octubre 30, 2006

Como que medio que multiviolación pluriomuigualitaria

Sialguien celufoneaba a los verdeformes, como que casiel Paticorto se salvaba. Ni que no ni que sí, pero lo menos bueno de suautorreferencia eran las puñafiladas dia tres. Oportunidad, como que no pudo tener. Siempre caracúlico como cojiandaba, nunca quería practicar con nosotros. De que libreaba por todas partes, es algo que casi como que nadie puede afirmar negativamente; pero por tanto lecturear se olvidaba de las compadreadas. Ahora quia patalargado, como que si no combustionamos sus inutilibros otros pudieran, más tarde o menos temprano, medio que retinearlos y dejar las prácticas.

Las prácticas son importantes. No son todo, pero como que son lo único quiautoayuda en el barriocelda. Manejar puñafiladas dia tres para dejar buenas cicatriceadas nues casi menos que difícil. Claro que sin la compadreada nuay arma quialgo ayude. Tú compadreada es algo así como que la familia que no tienes. Si nueres malazarado, ni que sí ni que no, pero hastún culialegre puedes ligar. Otros tenemos que pajimanearnos cuando las ganas vienen. Pero sieres carilindo comuel Paticorto, mejor que te cicatriceén la portada, porque con andar caracúlico comuél, medio que no basta para que no te retineén.

El Paticorto tenía una portada como que de niña, pero nuera culialegre. Por lo mismo, menos que por otra cosa, tendría quiaber sido menos que malo para las puñafiladas dia tres. Además, como cojiandaba, no mucho pero sí nada poco, derechizquierdeaba el escape como que provocativamente. Nosotros liofrecíamos voladores químiconasales para que medio que se deje, peruél como que malformaba interpretativamente nuestras propuestas y, entre que ofendido y ceñifruncido, nos decía que de suautorrferencia lo menos peor era ser hombre. Tan negativamente nos respondía, que medio que le creímos lo de la hombría y lo dejamos en paz. Al final, era de la compadreada.

Claro que los de la otra compadreada como que no comprendían, porque casi nada, aunque algo sí, sabían del Paticorto. Ellos sólo lo veían cojiandando con sus inutilibros, mientreando por todas partes. Y sin decir que lo positivo es menos que lo negativo, o sea, segureando, medio que puedo creer que tanto verlo derechizquierdar el escape los dejualgo así como que boquiaguados, con ganas de tapárselo. Y no se cerebreé nada menos que cerca de la verdad, pues nuestra compadreada sí sabe defender sus cuadracubiles; peruel Paticorto, caracúlico y mulactante, como que se le ocurriúir ir a buscar algo para lecturear a las cuadracubiles del otro lado. Dos menos que malos puñafileros lo medio que retinearon y casi es algo así como afirmativo, que los dos, por seguirle la derechizquierdeada, entre que lo vigilaron y guardespaldearon, claro que poco hubieran podido hacer, cuando los de la otra compadreada caritierrearon al Paticorto, así que, segureando, sólo retinearon lo que pasó.

El Paticorto, como que hacía fuerza, pero un par de puñafiladas le cicatricearon la espalda y medio que lo tranquilizaron. No sé si fácil, pero difícil no, en todo caso, como que le bajaron los guardapiernas, dejando el escape al aire, y uno tras otro le culidislocaron, tanto, que medio que es algo nada negativo que hubiera quedado más cojiandante. Pero como además de carilindo era malazarado, como que medio satisfechos, los de lautra decidieron hacerligualar las patas. Los nuestros nada podían hacer, eso boquearon, pero como que se quedaron cerebreando que si celufoneaban a los verdeformes, el Paticorto hubiera podido seguir haciéndonos boquiaguar con su derechisquierdeo. Casi les creemos su intención, pero alguno menos asnoactante que los que medio que más tiran para ese lado, se desolvidó de que en el barriocelda nuay celufonos. Casi medio segureando, los dos se pajimanearon mientras se culifruncían al Paticorto, cosa que nies mala nies buena; lo que si sería como que malo, es que fueran ellos los que siubieran culimontadual cojiandante, y no por haberlo patalargado luego, sino por ser así medio que como egoístas.

octubre 27, 2006

de la Danila, su versión.




Uno de mis mejores amigos es Daniel Moya, alias “la Danila”. Este cuate, hace casi ya dos años, se fue a Buenos Aires para cursar una maestría en cine documental. Al parecer, al chango le ha ido bien, porque incluso su guión, basado en un cuento mío, resulto seleccionado para filmación. Así, el otro día me llegó un mail en el que me contaba que ya había terminado de filmar y que estaba en el proceso de edición. Curioso, como soy, le pedí me mandase algunas fotitos para ver cómo había resultado mi cuento en imágenes; bueno, a continuación les transcribo el cuento, ilustrado con algunas fotos de la filmación de la Danila.



