noviembre 11, 2006

Primerizos en la Tiquina



El par de adolescentes camina con paso nervioso, disimulando exageradamente un aire de “sólo estamos de pasada”. Miran todo lo que la calle les ofrece, como si nunca hubieran estado por ahí, aunque ya es la sexta vez, en menos de una hora, que recorren esa cuadra repleta de productos diversos, cosa que ya comienza a originar cierta suspicacia en los comerciantes informales que se han parcelado las aceras. “Mira estos llokallas –dice una vendedora de tangas– cada rato están vuelteando”. “Le diremos al seguridad –le responde su vecina, la de los cosméticos–, capaz son rateros”. Y los muchachos, sintiéndose observados, aumentan aún más el histrionismo del disimulo, preguntando, sin tener conciencia de lo que hacen, reacción defensiva ante la vigilancia informal: “¿Cuánto están las tanguitas?” La vendedora los mira chueco, su desconfianza no ha desaparecido, pero más puede su instinto comercial, que le impulsa a responder automáticamente: “¿Cuálcita quieres, patroncito? De todo precio hay; mirá estita, con encaje, suavita es, 30 pesitos nomás sale. Esta otrita también tengo, más baratita, mirá, atocá nomás, imitación seda es, brasilera, a 20 te lo’hey de dejar”. Sin otra salida, los críos ven sus manos repletas de tangas multicolores S, M, X y XL, y se las pasan entre ellos, comentando con fingida naturalidad las bondades de cada prenda, mientras la sangre se aglomera en sus rostros y comienza a quemarles las mejillas. La vendedora, con la típica impaciencia del comerciante urbandino, vuelve a arquear las cejas a tiempo de gritarles: “¿Van a comprar o no? ¡Todito me lo están desordenando!”.

Las cosas comienzan a salirse de lo planeado; se alejan del puesto con sendas tangas en los bolsillos, caminando rápidamente para alejarse de las risitas que, en su paranoica huida, se han transformado en carcajadas acusadoras. Llegan a la esquina, cruzan a la acera del frente, la de la plaza Alonso de Mendoza, y se detienen, temblorosos, para recriminarse mutuamente. “Bien cojudo eres, para qué le has preguntado”. “Es que nos estaba vichando jodido, había que disimular”. “Nada que ver, sin motivo te has meado; por tu culpa hemos perdido 40 pesos”. “Yaaaaa, si más bien le he hecho rebajar, vos ya estabas pagando calladito”. La discusión continúa por algunos minutos, hasta que, ya relajados, comienzan a ver el lado graciosos del impase. “Grave se ha rayado la vieja, su cara parecía mocochinchi”. “¿Qué te has comprado vos? A mi me ha dado una de gordas”. “Ni me he fijado. A ver, yaaaaaa, mirá, con corazoncitos me había agarrado”. “Guardala, cojudo, nos están chequeando”. “Y quép’s, para mi ñata puede ser”. “Yaaaaaa, como si tuvieras ñata”. “¿Y acaso las gentes saben?”.

