
Ahora no las ves, no las sientes; por eso, tampoco me entiendes. Y, aun así, algo hay que nos une; un nosequé perverso, insistente, tentador. Nada tiene que ver tu linda silueta de bella mujer, ni tus labios rojos que incitan amar; no, más bien son tus ojos, esos muy negros de hondo mirar, los que perturban, los que atentan contra la normalidad y hacen de la rutina una aventura cotidiana, una constante búsqueda de roces, de palabras, de coincidencias.
Por si lo olvidaste, hoy está de cumpleaños nuestra ciudad; viste, ¡tenemos algo nuestro! Sí, hoy es el día de este hueco, más bien vagina, que no se cansa de parir sueños, esperanzas, deseos, palabras, música, sangre, balas, Octubres, en fin, ¡vida, carajo! Y así, vivos, aún no hemos podido comprenderla; por eso necesitamos concebirla como tumba, como la fosa que está cavada desde siempre para que la habitemos eternamente; así, imaginándonos muertos, podemos ver sus otras caras, conocer su alma sepia y su sonrisa aguayo. Pero sé que ahora no entiendes lo que te digo; lo jodido es que cuando lo hagas, quizás yo no sea yo, y ese otro te será más incomprensible aún.
En fin, soy como la ínclita, nomás: farsante; sin embargo, también como ella, antropófago insaciable. Es que lo otro es apetecible, que no envidiable, probablemente porque nosotros también somos lo otro; cierto narcisismo hay en esto. Así, se explica por sí mismo el hecho de que la canción que hoy te dedico, Collita, en realidad sea un taquirari, música camba, pues.
Entonces, collita, sabiendo que no podemos ser lo que somos y queremos, por lo menos festejemos, unidos por la distancia que nos acerca, el aniversario de lo único que podemos compartir sin la vergüenza que implica “lo nuestro”: Nuestra Señora de La Paz.






