
Cuando Ulises regresó a casa, no encontró a Penélope; en una nota, ella le había dejado escrito: “Espérame, vuelvo pronto”. Ulises se sentó a esperar, con mucha paciencia, hasta que la luna le cedió turno al sol y un nuevo día comenzó a brillar a través de su ventana. Siguió sentado, sin embargo, viendo como la luna y el sol alternaban el gobierno del universo, esperando pacientemente, envejeciendo veinte años, mientras la Soledad, la Demencia y la Muerte intentaban seducirlo. Incansables, vehementes, las pretendientes se instalaron en la casa para evitarse la fatiga de retornar cada día. Así, dependiendo cuál de la tres estuviese en las faenas de conquista, se podía ver a Ulises sumergido en sus recuerdos, llorando la saudade provocada por la ausencia conyugal, o vistiendo la ropa de Penélope, bailando con su sombra una cueca imaginaria, o sentado en su sillón, con el cañón de un revólver perdido entre sus dientes. No obstante, fiel como era, jamás llegaba a ceder ante los embates seductores de las solteronas. Ellas, por su parte, molestas por semejante desprecio, comenzaron a abandonar la sutileza del romance para caer en la chabacanería de la amenaza. Ulises, intentando evitar las artimañas de las conquistadoras ofendidas, distraía la mente y el alma llenando crucigramas, para borrarlos y volverlos a llenar, una y otra vez, aunque sin respetar las instrucciones, pues, en las casillas, una vez llenas, sólo se podía distinguir múltiples combinaciones de las letras que formaban el nombre de su esposa.
Las despreciadas, hartas de la espera, tramaban unir fuerzas para derrocar, por fin, el recuerdo de la ausente. Y probablemente habrían conseguido su objetivo, si la puerta de la casa, levantando una pequeña nube de polvo, no se hubiese vuelto a abrir, dejando el paso libre para que la dueña de casa, ayudada por un bastón, cansinamente hiciese su ingreso al hogar, fulminando con una sola mirada a las usurpadoras conjuradas. Una vez libre su territorio de las conquistadoras abusivas, malcaminó hacia la vieja habitación matrimonial, donde, al traspasar el umbral, se dirigió con repentina vitalidad, recobrando la ligereza de su pasos juveniles, hacia su desvencijado Ulises, cuya sonrisa feliz era indistinguible en medio de las arrugas que surcaban su rostro, para darle un beso frío en la frente y decirle al oído: ¿Ya ves lo que se siente?

