septiembre 29, 2006

Volver...


Cuando Ulises regresó a casa, no encontró a Penélope; en una nota, ella le había dejado escrito: “Espérame, vuelvo pronto”. Ulises se sentó a esperar, con mucha paciencia, hasta que la luna le cedió turno al sol y un nuevo día comenzó a brillar a través de su ventana. Siguió sentado, sin embargo, viendo como la luna y el sol alternaban el gobierno del universo, esperando pacientemente, envejeciendo veinte años, mientras la Soledad, la Demencia y la Muerte intentaban seducirlo. Incansables, vehementes, las pretendientes se instalaron en la casa para evitarse la fatiga de retornar cada día. Así, dependiendo cuál de la tres estuviese en las faenas de conquista, se podía ver a Ulises sumergido en sus recuerdos, llorando la saudade provocada por la ausencia conyugal, o vistiendo la ropa de Penélope, bailando con su sombra una cueca imaginaria, o sentado en su sillón, con el cañón de un revólver perdido entre sus dientes. No obstante, fiel como era, jamás llegaba a ceder ante los embates seductores de las solteronas. Ellas, por su parte, molestas por semejante desprecio, comenzaron a abandonar la sutileza del romance para caer en la chabacanería de la amenaza. Ulises, intentando evitar las artimañas de las conquistadoras ofendidas, distraía la mente y el alma llenando crucigramas, para borrarlos y volverlos a llenar, una y otra vez, aunque sin respetar las instrucciones, pues, en las casillas, una vez llenas, sólo se podía distinguir múltiples combinaciones de las letras que formaban el nombre de su esposa.

Las despreciadas, hartas de la espera, tramaban unir fuerzas para derrocar, por fin, el recuerdo de la ausente. Y probablemente habrían conseguido su objetivo, si la puerta de la casa, levantando una pequeña nube de polvo, no se hubiese vuelto a abrir, dejando el paso libre para que la dueña de casa, ayudada por un bastón, cansinamente hiciese su ingreso al hogar, fulminando con una sola mirada a las usurpadoras conjuradas. Una vez libre su territorio de las conquistadoras abusivas, malcaminó hacia la vieja habitación matrimonial, donde, al traspasar el umbral, se dirigió con repentina vitalidad, recobrando la ligereza de su pasos juveniles, hacia su desvencijado Ulises, cuya sonrisa feliz era indistinguible en medio de las arrugas que surcaban su rostro, para darle un beso frío en la frente y decirle al oído: ¿Ya ves lo que se siente?

septiembre 28, 2006

Cliché II

A las 21:15, con la sala atiborrada de gente, comenzó el acto programado, según las vistosas y originales invitaciones, para las 20:30. Sólo se podía distinguir algunos gestos de molestia, pues la mayoría no se percató del retraso, acostumbrados como estamos a la dichosa “hora boliviana”.

Un representante de la editorial, antes dar inicio al acto, esgrimió algo parecido a una disculpa por la demora y, recurriendo a un chascarrillo prefabricado para romper el hielo con la audiencia, comenzó su labor de marketing ensalzando al autor y magnificando las virtudes literarias de su libro, terminando su participación en el acto con el dicho patriotero: “no leer lo que Bolivia escribe, es ignorar lo que Bolivia es”. Así, sucesivamente, intervinieron tres personas más, siempre resaltando el gran aporte a la literatura nacional del recién editado libro.

Por fin, le tocó el turno al autor. Visiblemente emocionado, no tanto por estar presentando su primer libro, sino porque, como el sueño, las lágrimas son contagiosas, y su madre no había parado de llorar desde que escuchó la primera alabanza respecto a su retoño, con la voz entrecortada agradeció, mencionando los nombres y lo que habían hecho para merecer el honor de figurar en su extensa lista, a todo ser y objeto que, directa o indirectamente, habían posibilitado que esa noche él estuviese ahí, elegantemente trajeado, sentado en la testera, henchido de orgullo por la colección de cuentos que, incluso antes de su publicación, ya había sido objeto de favorables críticas, contando, además, uno de los relatos, con el honor de haber sido designado como el mejor cuento en un Concurso Internacional patrocinado por el municipio de un pueblito español de cuyo nombre no quiero acordarme.

