, pero, cada noche, yo luchaba contra el sueño, traumado por las experiencias previas. Así, la visita de la sombra se repitió varias veces, además de que se produjeron extraños sucesos, como que mi cuarto comenzara a temblar o la cabeza de mi abuela apareciese en mi cama. Para agravar más la cosas, comencé a experimentar ese fenómeno denominado “desdoblamiento”, lo cual siempre venía acompañado de una sensación escalofriante, pues estando “fuera” de mi cuerpo podía sentir muchas presencias. Con el tiempo y la costumbre, comencé a serenarme y le perdí el terror a estas cosas (el terror, no el miedo). Es más, incluso investigué al respecto y di con una posible explicación científica, esto me ayudó bastante, pues no sólo me dotó de mayor valor, sino también logró que estos hechos “sobrenaturales” se volviesen poco frecuentes.

No puedo afirmar que todo haya sido real, no puedo negar que es probable que sólo sean alucinaciones. De todas formas, cada vez estoy más convencido de que lo “real” no existe y de que durante nuestra vida continuamente estamos cruzando de una orilla a otra sin ayuda del barquero.

septiembre 20, 2006

Anónima


La Paz, caótica, conflictiva. Y así, del mismo modo caóticas y conflictivas vidas que se mueven dentro de su vientre y que en él también terminan. Muchas de ellas, la mayoría, son anónimas existencias urbandinas, invisibles sus problemas, invisibles sus alegrías, en medio del caos y la tensión de la barroca ciudad pluri/multi. Como la de esa mujer hallada en un basural y, supuestamente, enterrada en una fosa común, sin que hubiese habido ser alguno que reclamase por su cuerpo, ni autoridad que se preocupase por investigar las causas de su muerte. Quién fue, no lo sé, pero por lo menos intentaré imaginarla, destacarla del caos, sin negarlo; así, aunque anónima, quedará algo similar a una constancia de su existencia.

Anónima

Dios, tan insignificante en el universo, tan enorme en el templo, a través de las palabras que siglos atrás dictase a algunos diligentes secretarios, santos todos, ahora, y que, mucho después, gracias al ingenio humano, específicamente de un alemán, que inventó la forma de reproducir el enunciado divino, y también los humanos, para que fuera leído por los que supieran, pudieran y quisieran hacerlo, se tornase libro, best seller, por cierto, intitulado Biblia, le había hecho creer que los últimos serán los primeros; y ella, en su ingenuidad e ignorancia, pero también, y es importante reconocerlo, con una fe auténtica, inmensa, de esas que, si bien no pueden mover montañas, por lo menos hacen tener la certeza de que sí pueden hacerlo, sin considerar los contextos, aceptando literalmente la sagrada sentencia, se regodeaba en su miseria, esperando, con seguridad plena y fervorosa, ya que siempre había sido la última en todo, incluso por voluntad propia, ser la primera cuando Dios decidiera escuchar las peticiones de sus creaturas, sin considerar, o haciéndolo pero inmediatamente rechazando, que la vida, o, mejor dicho, lo que en ella se aprende, que no es otra cosa, al fin y al cabo, más que una sumatoria de obviedades, más comúnmente llamada experiencia, se había empeñado en demostrarle, día tras día, evidencia tras evidencia, hasta agotarlas todas y, aunque en distinto orden, repetirlas nuevamente, igual que los argumentos, también uno tras otro, una vez su número finito, haciendo abuso de la redundancia, exceso, en este caso particular, tan innecesario cuanto insuficiente, que los últimos siempre serán los últimos y los primeros serán siempre pocos, más aún si el que pertenece a los últimos, tal era su condición, es amante de uno de los primeros, por ende, condenada al anonimato eterno, sin que este adjetivo califique exageradamente al sustantivo previo, pues, siendo anónima no figurará, gracias a las influencias del amante, privilegio de los primeros, en registro alguno, siendo enterrada en una fosa común, sin lápida que acredite su paso por el mundo, luego de que, cansada de su ignota condición de divertimento extramarital, llamase a la casa del amante para contar a la esposa, también de los primeros, obviamente, que era ella, una de los últimos, la causante de esa sonrisa post eyaculatoria con la que su marido llegaba a casa, inundado de un extraño buen humor que, al enterarse él del diálogo/confesión/denuncia/venganza que ella, la anónima, con desatino perverso, inició, sostuvo y terminó, ocasionando una, indigna de su condición, pelea épica entre la pareja de primeros, cambió radicalmente, transformando la sonrisa extasiada en mueca iracunda y las caricias clandestinas en golpes brutales, hasta que, ya desvariando, oscilando entre la furia y el placer, con todo el poder que sus masculinos y primeros músculos otorgaron a sus obesas manos, él apretase el delicado cuello de la fervorosa última y, así, diese por terminada la relación furtiva.

septiembre 18, 2006

Los demonios no bailan; muerden.