Repasan el plan nuevamente y se comprometen a cumplirlo de una vez por todas. Comienzan a bajar la cuadra, asumiendo el airecito de “sólo estamos de pasada”, teniendo mucho cuidado en ocultar la cara cuando pasan por el puesto de las tangas. Doblan a la derecha y entran a la Tiquina, breve calle que se ha convertido en pasaje peatonal, pues el comercio informal pudo más que los reglamentos municipales. Actúan según lo convenido, mirando sin mirar, tratando de ubicar el puesto que no tenga compradores. Al parecer, la suerte está con ellos: al lado de un vendedor de cables, han divisado un puesto sin clientela. Aceleran el paso, eludiendo cuerpos mulit/pluri que forman la multitud que congestiona esta calle. Se detienen en el puesto de cables y comienzan a preguntar por el precio de este y de aquel, mirando de reojo al puesto vecino, aún carente de interesados, en cuya tarima se exhiben revistas pornográficas de todo calibre. Uno de los changos, diciéndose a sí mismo “ahora o nunca”, desliza sus pies, centímetro a centímetro, hasta ubicarse frente al cuarentón obeso que regenta esa pequeña isla del sexo gráfico. En voz baja, casi balbuceando, mordiéndose la lengua con cada palabra pronunciada, debido al temblor que ha atacado a sus mandíbulas, mirando sin mirar, pregunta: “¿A cuánto están las revistas?”. El gordo, que no ha escuchado nada o, si lo ha hecho, no ha entendido ninguna palabra, yergue su cuerpo desde la minúscula banca –que una vez liberada del peso y volumen de cincuenta y seis quilos de nalgas, ya es visible y digna de reconocimiento– para acercarse al nervioso adolescente y gritarle un sonoro “quéeee”, obteniendo por respuesta un tímido índice apuntando hacia las revistas, gesto acompañado por un, tímido también, aunque esta vez más nítido, “cuánto”. El gordo, ajeno a las vergüenzas de la pubertad, tal como la tanguera había hecho antes, colma las manos del muchacho con una decena de revistas, explicando, a voz en cuello, con lenguaje tres equis, las características de cada una de ellas. Antes de verse implicado en semejante escena, el otro chango se aleja unos cuantos metros, dejando solo a su compañero o, mejor dicho, en compañía de las varias personas que se han reunido al rededor del puesto luego de que hubieron escuchado el marketing hardcore del gordo malicioso que, de no ser porque perdería un cliente, ya se hubiera despanzado de risa por la situación en la que ha metido al nervioso primerizo.

No hay posibilidad de escape, está rodeado por varios voyeuristas que levantan las revistas sin recato alguno y las hojean, desplegando, en las que la tienen, la página central para ver la fotografía tamaño póster de una pelada siliconeada. Ni se fija en la revista con la que se ha quedado, sólo atina a preguntar el precio y pagar el monto demandado. Sin embargo, a pesar de que el negocio ya ha sido realizado, el gordo no piensa privarse de una buena anécdota; entonces, simulando discreción, casi al oído, le dice al chango: “Tengo unas revistas con colegialas paceñas, ¿no quieres llevarte una?, te la doy a mitad de precio, para que seas mi casero”. Y el comprador debutante, cuyo nerviosismo no le impide imaginar desnudas a la Mary o a la Cuca, conocidas ninfómanas de su escuela, contesta sonriente, “ya”, animado por la calentura que alimenta su esperanza de ver ese par de cuerpos en las revistas ofrecidas. Pero la sangre, que por unos segundos había descendido de su rostro a su miembro, retorna presurosa a los cachetes del púber para dar color a la palidez que adquirieron cuando el gordo desgraciado, al ser aceptada su propuesta, gritara energúmenamente, mirando al revistero de la acera opuesta: “Oyeeeeees, Panchooooo, pasame las pornos bolivianaaaas, este chango quiere unaaaa”. Y el Pancho, dándose cuenta de la movida, con tono serio, gritara en respuesta: “¿Acaso es mayor de edaaad? A veeeer, que muestre su carneeet”.

“Y vos de qué te ríes, cojudo”, grita el crío, ya no colorado por la vergüenza, sino por la rabia que le ha producido ver a su cuate destornillándose de risa, sumando sus carcajadas a las de los espectadores coyunturales del chascarrillo malaleche ideado por el gordo. El joven Judas, sorprendido en su felonía, comienza veloz escape al advertir que el otro chango tiene un nosequé en la mirada, pero que supone es un irreprimible deseo de callarle la risa a puñetes. La persecución se extiende a lo largo de muchas cuadras, hasta que, jadeantes, ambos se detienen a la altura del Obelisco y se sientan en las graditas del correo para dar descanso a sus cuerpos y sus nervios. “Maricón de mierda, ¿por qué me has dejado?”, inquiere el que ha consumado el plan. “Yaaaaa, ¿acaso me he ido? Si a tu ladito estaba”, responde el traidor y recibe un revistazo en la cabeza. “Ya, che, no te rayes, disculpá, es que me ha hecho asustar ese gordo cuando ha gritado”. “Eres un marica, nunca más voy a venir contigo”. “Ya pues, no te rayes, más bien mostrame la porno; a ver, ¿cuál has comprado?” “Ni–ca–gan–do, huevoncito. Ahora te jodes, sólo yo la voy a chequear”. Y el otro seguirá con la rogadera y las disculpas por más de una hora, hasta que, dándose cuenta de la firmeza del amigo, hará explicito su resentimiento, diciéndole: “Metete tu revista al culo, pajero de mierda”.