Finalizado el acto de presentación, mientras los asistentes hacían gala de su angurria asaltando a los mozos que circulaban con amplias bandejas repletas de bocadillos y copas de vino, un periodista entrevistaba al autor, registrando sus palabras en una reportera “Zony”. Fiel a su oficio, tuvo que hacer la pregunta de rigor: “¿Esperaba ganar el Concurso Internacional de cuento?” La respuesta, inmediata, quién sabe si impensada, que el escritor, con modestia andina, dio al periodista, es el tema de este post: “Honestamente, no. No esperaba ganar el premio; fue una sorpresa que me emocionó muchísimo”.

Si no esperaba ganar el concurso, ¿por qué carajos envió su cuento? Me imagino que si alguien decide concursar o competir en cualquier cosa, lo hace porque tiene, aunque sea íntimamente, la creencia de que puede ganar.

Hace años participé en un concurso nacional de cuento y obtuve una “mención honrosa”. Recibí llamadas de varios amigos y parientes felicitándome por esto. Ninguno de ellos entendió, dudo que hasta el día de hoy lo entiendan, mi molestia por haber obtenido ese “honor”. Estaba molesto (ojo, no con el jurado) por no haber ganado el concurso, pues yo, obviamente, esperaba ganarlo, si no, ¿por qué hubiese mandado mi cuento? Pero lo que más me molestaba era la “mención honrosa”, eufemismo de “perdedor”. Cuando publican tu nombre en un medio de prensa de circulación nacional indicando que eres uno de los diez finalistas del concurso merecedores de dicha distinción, solamente están haciendo pública tu condición de perdedor.

Molesta, sí; pero tampoco estoy de acuerdo con aquellos que participan en concursos indicando que, de nos ser ganadores, renuncian a cualquier otro reconocimiento. Uno espera ganar, por eso la decepción y molestia cuando no ocurre; pero hay que saber asumir la derrota y reconocer los méritos del vencedor, pues no todo en la vida nos depara medallas de oro.

La molestia mayor, sin embargo, no proviene de la derrota, sino de la falsa modestia de los ganadores. “No esperaba ganar, es un cuentito que escribí apenas en un día”. No jodan, lo escribieron en meses, puliendo cada detalle, pero claro, la “modestia” camufla una soberbia y altanería desmedidas. En el fondo, lo que esa frasecita, cliché II, quiere decir es: “En un día, puedo hacer cuentos dignos de ganar concursos, mientras ustedes, “menciones honrosas”, ni trabajando años podrían alcanzar mi nivel”.

A veces, la “modestia” del urbandino provoca molestia.

septiembre 25, 2006

Cliché I

La sala está repleta; un conjunto mixto de personas que han vivido más de seis lustros simula decencia besando el vaso. Ríen, recuerdan anécdotas colegiales, activan viejos apodos, retroceden a la adolescencia por unas horas. Luego, compiten, hacen alarde de sus éxitos, los hiperbolizan, diciendo sin decir se enrostran el monto de los salarios. Ya no besan el vaso, prácticamente lo exprimen, su decencia está más que demostrada por la tarjetita bicolor donde sus nombres negrillados van precedidos por su rango académico, asentados sobre el cargo ejecutivo que ostentan. Mitis, secos, embudos; las lenguas se aflojan. Surgen los comentarios maliciosos, las recriminaciones trasnochadas, los rencores de infancia, las acusaciones existenciales. Y es entonces cuando la frasecita brota con firmeza cuasi convincente: “No me arrepiento de nada de lo que hice en mi vida”.

Vivimos, si lo hacemos, cometiendo errores y logrando aciertos. Me parece sano no negar nada de lo vivido, asimilarlo, aprender de todo lo experimentado; pero, con soberbia injustificada, escupir al mundo “no me arrepiento de nada”, ya pasa a ser, cuando menos, una estupidez. No arrepentirse implica negar los errores, es decir, negar parte de lo vivido; ergo, negarse.

Y toda esta reflexión emerge debido a una charla cervecera que tuve hace unos días con un, hasta entonces, amigo. Hablando sobre viejos escritos, burlándonos mutuamente, sin pensarlo, descuidadamente, en medio de risas, se me ocurrió decir: “No me arrepiento de nada de lo que he escrito”. Grave error, pues mi “amigo” comenzó a enumerar, deleitándose en el sarcasmo, los motivos por los cuales sí debería arrepentirme de varios textos, incluso de algunos que él mismo, años atrás, había alabado con una vehemencia alcohólica colindante con el chupabolismo. Traté de argumentar mi posición, pero fue en vano; para él, lo dicho era un mero cliché que sólo le confirmaba que yo era un posero. “Si no te arrepientes”, me gritó con saliva incluida, “porque no publicas en tu blogsito ese poemita romanticón de mierda”. Grave error, esta vez de su parte, pues el poemita sí era romanticón, pero no de mierda. Felizmente, un par de garzones intervinieron oportunamente y evitaron mayores estragos en ambos físicos.