Póquer de huevo



Los dados rodaron por el mantel agujereado como estampida de animales salvajes, atropellándose en su carrera hasta detenerse casi en el centro de la mesa, observados por siete ojos, uno de los cuales parpadeaba exageradamente debido a la delgada columna de humo que se desprendía de un cigarrillo y ascendía como cobra encantada buscando clavar los colmillos en la pupila de su víctima. La música, puesta a todo volumen para otorgar privacidad a las conversaciones de las distintas mesas del local, cesó de repente, originando una seguidilla de chiflidos y reclamos. “Es que está pasando la procesión”, indicó el garzón de manera tímida; pero tuvo que ser el Cíclope, con el ojo lagrimeante envenenado de humo, el que calmara el alboroto con un intimidador rugido: “Respeten a la virgen, carajos”.


La procesión anual de la Virgen de los Olvidados recorría varias calles del barrio, dejando a su paso un penetrante olor a incienso que muchas veces atentó contra la vida de algún asmático. Un sacerdote encabezaba la marcha, exclamando rítmicamente, ayudado por un megáfono, avemarías y padrenuestros. A pesar de esta colaboración tecnológica, no podía competir contra los poderosos gritos de un grupo de sindicalistas algo ebrios que, acostumbrados a las arengas revolucionarias, expresaban su devoción, medio en serio medio en broma, de la única manera que conocían: “Viva nuestro señor Jesucristo”, “Gloria a los mártires de la revolución judía”. “Viva”, “Gloria”, respondieron desde el bar los parroquianos, algunos de los cuales incluso salieron a disparar unos cuantos petardos, muy aplaudidos por los sindicalistas.

Luego del momento de fe, la música se apoderó del boliche. El Cíclope clavó su mediamirada en el pequeño sujeto que tenía frente a él. “Póquer de huevo –le dijo sonriendo macabramente–, no te alcanza”. El hombrecito, que había estado petrificado y sudando copiosamente durante el paso de la procesión, empezó a fumar nerviosamente, casi masticando el cigarrillo, y, secándose la humedad de las manos en las mangas del saco, se puso de pie. Su metro y medio no intimidaba a nadie y menos aún vestido con ese terno gris gastado, parchado con óvalos de cuerina en los codos. “Mejor sentate –le dijo el Cíclope–, no quieras hacerte el machito”. Servilmente obedeció la orden, apoyó los codos en la mesa y hundió la cabeza entre las manos. “No tengo plata –balbuceó entrecortadamente–, te pago a fin de mes”. “El mismo cuento de siempre –dijo el Cíclope mirando a los que flanqueaban al perdedor–. ¿Qué tal, le creemos?” Unas risas fingidas fueron la única respuesta. “Ni modo, viejito, te has jodido. Ya sabías que era tu última oportunidad. Si no hay plata, pierdes un ojo; si no pagas hasta el lunes, pierdes el otro, así nomás. Por ay, si me animo, te dejo un doble o nada, todo depende”. Los matones del Cíclope tomaron al hombrecito por los brazos y prácticamente lo sacaron alzado del bar, llevándolo hasta el callejón situado a unos metros de la puerta. “¿Prefieres con cuchara o con cuchillo? –le preguntó el Cíclope, exhibiendo los dos instrumentos–. Con cuchara no queda cicatriz, como yo, ¿ves? Luego te haces poner uno de vidrio. Casi ni se nota”. Los maleantes dejaron escapar estentóreas carcajadas, mientras el pobre sujeto lloraba de rodillas, implorando inútilmente una prórroga.



“Curas oligarcas”, “Sotanudos dictadores”, gritaban los sindicalistas, mientras se acercaban a la esquina del callejón luego de haber sido expulsados de la iglesia. “Compañeros, compañeros –gritó el hombrecito al escucharlos–, me quieren detener los buzos”. Inmediatamente, ante el clamor de un camarada en apuros, los seis arengueros entraron al callejón y, sin hacer caso a las explicaciones del Cíclope, agarraron a los agresores, permitiendo la veloz huída del deudor. Un par de navajazos hicieron retroceder a los sindicalistas, cosa que aprovecharon el Cíclope y sus secuaces para lanzarse en persecución de su víctima. “Ya debe de estar lejos –dijo uno de los salvadores–, bien lo hemos hecho”. “Vamos a festejar la libertad del camarada –expresó otro–. ¿Quién dijo dos?”