En fin, una peleíta normal entre adolescentes. Ya se abuenarán al día siguiente y programarán otro safari pornográfico, en el que, mucho más cancheros, hojearán las revistas sin vergüenza ni culpa, regateando el precio de las que comprarán y serán compañeras nocturnas durante sus fantasiosas, ardientes y solitarias noches de pubertad.

noviembre 07, 2006

Minificciones

Del ochenta

Jadeando, llegó al bar, con sangre seca en la mejilla izquierda y un garrote en la mano derecha. Hablaba de muertos, de una revolución o un golpe de estado, de mujeres violadas, de niños secuestrados, de hombres torturados y asesinados, y de lo mucho que había disfrutado haciendo eso.




Izquierdazo

Sostuvieron la mirada fríamente. El odio se comunicaba a través del hilo invisible que unía las cuatro pupilas. Juan, sin poder contenerse, lanzó el primer golpe. Al día siguiente, con un fuerte dolor en la mano izquierda, tuvo que emprender la costosa tarea de reponer el espejo.





El artillero

Jamás lo vimos venir, simplemente apareció al lado de todos. Jamás lo vimos irse, simplemente ya se encontraba en otro lugar. Yo apenas pude hablar con él; “Me llamo Víctor Hugo”, me dijo, o al menos eso creo recordar. En realidad, nadie se preocupó por él, salvo aquellos estudiantes de medicina que aprovecharon muy bien su cuerpo.




Trabajo rutinario

…se bajó del taxi, con prisa mal disimulada, y avanzó hasta la avenida más próxima para abordar otro. Saludó al taxista amablemente, y éste le respondió de igual forma. Le indicó a dónde debía trasladarlo y acordaron un precio. A las pocas cuadras, aprovechando la oscuridad de una calle, aprisionó el cuello del taxista con una cuerda hasta exprimirle el último soplo de vida. Le registró los bolsillos y buscó en la guantera, reuniendo, moneda a moneda, la renta que el taxista había hecho durante la jornada. Luego, se bajó del taxi, con prisa mal disimulada, y avanzó hasta la avenida más próxima…


¿Veneno para quién?

Mientras los parientes y amigos de Inés velaban su gélido cuerpo -maldiciendo la existencia del raticida y tratando de comprender por qué había tomado la fatal decisión de suicidarse-, en un país del norte, un grupo de minúsculos científicos, de largas colas y gruesos bigotes, se congratulaban por el genial invento.

noviembre 05, 2006

¿Lo conseguiremos?



La cobardía es asunto
de los hombres
no de los amantes
los amores cobardes
no llegan a amores
ni a historias
se quedan allí
ni el recuerdo los puede salvar
ni el mejor orador conjugar.

Silvio Rodríguez


No hay peor lucha que la que no se hace; seamos capaces de vencer nuestras cobardías.

noviembre 02, 2006

40 años de Literatura

Hace varios días, Raquel Montenegro, Directora de la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, me llamó para conferirme el honor de representar a las nuevas generaciones en el acto de homenaje que se realizaría en el Salón de Honor de la UMSA, el 30 de octubre, con motivo de celebrar los 40 años de dicha Carrera. Lagrimeando y sorbiendo mocos, acepté la invitación y preparé el siguiente texto para representar "dignamente" a mis contemporaneos:


