octubre 10, 2006

Recuerdo u olvido (Canciones que me marcaron III)


Mi madre, exiliada por la democracia, el 93 aterrizó en Salta para quedarse casi tres años. Como buen hijo, el primer día de toda vacación volaba hasta ese rinconcito del norte argentino para ser mimado unas semanas, o mejor dicho, unas horas, ya que la viejita trabajaba todo el día y sólo podía mimarme al final de la jornada.

Urbandino tímido, poco dado a sociabilizar, pasaba los días encerrado en la casa, cantando como borracho de cantina “con que yeeeerbas meeee cautiiivas dulceee tierraaa boliviaaaanaaa...”, hasta que las emisiones de los dos únicos canales libres de pago comenzaban, porque entonces el canto cambiaba a “tengoel corazóoon con augeriiiitooooos...”, que se me había pegado a fuerza de tanto ver “Chiquititas”. Los sábados, la programación mejoraba; por lo menos, había un programa de variedades bastante ameno, conducido por Marcelo Tineli: El ritmo de la noche. Cosa rara hoy en día, en ese programa los grupos tocaban en vivo.

En mi última semana de la primera vacación salteña, anunciaron que El ritmo de la noche presentaría un especial: ¡la banda sonora de Tango Feroz en vivo! Cinéfilo ignorante, ni siquiera sospechaba que Tango Feroz era una película; pero igual esperé el programa con ansiedad, pues desde muy niño el tango me había gustado. O sea que los vecinos tuvieron que soportar una semana de alaridos tangueros en la voz de un cholo, en ese entonces, bastante desafinada. “Arrastreee poreste mundooo la vergüeeeenzaaa dehabeeer siiidoo yeel doloooor deee yanooo seeer...”, y obviamente, “Miraflooooreeeeees miii refuuugio domingueeeerooo...”

Completamente afónico, el sábado me instalé en el sillón de la sala para disfrutar de una velada porteña en pleno invierno norteño. Mi mandíbula se ha debido desencajar y caer hasta el piso, soltando mi lengua como alfombra roja para celebridades, igualito que en Tom y Jerry, cuando en el escenario aparecieron unos melenudos mamarrachos en vez de los elegantes compadritos que yo esperaba. Poco duró mi decepción; con la primera estrofa de “El amor es más fuerte” me quedé cojudo. Y luego “El oso”, “Tango feroz”, “Hasta siempre”, etc. El lunes, como si tuviera que comprar pan en tiempos de la UDP, a las siete ya estaba parado en la puerta de la disquera más grande de Salta; a las nueve, cuando abrieron, sin perder tiempo en buscar, directito me planté frente a un encargado y, con los billetes en la mano, le pedí el disco. Creo que ni el rebote de una chica me cagó tanto como su respuesta: “Yyyy loco, sha los vendimos todos, pero volvé el viernes, nos van a shegar más”. “Sí, boludo”, ironicé mentalmente, “como yo me quedo hasta el viernes”. Me iba al día siguiente, pero no hay peor lucha que la que no se hace, por lo que ese lunes recorrí toda la ciudad hasta dar con el disquito, y cuando lo hice, luego de besar el nylon que protegía la tapa, mientras sonreía como estúpido, pensé: “¿Volver el viernes? ¡Qué vuelva tu abuela, carajo!”

Ya en La Paz, escuché las canciones con más detenimiento y ¡descubrí un tango! “Malevaje”, desgarradora letra en una desgarradora voz. Y también aprecié mejor una canción que en El ritmo de la noche no me había interesado mucho. Su melodía era tristona, y su letra, mi visión de mundo. Durante muchos años fue mi canción preferida, mi himno; pero como reza su letra: “Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina”.