“Voy a tomar veneno para olvidarte...”, chillaban los parlantes del bar, acompañados por la voz de un borracho con ínfulas de barítono que cantaba a todo pulmón, derramando lágrimas y sujetando una botella por el cuello. No era un lunes habitual, el bar estaba repleto pues la fiesta de la Virgen se prolongaba de sábado a sábado. Las mesas del local no daban abasto a la cantidad de clientes que aplaudían, desesperadamente, clamando por la atención de algún garzón. En una mesa del fondo, seis diablos, desprovistos de cuernos, discutían airadamente sobre la situación del país. Más a la derecha, una chola dominaba por los cabellos a un obeso chofer, completamente intoxicado, provocando las carcajadas de los amigos. En las mesas de la izquierda se habían formado dos bandos que gritaban alternadamente: “Tigre/chacra – Tigre/chacra – Tigre/chacra ...”, marcando el compás con furibundos golpes en las mesas, creando un contrapunto a dos voces de tal perfección, que incluso un caporal se puso a zapatear, haciendo alborotar los cascabeles, pues la rítmica discusión le trajo a la memoria la cadencia de los bombos domingueros. En la mesa del centro, seis ojos, ajenos a todo ese bullicio, centraban su atención en el vaso de cuero. La mano temblorosa, con débil impulso, dejó en libertad los dados para que iniciaran floja carrera hasta el centro del cuadrado. “Uta”, exclamaron los secuaces del Cíclope, el cual mediomiraba ferozmente al sudoroso hombrecito. Éste, casi por instinto, irguió su metro y medio apoyándose en la mesa. Incluso con el parche de pirata, que le daba a su rostro una apariencia algo ruda, no inspiraba ningún respeto. Inútil hubiera sido intentar otra huída. “Póquer de huevo –le dijo el Cíclope–. ¿Cuchara o cuchillo?”


“Póquer de huevo”, en Réquiem para once, editorial Gente Común, La Paz, 2003.

Todavía estamos en octubre


Quería festejar el 20 de Octubre cambiando la imagen del blog, pero mi ignorancia en las cuestiones informático-cibernéticas me impidieron hacerlo a tiempo. Sin embargo, como dice el dicho, más vale tarde que nunca; y así, urgueteando códigos, de los cuales no sospecho nada, probando-probando, he llegado a algo similar a lo que me había imaginado. Varias noches de desvelo me ha costado el chistecito, pero qué importa, La Paz se lo merece... bueno, en realidad se merece mucho más.

Y como ya va a ser hora de ir a trabajar, mejor me despido nomás.

octubre 23, 2006

Y ahora... ¿Quién podrá defenderme?


Hace algunos años, en la Plaza Avaroa, un grupo de muchachos festivos, seguramente ya sin plata para seguir bebiendo, decidieron jugar un partidito de fútbol. Yo he estado borracho muchas veces (pero así, borraaaaaaacho, shempre), por eso sé que el alcohol perjudica el sentido de la vista, de tal forma que entendí, sin hacerme ningún lío, que esos púberes, ebrios como estaban, me confundiesen con un balón y pusiesen en práctica su decisión. Y el partido ha debido estar bien disputado, porque yo no rodaba mucho: los de este lado pateaban, yo daba una vueltita y, zas, ya pateaban los contrarios. Comprensiblemente, como el partido se había estancado en la media cancha, alguno ha debido perder los estribos y agarró el balón (o sea a mí) con las manos, zarandeándolo de manera antideportiva. Obviamente, como buen futbolero, hice notar que eso era “mano” y no estaba permitido en el fútbol; entonces, auto-promoviéndome de balón a árbitro, le dije al infractor: “yastá, te has jodido, estás expulsado”. Entre todos los jugadores se miraron con cara de cojudos (ahora que lo pienso, su reacción fue normal, quién no se quedaría cojudo si, de repente, una pelota se volviera árbitro) y el expulsado, con un cinismo digno de futbolista argentino, me encaró diciendo: “Qué pasa’ps chango, ¿borracho estás?” Luego de carcajear por su ocurrencia, le respondí: “¡Yaaaaa! El burro hablando de orejas”. Como el cuatecito, además de estar ebrio, seguro era un tantito ignorante, no entendió el refrán y creyó que le estaba insultando. “Quién es burro, carajo, quién, a ver, quién, en mi cara dime, a ver dime, dimeeeee”; así me insistió el malcriado, tufeándome los aromas de la chorrellana de mediodía, cosa que no sólo me asqueó, sino que consiguió disipar mi buen ánimo, infundiéndome unas ganas irreprimibles de venganza, por lo que, igualito, encarándolo, bien cerquita, para que se asfixie con mi aliento a chorizo del Merlan, cumplí su petición: “Bu – rro, eres un buuuu – rrooo, ¿yastás happy?”. Esos chorizos del Merlan son, pues, armas mortales una vez digeridos, porque el tipito, convulsionándose por las arcadas que le provocó mi respuesta, se alejó corriendo para devolverle a la madre tierra lo que de ella había salido (las cebollas, claro). Y yo, cholo urbandino, ufano por haber vencido el duelo de alitosis, inflé el pecho y, con la mirada, les comuniqué a los otros críos: “Y ahora, ¿quién es el papá?” Recién entonces descubrí que tenía poderes telepáticos, porque todititos me habían entendido y, como buenos cholos, no aceptaron la provocación, ni siquiera cuando intenté arreglar las cosas, “¡yaaaaa!, jodita era”, diciendo, “cómo se van a rayar así, ¿acaso no somos cuates?”. Dándome cuenta de que ya no había forma de contener a la turba, hice un último intento por salvar el pellejo: “Ya ya ya ya ya ya yaaa, basta che, ya estuvo buena la broma, pendejitos, mejor desaparezcan, si no, voy a tener que hacer una demostración de Jiu-Jitsu brasilero”. Y me puse, o supongo que lo hice, en una postura idéntica a la que Bruce Lee recurría antes de reventar a cuarenta chinos. Sin embargo, yo no contaba con que estos chango fuesen cinta negras-tercer dan en Tiku-Du y Way-Kean-Do. La cosa se puso brava y ahorita podría estar muerto y enterrando, soportando que el Ganja venga a profanar mi sepulcro para llevarse recuerdos, de no haber aparecido en escena varios policías, quienes, no satisfechos con haberme salvado, me embarcaron en un radio taxi, recomendándole al chofer que no corra mucho. A esas alturas, ya eran las 8:30 de la mañana; había farreado como diez horas, y sumándole a eso el ejercicio que realicé con los festivos muchachos, no fue nada raro que me quedase dormido, no sin antes hacerle recitar mi dirección al chofer, para asegurarme que no se perdiera. Cuando desperté, tirado en la calzada, sin zapatos, chamarra, billetera, ni celular, confirmé algo que ya sabía desde hace mucho, pero que, con mi habitual tendencia a dar oportunidades, había preferido no tomar en cuenta: Jamás, pero jamás de los jamases, se debe confiar en los taxistas.