De la literatura, su Carrera


“Río Fugitivo, qué es’ps eso”, decía un crítico de retaguardia, refiriéndose al nombre de una ciudad ficcional imaginada por un escritor cochabambino de cuyo nombre no quiero acordarme, añadiendo a la ninguneada, “Macondo, Comala, esos son nombres que quedan grabados, esos son nombres que realzan la ficción”. Y yo, para mis adentros, soliloquiando, “Caraspas –me dije–, este señor nunca ha debido escuchar sobre La Paz, seguro en su carnet dice nacido en Chuquiago”. Porque si de ficción hablamos, qué mejor nombre que La Paz, así con mayúsculas hasta en el artículo; acaso hay alguna ciudad que se llame “El Amor”, “La Felicidad” o, en el peor de los casos, “El Odio”, “La Venganza”. No pues, así, con tanta alharaca, sólo se llama esta ciudad. Claro que para nosotros es común, ni le damos bola a todo lo que implica el nombrecito; particularmente yo, nunca había reparado en las connotaciones del ínclito nombre; pero sucedió que una noche, hace menos de un año, durante una guitarreada internacional en un boliche cusqueño de mala muerte, un sujeto me preguntó a quemarropa: “Y, tú, men, en dónde vives”, respondiéndole yo, con absoluta naturalidad, aunque también con un aire de soberbia, “yo vivo en La Paz”, haciendo que el sujeto abriera sus achinados ojos y, mirando a su vecino, exclamase: “Puuuuucha, pata, este men está avanzado, nosotros sólo vivimos en la gloria”, e inmediatamente me ofreciese un porro babeado, como para sellar una amistad que les asegurara pasaporte libre a mi terruño. Y a pesar de que traté de remediar el malentendido, “Paceño soy”, diciendo, el sujeto ya no quería bienentender: “No, men, no eres paceño –me decía–, eres gurú”.

Y hasta metafísico ha resultado tal apelativo, pudiendo incluso ganarse un lugarcito en la garganta pisquera del Papirri, es decir, una vez incorporado a la metafísica popular, ¡uy cará!, pues méritos para engrosar la letra de ese tema no le faltan; si no, cómo se puede explicar que un comentarista deportivo, en un programa femenino matinal, durante el segmento de opinión política, haya expresado, hace tiempo ya, de manera enfática e incluso con gesto poético denotado por una sutil rima: “Con mucha tristeza, distinguida tele audiencia, debo referirme a un luctuoso suceso que está ocurriendo en estos momentos, precisamente en este instante, hoy mismo, mientras les hablo, debo comunicarles, repito, con mucha congoja, que en La Paz hay guerra del gas”. ¡Uy cará!

Como el nombre de la ínclita puede asumir distintos sentidos en distintos contextos, alguito de esa virtud, de alguna manera, ha debido nomás heredarnos a todos los cholos que hemos nacido en este hueco. Sólo así se puede entender que un cruceño, que ya vive cincuenta años en La Paz, hable siempre como camba, y que un paceño, que ya vive dos semanas en Santa Cruz, hable siempre como camba, también. Inconciente virtud camaleónico–lingüística poseen los urbandinos. Como si nada, de repente, sin querer queriendo, a uno ya se le pega el acento de otro. Y no es una exageración de esta virtud paceña; bástenos con recordar lo ocurrido durante la visita del príncipe Felipe de Borbón, quien había llegado para presenciar la posesión del primer presidente indio de Bolivia. Un promisorio valor del servicio diplomático, distinguido alumno de la academia del rubro, fue pomposamente designado jefe de protocolo, con carácter exclusivo, para y durante la visita de la delegación española. Es decir, en lenguaje más corriente, lo pusieron de llevaytrae del Delfín. Labor que no tuvo que desempeñar por más de tres horas, ya que el futuro Rey de España llegó acompañado por un selecto grupo de viejos diplomáticos, entrenados, específicamente, para coordinar esas tareas de manera profesional y eficiente. Sin embargo, durante esas tres horas, nuestro promisorio diplomático hizo las presentaciones de rigor, indicó dónde quedaban los baños, se tomó unas siete fotos con el príncipe, se hizo autografiar la camisa, en fin, convivió nomás con los españoles, hasta que, dado que ni sospechaba que los bostezos, las consultas continuas al reloj y las cabeceadas del mimado de doña Sofía eran indirectas para que ahuecara el ala, tuvo que ser un corpulento guardaespaldas quien, de buena forma, le dijera: “os pido un favor, id hacia la puerta y cerradla, pero ¡por fuera, coño!” Nuestro jefe de protocolo, meditando esas palabras por unos segundos, comprendió la indirecta y, guiñándole el ojo al gorilón, le respondió: “Hoztiaz, creo que ya ze me hizo tarde”, y avanzó, seguramente con la intención de despedirse, y de una última foto, hacia el príncipe, pero la enorme masa del guardaespaldas le bloqueó el paso, por lo que no tuvo más remedio que sacar una fotito desde ahí nomás, al estilo paparazzi, y despedirse casi a gritos de Felipín: “Ea, zu alteza, que ya me voy, que fue un guzto conocedle, bienvenido zoiz en mi paiz, y bueno, hazta mañana”. El gorila español, pensando que el indiecito se estaba burlando de su castellano acento, a punto estuvo de partirle la crisma, mientras que Felipe respondió, a guisa de recompensa, con una sonrisa, pues pensó que el indiecito se estaba esforzando por pronunciar adecuadamente el idioma de Cervantes.