Tengo que comprender, no es eterna la vida
el llanto en la risa, allí termina

Creía que el amor no tenía medida
hoy dejas de querer, tal vez otra mujer

Y olvide aquello que una vez pensaba
que nunca acabaría, nunca acabaría
pero sin embargo terminó

Todo me demuestra que al final de cuentas
termino cada día, empiezo cada día
creyendo en mañana fracaso hoy

No puedo yo entender, si es así la verdad
de qué vale ganar, si después perderé

Inútil es pelear, no puedo detenerlo
lo que hoy empecé, no será eterno

Cuánta verdad hay en vivir
solamente, sólo el momento en que estás
sí, el presente, el presente y nada más

Chango, ingenuo, izquierdista (¡yaaaaa!), rebelde, soñador, inconforme estudiante de economía, pensaba que no había más tiempo que el presente. Y, en consecuencia, sólo me interesaba vivir el momento, sin preocuparme por lo que vendría, ni reprocharme por lo que fue. Ahora me pregunto: ¿Acaso existe el presente? Cada letra que tecleo y aparece en la pantalla es parte del pasado en un instante minúsculo. Cada paso que damos, cada palabra que pronunciamos, cada gesto, cada caricia, cada beso, son parte del pasado ni bien nacen; somos como unas máquinas infernales, incontrolables, automáticas, que convierten en pasado todo lo que tocan, miran, oyen, palpan o gustan. Somos fabricantes de recuerdos. Tal vez somos un recuerdo que se recuerda a sí mismo. O, tal vez, el recuerdo sea sólo una máscara, el disfraz perfecto para encubrir o negar que, en realidad, somos olvido.

octubre 09, 2006

Hace muchos Octubres, también hubo un Junio

Fue en un Octubre lejano cuando murió asesinado el Che, y la prensa local ha colmado sus páginas con artículos, reportajes, crónicas, etc., rememorando un año más de este hecho. Y yo, cholo copioncito, también he desempolvado algo que casi tenía olvidado. Un Junio lejano, una delegación de científicos cubanos logró encontrar la fosa común donde habían sido enterrados los restos del Che junto a los de otros compañeros de lucha. Los esqueletos, como manda la metodología científica, fueron clasificados mediante una sencilla numeración, de la cual resultó que el cadáver nº 2 correspondía a Ernesto Guevara.

Ese entonces, yo, cholo desvergonzado, jugaba a hacer música y compuse una canción cuya letra paso a transcribir:

El Nº 2

Un día de octubre fue la tierra
la que guardó en sus venas
al ahora número dos

Sembrada así fue la semilla
de una mítica utopía
jardinero del terror

Las alas crecen en sueños
y los sueños vuelan lejos
cuando hay algo en que creer
y el oscuro celador de lo correcto
pensará que el firmamento
termina en su poder

La tierra engulló el cuerpo
pero nadie entierra el fuego
que arde en cada corazón

El tiempo enfría los sucesos
pero quedan los recuerdos
que él mismo pone en su hoy

Las alas crecen en sueños
y los sueños vuelan lejos
cuando hay algo en que creer
y el oscuro celador de lo correcto
pensará que el firmamento
termina en su poder

Un día de junio fue la ciencia
con su serena paciencia
la que halló al número dos

Seis lustros fueron el encierro
de esos viejos esqueletos
que ahora puede ver el sol

Las alas crecen en sueños
y los sueños vuelan lejos
cuando hay algo en que creer
y el oscuro celador de lo correcto
pensará que el firmamento
termina en su poder

octubre 06, 2006

Nuestra sordera

Hace tres años, también en octubre, el país vivió una situación dramática que determinó un cambio, o el inicio de uno, que sólo el futuro nos develará si fue para bien. Reproduzco un texto que escribí entonces, con la esperanza de que jamás tengamos que vivir algo parecido.


Nuestra sordera


Probablemente se deba a los cañonazos de la Guerra del pacífico, o tal vez a los morteros de la Guerra del Chaco; quizá también hayan cooperado los dinamitazos de la Revolución del 52, y no menos culpa deben tener las miles de balas que los fusiles militares escupieron en tiempos de dictadura. En realidad, no podría definir con exactitud qué sonido infernal fue el que provocó nuestra sordera, tal vez porque ésta es ya tan grave que ni siquiera escucho las voces de la memoria.