Quisiera que mis demonios fuesen así: alegres bailarines y, sobre todo, dominados por un ángel, cualquiera, humildes conocedores de su inferioridad.

Pero no, la diablada que viene a visitarme es más parecida a una jauría de perros callejeros: atacan por todos los frentes, muerden y escapan.

Sé que todos tienen sus propios demonios, acaso algunos los tengan más tranquilinos, y otros, más rabiosos. También sé que algunos no saben que tienen demonios o, peor, que los niegan. Y negarlos es jodido, porque no aceptan el menosprecio, el ninguneo, y cuando menos se espera, aparecen irradiando todo su poder para exigir respeto y disculpas. Y uno, desgarrado por las mordidas, tembloroso, suplicante, agacha la cabeza y se disculpa.

Ya conociéndolos, uno se va habituando a sus ataques. No dejan de ser agresivos y dolorosos, pero por lo menos uno ya va conociendo sus estrategias, ya sabe cuál ataca primero, cuál es el más débil, cuál el más cobarde, cuál el más hipócrita.

Sí, los demonios vienen, pero no bailando. Sin embargo, me aferro a la esperanza de que si ellos existen, también debe existir el ángel que los domina. Ojalá lo encuentre algún día, o tal vez no sé que ya lo tengo.

En fin, ya llegó el lunes; hoy, mis demonios descansan.


septiembre 16, 2006

Crónica de una victoria anhelada

La comedia

Nadie, o casi nadie, dudaba de la victoria. La fe se expresaba hasta en las milenarias hojas de coca que un yatiri, entrevistado por una emisora de radio local, con mágica habilidad leyó sobre un aguayo ancestral; su lectura, traducida por un bilingüe urbandino, se convirtió en sentencia: derrota chilena. Al día siguiente, seguro el yatiri habrá cambiado de nombre para poder seguir ejerciendo su oficio. Aunque lo más probable sea que nadie haya reparado en el mal pronóstico del yatiri, pues seguramente todos los que lo escucharon pensaron: “Y por qué este indio no nos dice algo que no sepamos”. Qué optimismo bullía en este hueco: minibuses y micros lucían en sus vidriosas espaldas distintos resultados que, en promedio, se podrían resumir en un dos a cero a favor de la verde. Y el día previsto para la gloria, la bolivianidad se respiraba en el ambiente. No había sentido humano que no pudiese captar el rojoamarilloyverde. En el estadio, miles de fálicos globos, que formaban un arco iris tricolor-patrio en las tribunas, cortesía de una empresa de telecomunicaciones, brotaban entre los paraguas y nylons multicolores que protegían los cuarenta mil seiscientos noventa y siete cuerpos –dato oficial- que esperaban, bajo una intensa lluvia, el comienzo del partido. Y no era un partido cualquiera, pues no sólo estaban en juego tres puntos, sino también el honor patrio, el mar, el gas, y quién sabe qué otros complejos más, confiados a tan sólo once guerreros que en ese momento seguramente hacían calistenia en el subsuelo del Siles. En la pista atlética, mientras tanto, una banda militar lucía uniformes e instrumentos, debidamente erguidos, con un estoicismo colindante con la estupidez, esperando la orden de algún superior que seguramente estaba bien ubicado en el palco oficial. La orden llegó faltando quince minutos para el comienzo del partido; la banda hizo su ingreso al gramado, encabezada por un morocho guaripolero, quien probablemente en esos instantes anhelaba las cálidas tierras yungueñas, en las que de seguro, cuando niño, habrá pateado balones con la ilusión de pisar el césped del Siles con la camiseta del tigre, emulando a los Castillo, Iriondo o Angola, en un soleado domingo de clásico, y no con el ajustado y mojado uniforme militar en un martes lluvioso.

La lluvia impulsó la venta de ranga-rangas, mientras lo heladeros puteaban por su mala suerte; aunque no faltaron los críos caprichosos que sacaban sus cabecitas entre los paraguas buscando a sus caseros, con la consabida frase: “helado quero, papi”. Y ya la lluvia comenzaba a enfriar los ánimos, de tal forma que algunos espectadores, a pesar de tener la cara tricolor, empezaron a pronunciar agoreros comentarios que luego del partido han debido ser coronados con un “ya ve, qué les he dicho”. No obstante, los más jóvenes hacían gala de su fortaleza enfrentándose a la naturaleza sólo con poleras, forma elocuente, para ellos, de demostrar su sobrada confianza en el equipo de todos. Si ganábamos, seguro que el alcohol les habría protegido contra cualquier virus, pero como la historia fue otra, una epidemia de resfríos se produjo en pleno verano.