No me arrepiento de lo que he escrito, por el sencillo hecho de que con mi escritura jamás he dañado a nadie. Ahora bien, sí me avergüenzo de muchos textos, quizás de la mayoría. Pero entre avergonzarse y arrepentirse hay una gran diferencia. Sin embargo, para ser fiel con mi pensamiento, a pesar de la vergüenza, y no por demostrar nada al “amigo”, publico ahora el mentado poemita romanticón, cursi, rosa, pero no de mierda, sino del alma. No me arrepiento de haberlo escrito porque lo hice para una persona que me hizo sentir mariposas en el estómago (otra cursilería), aunque si me avergüenzo por su pobreza literaria. En fin, sin más preámbulos, con ustedes...

Una sola forma

La libertad, a mi entender, tiene dos formas:
libertad física y libertad espiritual;
la física te la pueden quitar,
la espiritual, nunca.

La soledad, a mi entender, tiene dos formas:
la dolorosa y la muy dolorosa;
la dolorosa la sufren los desterrados,
la muy dolorosa, los muertos en vida.

El miedo, a mi entender, tiene dos formas:
involuntario y voluntario;
el involuntario es cualquier fobia,
el voluntario es la cobardía oculta tras la fachada de madurez.

La solidaridad, a mi entender, tiene dos formas:
desinteresada e interesada;
la desinteresada es una loable actitud que eleva el espíritu,
la interesada es un truco vulgar que alimenta esperanzas pasajeras.

La mentira, a mi entender, tenía dos formas:
la piadosa y la maliciosa;
pero últimamente llegue al entendimiento de que sólo hay una mentira
y desde todo punto de vista es mala.

La verdad, a mi entender, tenía dos formas:
la mía y la de los demás;
pero últimamente llegué al entendimiento de que sólo hay una verdad,
pero todavía no la encontré.

El amor, a mi entender, tiene una sola forma,
y esa eres TÚ.

septiembre 23, 2006

¿Alucinación?


La primera vez fue jodida. Me despertó la risa de un bebé, nítida, burlona, acompañada del aliento cálido que impactaba en mi nuca. Aterrorizado, no me animaba a moverme, sólo temblaba en mi posición fetal, sudando el miedo por cada poro de mi cuerpo. No debió durar más de unos diez segundos, pero entonces me parecieron horas; fue como si el tiempo se hubiese detenido en mi cuarto, prolongando el horror, la angustia, la cobardía. Paró la risita y el resoplo quemante, pero no mi miedo. Tuvieron que pasar varios minutos hasta que resolviese incorporarme y darme la vuelta violentamente para ver el bebé que se había metido en mi cama. No vi nada.

Comencé a dormir siempre acompañado de la música preprogramada que una FM emitía las veinticuatro horas; eso, en alguna medida, me daba la sensación de compañía, de protección. Sin embargo, algunas semanas después, me despertó el silencio. El foquito rojo de la radio, brillando en la oscuridad, indicaba que estaba encendida, pero no se escuchaba ningún sonido que saliese por sus parlantes. Noté, además de sentirla, la presencia de una sombra al pie de mi cama. Una sombra antropomorfa, vigilante, amenazadora, amedrentadora. Nuevamente, el terror se apoderó de mi ánimo. Intenté gritar, pedir auxilio, pero no podía articular ninguna palabra, estaba completamente paralizado; corrijo, completamente no, pues podía mover los ojos. Acurrucado, inmóvil, miraba a la sombra, también inerte, esperando su ataque. La sensación de parálisis era lo peor de todo, pues me desesperaba que mi cuerpo no quisiese obedecer mi voluntad. Esto hizo que del miedo pasase a la furia y, mirando un zapato dejado en el piso, amenazase telepáticamente a la sombra: “Mierda, si llego a coger el zapato, te voy a reventar la cabeza”. Inmediatamente, recobré el control de mi cuerpo y recogí el zapato. No pude cumplir la amenaza, la sombra se había esfumado y la radio, nuevamente, botaba canciones por sus parlantes.