Grave problema el de la falta de oído –y lo digo sin escucharme–, sobre todo si aún no nos damos cuenta de la falta de ese sentido –que sumada a la pérdida del sentido común complejiza todavía más nuestra situación–, y creemos dialogar entre nosotros, cuando en realidad lo único que se está produciendo es un monólogo colectivo. Es decir, en este país de sordos el diálogo es sólo una ilusión. Y nosotros, tan ilusos, cuando vemos en las imágenes televisivas a ministros y dirigentes sentados alrededor de una mesa, nos tragamos el cuento de que están dialogando. Claro, como nadie escucha a nadie, necesariamente sobrevienen los enfrentamientos.

Así, no debe extrañarnos lo de octubre, pues es únicamente producto de nuestra sordera. Un presidente sordo, que no pudo escuchar el rugido de millones de estómagos hambrientos; ministros sordos, que no pudieron entender las demandas del pueblo; dirigentes sordos, que no se escuchan más que a ellos mismos; un pueblo sordo, que ya no quiere escuchar más promesas y necesita soluciones inmediatas. Todos estos elementos –cuyo común denominador es la sordera– confluyeron y se magnificaron el pasado octubre.

Si no fuesen sordos, seguro que los militares habrían escuchado los gritos de la víctimas que caían impactadas por las balas de sus fusiles, algo de compasión hubiera aflorado en ellos y probablemente se habrían replegado a sus cuarteles. Si los dirigentes escuchasen, quizá hubieran escuchado lo mismo que tendrían que haber escuchado los militares, y no hubieran seguido enardeciendo los ánimos, empujando al pueblo al matadero. En fin, si nadie fuera sordo, seguro que no hubiera habido muertos.

Que nosotros seamos sordos, ya es un problema; pero que el presidente, sus ministros, los dirigentes o cualquier persona que dirige a un grupo carezcan del sentido del oído, es el caos. ¿Qué les cuesta a estos señores comprarse audífonos? La clase política podría destinar alguito de sus dietas, pluses, bonos y demás extras para adquirir ese pequeño, pero muy útil, artefacto. La clase dirigencial podría utilizar las multas que cobra a los que no acuden a marchas y bloqueos –y que nadie fiscaliza– para el mismo fin. Claro que como mi sugerencia va llegar a oídos sordos, mejor no sigo.

De todas formas, de cuando en cuando, hay detonaciones tan potentes que penetran por las orejas creando la ilusión de sonoridad; sin embargo, esto no hace más que acrecentar el problema. Por ejemplo, las dinamitas del señor Picachuri. Fue tan estruendosa la explosión que pudo tapar el lamento de ocho millones de bolivianos llorando la derrota ante Chile. Pudo ocurrir lo contrario, es decir, si ganábamos, la explosión de alegría hubiera condenado al silencio la inmolación del ex-minero. Pero ocurrió lo que ocurrió: Picachuri apretó el detonador y acalló las bandas preparadas para una maratón folclórica, cosa que no es tan grave como el haber acallado el llanto de viudas y huérfanos de los que perecieron con él. Y ellos no eran “una docena de señores del dinero y del poder”, eran sólo dos funcionarios mal pagados de la policía.

Pensándolo mejor, talvez las orejitas funcionan y en realidad somos –como diría el Papirri– sordos del alma. Digo esto porque sólo con los oídos del alma se puede escuchar el llanto de un país que se desangra. Sólo almas atentas pueden comprender que la patria no se circunscribe a la región de la que somos originarios, sino que comprende un vasto territorio repleto de culturas, de distintas formas de ver al mundo. Lo peor es que para este tipo de sordera no existe audífono que funcione; lamentablemente, este tipo de mal sólo se cura con Octubres. Sí, esta especial sordera no admite paliativos, o se la cura o se la padece. Padecerla es condenarse a una muerte lenta; curarla no es menos doloroso, pero por lo menos nos asegura la esperanza de tiempos mejores. Ojalá, entonces, que ya estemos curados, pues de nos ser así, seguramente tendremos otro Octubre y también un Febrero, un Marzo, un Junio, un Agosto, y claro, también otros Picachuris, otras viudas, otros huérfanos, en fin, otros muertos, de ambos bandos, que por no poder escucharse no se dan cuenta de que son parte del mismo.