El trío arbitral ingresó a la cancha ataviado de un negro riguroso, cosa rara en estos tiempos y que además provocó ciertos malos presentimientos en varios espectadores. Si hubiesen ingresado de rojo, de amarillo o con la bandera nacional, no importa, pues igual hubiesen sido insultados como la tradición futbolera del buen hincha sudaca manda. Poco deben querer a sus madres los que se dedican a árbitros. En fin, nada tuvieron que ver ellos con el resultado, la verde jugó mal y punto. El primer gol llegó en el primer tiempo: estadio enmudecido. La barra no tardó mucho en alentar nuevamente al equipo, aunque, con el transcurrir de los minutos, en medio del bo-bo-bo-etc., se podían escuchar atronadoras voces gritando “patea al arco, cabrón”, “camba de mierda, la altura te ha afectado” y otras sandeces más que son típicas en momentos de tensión. Al iniciarse el segundo tiempo, los ánimos se calmaron, merced a un brioso comienzo de los seleccionados, pero a la media hora llegó el segundo balde de agua fría, como para compensar la que el cielo había dejado de proporcionar. Nuevamente, el estadio enmudeció. “Fuera Acosta”, comenzaron a gritar los hinchas, expresando su enfado con el DT, hasta que alguno gritó “Fuera Mesa” y el griterío se traslado a las arenas políticas: “Goni asesino”, “Mesa traidor”, “El Alto de pie, nunca de rodillas”. Al presidente no le habrían caído muy bien tales (in)directas si hubiese estado en el Siles, pero su asiento en el palco se hallaba vacío porque, justo cuando se aprestaba a salir del palacio para ocuparlo, una explosión hizo que sus guardaespaldas lo evacuaran para preservar su excelentísima seguridad.

El drama

La derrota de la selección le permitió a Picachuri ocupar las primeras planas de los periódicos. Y no se me acuse de indolente, sino de realista. Una victoria habría relegado al suicida a un tímido recuadro de páginas interiores, pues la prensa no se habría cansado de elogiar el maravilloso despliegue del once nacional, y lo único que hubiese conseguido don Eusebio es la molestia del presidente por haberle impedido compartir la algarabía de los cuarenta mil seiscientos noventa y siete hinchas presentes en el escenario miraflorino.

Lo cierto es que a don Eusebio Picachuri poco le importaba el partido, pues su estomago no sabía de las ranga-rangas, ni de los helados de canela, ni de los anticuchos. No, su estomago sólo sabía de hambre. Pero no fue sólo el hambre lo que lo llevó a engalanarse de dinamitas y penetrar en el recinto parlamentario, sino también un afán de restituir una dignidad ultrajada por el aparato burocrático que nos somete a todos.

Miles de fanáticos futboleros han debido agradecer la determinación del ex minero, pues les ahorró el suplicio de asumir la humillante derrota: ¿cómo se podían preocupar por un partido, cuando el país vivía su primera crisis después del descalabro de Octubre? Gran pretexto. Un drama personal, pero metonímico, postergó el sentimiento derrotista y lo transformó en duelo solidario. Esta vez ya no cabía el típico consuelo “nos faltó el centavo para el peso”, pues a la selección no se le exigió un peso, sino los miles de millones de dólares que la venta de gas reportaría al país. Es decir, sin la posibilidad de recurrir a la mediocre excusa que siempre nos endulza la amargura de la derrota, como caído del cielo, apareció don Eusebio.

Sin embargo, la inmolación de don Eusebio no pudo consolar a las poncheras del prado, quienes ya habían armado una gran cantina al aire libre, dispuestas a garantizar el festejo de la masa con alcohol metílico; tampoco consoló a las damas de compañía de la Bolivar, seguras de recibir a varios clientes urgidos de meter goles y otras cositas; tampoco consoló a la pareja de invidentes que, con charango y quena, entonaban el “Viva mi patria Bolivia”, en las afueras del Siles, esperando, vana e ingenuamente, la caridad de algún encabronado aficionado; ni qué decir de los que invirtieron en souvenirs de la selección: llaveros, fotos, poleras, banderas, stickers, peluches, discos, etc, condenados al almacenamiento en espera de una tarde de gloria.

La farsa

¿Quiénes van a bailar?, preguntó la de los chicharrones, Varios grupos, hasta de Oruro dicen que están llegando, respondió el de los videos piratas. Así se informaban los comerciantes que pueblan las aceras de la plaza de los Héroes, sorprendidos por el escenario, las luces, el sonido y toda la parafernalia que se armaba al lado de las cabezas de piedra que ocasionalmente fungen de urinarios. ¿Para qué pues?, Es que como hoy es el partido, les vamos a mostrar a los chilenos que nosotros tenemos más folklore, Tanto lío por el partido ¿qué siempre’ps es?, Es como una guerra’ps, doñita, sólo que de alasitas, Yaaaaaaa, cómo vamos a hacer guerras nosotros, Por eso es de alasitas, si fuera de verdad nos waykean grave, mejor es uno a uno.