Volver a dormir fue un suplicio. Mi cuerpo exigía reposo, pero, cada noche, yo luchaba contra el sueño, traumado por las experiencias previas. Así, la visita de la sombra se repitió varias veces, además de que se produjeron extraños sucesos, como que mi cuarto comenzara a temblar o la cabeza de mi abuela apareciese en mi cama. Para agravar más la cosas, comencé a experimentar ese fenómeno denominado “desdoblamiento”, lo cual siempre venía acompañado de una sensación escalofriante, pues estando “fuera” de mi cuerpo podía sentir muchas presencias. Con el tiempo y la costumbre, comencé a serenarme y le perdí el terror a estas cosas (el terror, no el miedo). Es más, incluso investigué al respecto y di con una posible explicación científica, esto me ayudó bastante, pues no sólo me dotó de mayor valor, sino también logró que estos hechos “sobrenaturales” se volviesen poco frecuentes.

No puedo afirmar que todo haya sido real, no puedo negar que es probable que sólo sean alucinaciones. De todas formas, cada vez estoy más convencido de que lo “real” no existe y de que durante nuestra vida continuamente estamos cruzando de una orilla a otra sin ayuda del barquero.

septiembre 20, 2006

Anónima


La Paz, caótica, conflictiva. Y así, del mismo modo caóticas y conflictivas vidas que se mueven dentro de su vientre y que en él también terminan. Muchas de ellas, la mayoría, son anónimas existencias urbandinas, invisibles sus problemas, invisibles sus alegrías, en medio del caos y la tensión de la barroca ciudad pluri/multi. Como la de esa mujer hallada en un basural y, supuestamente, enterrada en una fosa común, sin que hubiese habido ser alguno que reclamase por su cuerpo, ni autoridad que se preocupase por investigar las causas de su muerte. Quién fue, no lo sé, pero por lo menos intentaré imaginarla, destacarla del caos, sin negarlo; así, aunque anónima, quedará algo similar a una constancia de su existencia.

Anónima

Dios, tan insignificante en el universo, tan enorme en el templo, a través de las palabras que siglos atrás dictase a algunos diligentes secretarios, santos todos, ahora, y que, mucho después, gracias al ingenio humano, específicamente de un alemán, que inventó la forma de reproducir el enunciado divino, y también los humanos, para que fuera leído por los que supieran, pudieran y quisieran hacerlo, se tornase libro, best seller, por cierto, intitulado Biblia, le había hecho creer que los últimos serán los primeros; y ella, en su ingenuidad e ignorancia, pero también, y es importante reconocerlo, con una fe auténtica, inmensa, de esas que, si bien no pueden mover montañas, por lo menos hacen tener la certeza de que sí pueden hacerlo, sin considerar los contextos, aceptando literalmente la sagrada sentencia, se regodeaba en su miseria, esperando, con seguridad plena y fervorosa, ya que siempre había sido la última en todo, incluso por voluntad propia, ser la primera cuando Dios decidiera escuchar las peticiones de sus creaturas, sin considerar, o haciéndolo pero inmediatamente rechazando, que la vida, o, mejor dicho, lo que en ella se aprende, que no es otra cosa, al fin y al cabo, más que una sumatoria de obviedades, más comúnmente llamada experiencia, se había empeñado en demostrarle, día tras día, evidencia tras evidencia, hasta agotarlas todas y, aunque en distinto orden, repetirlas nuevamente, igual que los argumentos, también uno tras otro, una vez su número finito, haciendo abuso de la redundancia, exceso, en este caso particular, tan innecesario cuanto insuficiente, que los últimos siempre serán los últimos y los primeros serán siempre pocos, más aún si el que pertenece a los últimos, tal era su condición, es amante de uno de los primeros, por ende, condenada al anonimato eterno, sin que este adjetivo califique exageradamente al sustantivo previo, pues, siendo anónima no figurará, gracias a las influencias del amante, privilegio de los primeros, en registro alguno, siendo enterrada en una fosa común, sin lápida que acredite su paso por el mundo, luego de que, cansada de su ignota condición de divertimento extramarital, llamase a la casa del amante para contar a la esposa, también de los primeros, obviamente, que era ella, una de los últimos, la causante de esa sonrisa post eyaculatoria con la que su marido llegaba a casa, inundado de un extraño buen humor que, al enterarse él del diálogo/confesión/denuncia/venganza que ella, la anónima, con desatino perverso, inició, sostuvo y terminó, ocasionando una, indigna de su condición, pelea épica entre la pareja de primeros, cambió radicalmente, transformando la sonrisa extasiada en mueca iracunda y las caricias clandestinas en golpes brutales, hasta que, ya desvariando, oscilando entre la furia y el placer, con todo el poder que sus masculinos y primeros músculos otorgaron a sus obesas manos, él apretase el delicado cuello de la fervorosa última y, así, diese por terminada la relación furtiva.