octubre 03, 2006

Canciones que me marcaron II

Corría el año 92, Jaime Paz estaba en el Gobierno cometiendo errores, que no delitos, y yo, ingenuo universitario pseudo idealista, peleaba con mis viejos defendiendo a la izquierda revolucionaria. Solíamos reunirnos los fines de semana en la casa de algún amigo para tomar unos tragos, charlar y escuchar música. Nirvana y los Red Hot eran infaltables en estas ocasiones. No sabíamos un carajo de inglés, pero igual cantábamos y, luego de un par de botellas, bailábamos como si hubiésemos estado en pleno concierto. El folklore sólo se hacía presente cuando algún guitarrero ocasional animaba la velada e interpretaba algunas piezas de los Kjarkas (Sineeellaaa no pueeeeedooo viviiiiiiir...).

Un día, cuando el anfitrión era el Tincho, nos recibió con una sorpresita: “Mi primo me ha prestado un disco de la puuuuta”. Nos mostró el vinilo, era de Savia Nueva, el título del álbum no lo recuerdo, la cubierta estaba gastada y parchada con cinta adhesiva a los costados. Nos miramos escépticos, mas él no se inmutó y puso el disco en el plato. Nos gustó a todos, pero para la farra necesitábamos Nirvana. Al día siguiente, me grabé el disco en un cassette y volví a mi casa para escuchar esa música con más calma. Desde entonces, “el cantar tiene sentido” en mi vida. Esa cinta ya no existe, la devoró una radiograbadora trucha. Sin embargo, antes de que la glotona “aywa” se la zampara, con el Bis ya habíamos memorizado todas las letras y melodías, e incluso tocábamos algunas canciones. Una de ellas, aún presente en nuestras guitarreadas, me acompañó en muchos momentos solitarios y, con toda seguridad, lo seguirá haciendo, pues todo lo que comienza tiene que acabar, y al despertar ya no hay cabellos prestos a la caricia; ese instante la canción vuelve presurosa en el recuerdo y su letra se hace más próxima y propia:


Cuando mi canto te daba
parecías una hoja
que tiembla por la mañana
cuando el rocío la moja

Ahora tengo en mí tu ausencia
que se queda y es vacío
pero yo soy como el río
que crece en caudal y esencia
y he de buscarte a mi paso
tal vez un día te encuentre...


Tal vez, sólo talvez.

octubre 02, 2006

Canciones que me marcaron I

La escuché y me encantó. No tuve que poner la cinta (en ese tiempo no había CD's) diez veces para hallarle el gusto; no, porque además la escuché en "vivo y directo" y fue un amor a primera oída. Eran las éspocas del Ave Sol, ese huequito de la Goytia donde descubrí la música; no tenía cabello ni barba, pesaba veinte kilos menos, sólo había leído las selecciones del Reader's Digest, aún iba a misa los domingos (¡¡¡jodido!!!), estudiaba economía (¡haber!), chupaba en las plazas (aún lo hago, pero no tan seguido). Eran las épocas del Ave Sol, decía, cuando con el Bis nos amanecíamos entre leyendas, jurando que le hacíamos a la guitarra (zambaaaa de mi esperaaaanza...), que una noche X, alguien tomó la guitarra y se puso a tocar suavito. El tipo no cantaba bien, es más, cantaba mal; pero cantaba mal desde la profundidad más extrema de su alma. Y ahí la escuché, cantada mal, pero desgarradora:

Amo a una mujer clara
que amo y me ama
sin pedir nada
o casi nada
que no es lo mismo
pero es igual.

Creo que alguna vez amé y me amaron así; luego, todas pidieron, y mucho. Lo peor es que yo ya no tenía nada para dar.