En otro sector de la misma plaza, un predicador se desgañitaba gritando loas al Salvador, pregonando su retorno y el fin del mundo. Nadie lo escuchaba. Sin embargo, no por predicador dejaba de ser un pícaro urbandino, por lo que, dándose cuenta de por dónde iba la cosa al notar el verdor del ambiente, comenzó a hacer brillantes analogías entre el demonio y Chile, el cielo y el mar, y para el Salvador, alternaba, de acuerdo a la cara de los ya numerosos curiosos, entre Mesa, Morales, Quispe, Solares y Etcheverry. Cuando ya se daba por satisfecho, se le acercó un gendarme municipal indicándole que debía trasladarse a otro lugar porque la unidad móvil de la Televisión Boliviana Nacional debía instalarse ahí para transmitir la “maratón folklórica”, tal como bautizaron al evento. Biblia en mano, trató de defender su territorio, pero pudo más la fuerza de los gendarmes y el predicador tuvo que retirase sin su duramente ganado séquito, no sin antes augurarles las llamas del infierno a los inocentes saboteadores.

La prensa se había encargado de dar realce al evento, indicando que con el baile y canto continuos durante setenta y dos horas “se apuntaba un gol simbólico: la inclusión en el libro Guiness”. Con ese gol, el partido acababa dos a uno, igual perdíamos, pero ni eso se pudo: la maratón folklórica se suspendió apenas seis horas después de comenzar y la ilusión de conseguir el record se desvaneció en la oscuridad de la noche paceña. Nuevamente, el pretexto fue Picachuri, aunque todos sabemos que los verdaderos culpables fueron los dos goles chilenos. Seguramente, de todos los que iban a participar en ese esfuerzo nacional de entrar en el Guiness, pocos quedaban esperando su turno. Y eran muchos y variados, artistas bolivianos, autóctonos hijos del sol, guerreros aymaras que en vez de hondas iban a empuñar charangos, patriotas de corazón tricolor con ganas de ponerle la cereza al pastel; en la cartelera, por citar a algunos, figuraban: Jach’a Mallku, Wacas aymaras de Bolivia, los Kory Huayras, Sangre Aymara, Alaxpacha y el Grupo Fock Dance y Shekinah.

Nuevamente putearon las poncheras, que ante la derrota se habían trasladado del Prado a San Francisco, con la esperanza de saturar los hígados urbandinos con sus brevajes espirituosos: sólo seis horas de folklore, ergo, sólo seis horas de venta. Del intento de record sólo quedó una plaza sucia y un grupo de guitarreros ebrios, únicos respetuosos del espíritu de la maratón, valientes atletas del folklore que seguían exigiendo a sus pulmones y gargantas un último esfuerzo, mientras entonaban repetidamente “Viva mi patriaaa Boliviaaaaa, una graaan nacióoooooon...”.

Salida

“Es sólo un juego”, señalaba la prensa, en un intento de aminorar los ánimos bélicos y triunfalistas, un día antes del partido. Muy ingenuo debe ser el periodista que acuñó esa frase, pues en una nación pobre, que mantiene aún resabios del colonialismo, en una ciudad caótica, acostumbrada a los dinamitazos, no se puede creer que el fútbol sea sólo un juego. No, el fútbol, para el boliviano, es una terapia, una forma de escapar de la realidad cotidiana que amenaza con asfixiar los corazones; el estadio es un escenario, un espacio de ficción, un universo paralelo donde la eternidad dura noventa minutos. Y el 30 de marzo fue más que eso; ese día el fútbol fue la posibilidad de recuperar una dignidad pérdida junto con el mar, la posibilidad de la revancha con la historia, la posibilidad de enfrentarnos en igualdad de condiciones, dizque, con nuestros eternos antagonistas, y, sobre todo, fue la posibilidad de sacar toda la mierda que cargamos con un solo grito –unito, nada más exigíamos-, ”Gooooooooooooool”, con el pecho inflado, la cara deforme y los puños en alto. Por eso anhelábamos la victoria, por eso nuestro espíritu optimista, por eso las jodas, algunas de mal gusto, a los integrantes del equipo rojo. El fútbol es un deporte, es cierto, pero no un juego. El fútbol es comedia, drama y farsa que se repiten en cada partido, y que, de hecho, se volverán a repetir cuando los once guerreros nacionales nuevamente se enfrenten a los bravos trasandinos. Probablemente entonces, ¡ojalá!, la victoria no sea sólo un anhelo.