Y toda esta cháchara se debe a que, hace algunos días, respondiendo a un post, dije que los policías estaban metidos en N clases de negocios turbios. Obviamente, hay policías corruptos, lo cual no implica que todos lo sean. Personalmente, nunca tuve ningún inconveniente con ellos; es más, en similares situaciones a la que acabo de narrarles, los policías, cual chapulines, aparecieron providencialmente para salvar mi vida o, quién sabe, mi honra. Por tanto, me disculpo por la generalización que, tan ingratamente, realicé. Pero, eso sí, de los taxistas no me disculpo, ni lo haré, porque he sido víctima de sus “travesuras” muchas veces. Sobre eso, ya les contaré en otra ocasión.

octubre 20, 2006

Collita (festejando lo único "nuestro")


Lindas montañas te vieron nacer y, algún día, tú también las veras; desde lejos, claro, con perspectiva universitaria, explicando tus recuerdos con lengua norteña, beauty mountains/my country, pero con melancolía urbandina.

Ahora no las ves, no las sientes; por eso, tampoco me entiendes. Y, aun así, algo hay que nos une; un nosequé perverso, insistente, tentador. Nada tiene que ver tu linda silueta de bella mujer, ni tus labios rojos que incitan amar; no, más bien son tus ojos, esos muy negros de hondo mirar, los que perturban, los que atentan contra la normalidad y hacen de la rutina una aventura cotidiana, una constante búsqueda de roces, de palabras, de coincidencias.

Por si lo olvidaste, hoy está de cumpleaños nuestra ciudad; viste, ¡tenemos algo nuestro! Sí, hoy es el día de este hueco, más bien vagina, que no se cansa de parir sueños, esperanzas, deseos, palabras, música, sangre, balas, Octubres, en fin, ¡vida, carajo! Y así, vivos, aún no hemos podido comprenderla; por eso necesitamos concebirla como tumba, como la fosa que está cavada desde siempre para que la habitemos eternamente; así, imaginándonos muertos, podemos ver sus otras caras, conocer su alma sepia y su sonrisa aguayo. Pero sé que ahora no entiendes lo que te digo; lo jodido es que cuando lo hagas, quizás yo no sea yo, y ese otro te será más incomprensible aún.

En fin, soy como la ínclita, nomás: farsante; sin embargo, también como ella, antropófago insaciable. Es que lo otro es apetecible, que no envidiable, probablemente porque nosotros también somos lo otro; cierto narcisismo hay en esto. Así, se explica por sí mismo el hecho de que la canción que hoy te dedico, Collita, en realidad sea un taquirari, música camba, pues.

Entonces, collita, sabiendo que no podemos ser lo que somos y queremos, por lo menos festejemos, unidos por la distancia que nos acerca, el aniversario de lo único que podemos compartir sin la vergüenza que implica “lo nuestro”: Nuestra Señora de La Paz.