El peligro de esta virtud paceña, es que lo camaleónico se extienda de la lengua al cerebro; y eso, la experiencia cotidiana lo demuestra. Así lo expusieron, en diálogo público, a través de las ondas de una radioemisora, un par de sindicalistas empeñados en demostrar lo incoherente de las autonomías. “De qué pueblo cruceño se puede hablar –señalaba uno– si estadísticamente está demostrado que el cuarenta por ciento de la población en Santa Cruz es colla, el cincuenta por ciento es descendiente de collas, el ocho por ciento son chinos y el dos por ciento son croatas. Entonces, ¿de qué cruceñidad hablan?” “Es que con engaños hacen que nuestros hermanos nos odien –apuntó el otro sindicalista–. Como los maltratan, rápido tienen que hablar igual que los cambas, para camuflarse, y así se vuelven come collas, o sea, antropófagos, caníbales, a–cha–ca–che–ños, y para convencerlos, les hacen gritar ‘viva la autonomía’, diciéndoles que la autonomía es la ley para la legalización de autos chutos.” Y acaso estas afirmaciones puedan tener asidero en un graffiti recientemente aparecido en una pared cruceña, en el que, con letras enormes y verdes, se puede leer “Mueran los collas de mierda”, y debajo de esta frase, entre paréntesis y con letra menuda, dice: “(menos papá y mamá)”.

Ahora bien, no se puede negar que los paceños se han repartido por toda Bolivia. De hecho, aquí, en La Paz, debe haber unos ciento treinta y nueve paceños, pocos más, pocos menos, porque la mayoría ha partido en misión colonizadora, o collanizadora, si se quiere. Y obviamente, los que quedamos estamos sujetos a los embates de distintas culturas intra, inter y transnacionales, que ya sea con raeggeton, chacarera, hip hop o damas de compañía, de a poquito nos van volviendo menteabiertas, dizque. Y ante tal situación, los paceños demostramos otra virtud: buenos rateros somos. No como esos choros vulgares que descalzan a un borrachín tendido en la acera y se ponen los zapatos aunque les queden como canoas; no, nosotros, primero ubicamos un buen par de cachos, luego llevamos al propietario a una cantina y le hacemos farrear hasta que nos jure amistad eterna, que es, precisamente, cuando le pedimos una prueba de su amistad: “A ver, si eres mi cuate, cambiaremos gambas”, y el otro, ingenuo, ni siquiera espera que terminemos la propuesta para sacarse los zapatos y ponerlos sobre la mesa. Así, salimos de la cantina bien borrachos, medio estrenando calzado y, además, con un amigo eterno. Por si no fuera poco semejante despliegue de histrionismo, convirtiendo un delito en un arte, tenemos la suficiente percepción estética como para darnos cuenta de si los cachos nos quedan bien o no; entonces, si parecemos payasos, o nuestro dedo gordo está siendo comprimido, desechamos los zapatos, pero nos quedamos con los huatitos, porque esos sí pueden llegar a servirnos. De este, de aquel, vamos tomando las cosas que nos gustan, para renovar el vestuario. En este sentido, no debe resultarnos extraño que una de las canciones más collas, una de las que más veces ha debido ser dedicada a las 73 paceñas que quedan en este hueco, intitulada diminutivamente, igualito como hablamos en chiquitito, sea un taquirari. Para los que no sepan a cuál canción me refiero, os ilustro: “Collita”, popularizada por Wara en la voz de Dante Uzquiano. Y como este, hay varios taquiraris ultra collas, o qué ritmo creen que tienen “Yungueñita”, “Coroiqueñita”, por citar algunos. Claro que el Óscar García, rascándose su barba, nos diría que no son taquiraris; que, en todo caso, alguna vez pretendieron ser taquiraris, pero más temprano que tarde, huayño nomás se han vuelto.

