
Mi madre, exiliada por la democracia, el 93 aterrizó en Salta para quedarse casi tres años. Como buen hijo, el primer día de toda vacación volaba hasta ese rinconcito del norte argentino para ser mimado unas semanas, o mejor dicho, unas horas, ya que la viejita trabajaba todo el día y sólo podía mimarme al final de la jornada.
Urbandino tímido, poco dado a sociabilizar, pasaba los días encerrado en la casa, cantando como borracho de cantina “con que yeeeerbas meeee cautiiivas dulceee tierraaa boliviaaaanaaa...”, hasta que las emisiones de los dos únicos canales libres de pago comenzaban, porque entonces el canto cambiaba a “tengoel corazóoon con augeriiiitooooos...”, que se me había pegado a fuerza de tanto ver “Chiquititas”. Los sábados, la programación mejoraba; por lo menos, había un programa de variedades bastante ameno, conducido por Marcelo Tineli: El ritmo de la noche. Cosa rara hoy en día, en ese programa los grupos tocaban en vivo.
En mi última semana de la primera vacación salteña, anunciaron que El ritmo de la noche presentaría un especial: ¡la banda sonora de Tango Feroz en vivo! Cinéfilo ignorante, ni siquiera sospechaba que Tango Feroz era una película; pero igual esperé el programa con ansiedad, pues desde muy niño el tango me había gustado. O sea que los vecinos tuvieron que soportar una semana de alaridos tangueros en la voz de un cholo, en ese entonces, bastante desafinada. “Arrastreee poreste mundooo la vergüeeeenzaaa dehabeeer siiidoo yeel doloooor deee yanooo seeer...”, y obviamente, “Miraflooooreeeeees miii refuuugio domingueeeerooo...”
Completamente afónico, el sábado me instalé en el sillón de la sala para disfrutar de una velada porteña en pleno invierno norteño. Mi mandíbula se ha debido desencajar y caer hasta el piso, soltando mi lengua como alfombra roja para celebridades, igualito que en Tom y Jerry, cuando en el escenario aparecieron unos melenudos mamarrachos en vez de los elegantes compadritos que yo esperaba. Poco duró mi decepción; con la primera estrofa de “El amor es más fuerte” me quedé cojudo. Y luego “El oso”, “Tango feroz”, “Hasta siempre”, etc. El lunes, como si tuviera que comprar pan en tiempos de la UDP, a las siete ya estaba parado en la puerta de la disquera más grande de Salta; a las nueve, cuando abrieron, sin perder tiempo en buscar, directito me planté frente a un encargado y, con los billetes en la mano, le pedí el disco. Creo que ni el rebote de una chica me cagó tanto como su respuesta: “Yyyy loco, sha los vendimos todos, pero volvé el viernes, nos van a shegar más”. “Sí, boludo”, ironicé mentalmente, “como yo me quedo hasta el viernes”. Me iba al día siguiente, pero no hay peor lucha que la que no se hace, por lo que ese lunes recorrí toda la ciudad hasta dar con el disquito, y cuando lo hice, luego de besar el nylon que protegía la tapa, mientras sonreía como estúpido, pensé: “¿Volver el viernes? ¡Qué vuelva tu abuela, carajo!”
Ya en La Paz, escuché las canciones con más detenimiento y ¡descubrí un tango! “Malevaje”, desgarradora letra en una desgarradora voz. Y también aprecié mejor una canción que en El ritmo de la noche no me había interesado mucho. Su melodía era tristona, y su letra, mi visión de mundo. Durante muchos años fue mi canción preferida, mi himno; pero como reza su letra: “Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina”.
Tengo que comprender, no es eterna la vida
el llanto en la risa, allí termina
Creía que el amor no tenía medida
hoy dejas de querer, tal vez otra mujer
Y olvide aquello que una vez pensaba
que nunca acabaría, nunca acabaría
pero sin embargo terminó
Todo me demuestra que al final de cuentas
termino cada día, empiezo cada día
creyendo en mañana fracaso hoy
No puedo yo entender, si es así la verdad
de qué vale ganar, si después perderé
Inútil es pelear, no puedo detenerlo
lo que hoy empecé, no será eterno
Cuánta verdad hay en vivir
solamente, sólo el momento en que estás
sí, el presente, el presente y nada más
Chango, ingenuo, izquierdista (¡yaaaaa!), rebelde, soñador, inconforme estudiante de economía, pensaba que no había más tiempo que el presente. Y, en consecuencia, sólo me interesaba vivir el momento, sin preocuparme por lo que vendría, ni reprocharme por lo que fue. Ahora me pregunto: ¿Acaso existe el presente? Cada letra que tecleo y aparece en la pantalla es parte del pasado en un instante minúsculo. Cada paso que damos, cada palabra que pronunciamos, cada gesto, cada caricia, cada beso, son parte del pasado ni bien nacen; somos como unas máquinas infernales, incontrolables, automáticas, que convierten en pasado todo lo que tocan, miran, oyen, palpan o gustan. Somos fabricantes de recuerdos. Tal vez somos un recuerdo que se recuerda a sí mismo. O, tal vez, el recuerdo sea sólo una máscara, el disfraz perfecto para encubrir o negar que, en realidad, somos olvido.