Y quizás tenga razón, sobre todo, si cambiamos el verbo robar, por otro, que no es el mismo, pero es igual, ubicado en el “Diccionario de coba” del Victor Hugo Viscarra, esto es: nacionalizar. Claro, así la cosa cambia. No robamos, sino más bien, nacionalizamos, internalizamos, hacemos nuestro algo. De esta manera, con este otro verbo, resulta que no nos hemos robado el taquirari, lo hemos nacionalizado, o sea, en sencillo, lo hemos vuelto paceño, pues. Y así, no sólo nacionalizamos zapatos o sus huatitos, sino también cumbia, timbales, dragones, futbolistas, arquitectura, tecnología, cine, escultura, prensa, radio, y un largo etc., lo cual no implica que seamos saco de aparapita saenciano, hecho de puro parches –aunque la imagen no deje de seducir–, pues, más bien, somos el aparapita que se las ingenia para financiarse el trago, agenciarse un saco parchado e incluso conseguirse un Saenz que lo escriba en el papel y lo inscriba en el imaginario.

De tanto nacionalizar, algún rato le tenía que tocar turno a la literatura. Por lo que no es difícil imaginar a un grupo de urbandinos encopados, en la década del 60, celebrando el 20 de octubre como buenos cholos, hasta el 30, que ha debido ser cuando, dándole reposo a la muñeca y al cubilete, empezaron a protestar airadamente por la soberbia porteña, heredada a sus escritores. “Qué siempre se habrán creído estos gauchos, sólo porque hablan italiano ya se dan ínfulas de escritores”, diría alguno, iniciando nuestra historia. Y seguirían los otros, envalentonados por la cerveza: “Se creen europeos, pues, hermanito, pero nada que ver, indios blancos nomás son”. “Cierto, che; además, ¿qué figura literaria importante ha querido vivir en Buenos Aires? Nadie, ¿no ve? Mientras que acá, a nuestra mamita de La Paz, Cervantes se quería venir a radicar, Cer–van–tes, viejitos, ningún piojo tuerto, ni bibliotecario ciego”. “Verdad es lo que dices, por eso yo siempre he manifestado que el Quijote tiene un espíritu chuquta”. “Ya ya ya, esto es mucho bla–bla, en vez de ordeñar bilis, haremos algo”. “Meta, viejito, qué hacemos, yo me apunto y les invito dos chelas, además”. “Tenemos que fundar la Carrera de Literatura, porque saben una cosa... no hay”. “Tienes toditita la razón, hermano: no hay”. “Claro, pues, por eso tenemos que fundarla, así vamos a aprender italiano para joderlos a los gauchos”. “Qué italiano, ni qué full de huevo, vamos a aprender latín”. “Bien dicho y bien pensado, hermano, vamos a aprender latín en italiano”. “Ya, che, a este vecino córtenle el trago. Vamos a aprender latín para que los gauchos no nos entiendan”. “A ver, a ver, creo que nos estamos desviando. Primero, ¿de acuerdo todos en fundar la Carrera de Literatura?... Bueno, como el que calla otorga, asumo que es mayoría absoluta. Entonces, yastá, ya tenemos carrera, que es lo importante, luego decidiremos quién la va a dirigir”. “Pucha, viejito, si Cervantes hubiera venido, a él lo hubiéramos nombrado director”. “No seas burro, si Cervantes hubiera venido, ya estaría muerto”. “Y eso qué importa, póstumo, pues, director póstumo lo nombrábamos”. Y si así no fue como sucedió, da lo mismo, pues lo que importa es que así podría haber sucedido. Ya que, finalmente, la literatura no es certeza, sino potencia.

Y desde ese no tan lejano 1966, muchas cosas han cambiado en la Literatura, en su Carrera, en el País y en el mundo. De hecho, muchos de los antiguos estudiantes, ahora veteranos catedráticos, protagonizaron una especie de golpe de estado, con el objetivo de cambiar el rumbo que había tomado la Carrera, pues ellos no consideraban que hubiese que aprender latín para que los gauchos no nos entendieran, siendo suficiente para dicho fin, nuestra lengüita camaleónica. De esa forma, con la seguridad de hacer lo correcto, pero también seguros de que, en el futuro, gracias a su propio ejemplo, ellos mismos serían volteados por los cuervos que habrían de criar, asumieron el mando de nuestra Carrera. En ella me formé y en ella aprendí a reírme de la tristeza y llorar por la alegría; en ella descubrí que la literatura también se hace en las paredes o en las charlas de cantina; en ella descubrí que La Paz es todo, menos paceña, y que ese todo es más paceño que La Paz, porque el diálogo incesante de las culturas que pueblan este hueco, no sólo inventa ficciones cotidianas, sino también ficciones históricas, cuando no existenciales, nutriéndose de las múltiples voces, por tanto, palabras, que configuran este espacio imaginario. Y a nosotros, futuros golpistas, sólo nos queda defender esa diversidad, mandar al diablo el “todos somos iguales”, porque mentira es, no somos iguales, y eso es lo maravilloso y mágico de este hueco; además que, en el fondo, es también el pilar de la Carrera, pues la Literatura, para hacerse, decirse, imaginarse, escribirse o inventarse, necesita, pues, de aquellos que han decidido ejercer la palabra, el compromiso militante para defender y perpetuar en, con y desde el lenguaje, la imposibilidad de lo absoluto.

De la Danila, su replica

Así, como aparece en la foto, no diera la impresión de que la Danila fuese un mutante que, quién sabe por qué desvarío genético, ha desarrollado una lengua viperina. Digo esto, porque resulta que el “Director” había entrado a este humilde blog y, en vez de agradecer la publicidad que le hago, sólo atinó a mandarme un mail cuyo contenido les transcribo:

Bueno mierda, primero, el que se ha perdido toooooooooooooooooodo el año eres vos, y ahora, como estoy con el corto, recién te dignas a hablarme, interesado de quinta.

Luego, lo que haces en tu blog de morondanga, mozalbete pedófilo, se llama CALUMNIA periodística, uso ilícito del poder, y falsa información, cuando tú alegremente comentas a tu rebaño que estoy hecho al famoso y no escribo. Pues bien, cuando te vea en La Paz, te meteré un cable caliente por tu uretra, mientras escribes las aclaraciones pertinentes en tu blog. Además, exijo compensación monetaria y derecho a replica. Sonso y mierda.

Por otro lado, vi tu blog y bien bonito está siempre; por eso, y sólo eso, te mando el guión final, a ver si lo publicas. El guión, por supuesto, aclaras que lo encontraran lineal y absolutamente descriptivo, es decir, no hay la magia que se puede encontrar al leer el cuento, ya que eso supuestamente se lo verá en la película.

Bueno, hay más cosas, si quieres que te mande, pero estas dos semanas estoy realmente jodido con la maestría, porque son mis dos últimas semanas de clases, luego son monografías y mi tesis.

Por último, lamentablemente no podré levar el corto a fin de año, porque no estará terminado; recién me darán mesa de edición y sonido en enero, cuando ya vuelva; la huevada es que dependo de los horarios de la universidad.

Bueno, esito sería. Chau.

Daniel.


Como habrán podido percatarse, el bonachón de la foto es un tipo de temer. Por eso, antes de sentir algo quemante en mis adentros, le di nomás el derecho a replica exigido; y, por si no fuera poco, también publiqué su guioncillo. Claro que, por cuestiones de espacio (y de prestigio), no lo puse en está página, sino en una ventana independiente a la que pueden acceder por aquí: El guión de la Danila

Sean ustedes quienes juzguen a ese cholo aporteñado.