febrero 26, 2007

La joroba de Tristán


Tristán caminaba con el cuerpo putrefacto de su hermano en la espalda, pidiendo limosnas a los viandantes, tal como lo había estado haciendo doce de los diecisiete años de su vida; claro que antes, hasta hace unos días atrás, lo hacía en compañía de Jerónimo, es decir, del todavía vivo Jerónimo, pues lo que ahora quedaba de él, más que compañía, resultaba un estorbo. No es de extrañar que el negocio se fuera en picada, ya que el mal olor y las moscas que rondaban a los hermanos, al vivo y al muerto, ahuyentaban incluso a los que hasta entonces habían sido clientes fieles. Y no es que esas almas caritativas fueran de las que se desaniman ante los cuadros grotescos que ofrece la ciudad, o que hubieran sido del tipo melindroso, que se asquean ante la menor presencia de olores transgresores de sus buenas costumbres olfativas; si no que, y convengamos en que tenían toda la razón, un muerto hediendo en las calles no es algo que inspire piedad; en todo caso, repulsión es lo único que puede provocar.

Cuando ambos nacieron, sus padres, un par de alcohólicos callejeros incapaces de soportar tremenda carga, decidieron ahorcarlos y tirarlos a un basural. No se sabe si fue por falta de fuerzas, o por algún rastro de piedad paternal, que los cordones con los que ajustaron los cuellos de los bebés no cumplieron con su cometido, permitiendo que el aire poco oxigenado de esta urbe inundase sus pequeños pulmones, rescatándolos de la muerte para darles la oportunidad de tener una vida, si es que así se le puede llamar a lo que tuvieron. No obstante, debido a los segundos dramáticos durante los que fue privado de óxigeno, Jerónimo quedó condenado a un retraso mental que habría de reflejarse también en un escaso desarrollo corporal. Pero no nos adelantemos. Estábamos en el frustrado intento de homicidio. Ya en el basural, los cuatro pulmones comenzaron a trabajar a ritmo acelerado, de tal forma que los pequeños, uno después de otro, despertaron a la vida. El que sería Tristán, mostrando desde entonces sus cualidades vocales, gritó con tanta fuerza que ahuyentó a los perros carroñeros que se habían aglomerado olfateando un buen bocado, y al mismo tiempo logró despertar al que sería Jerónimo, quien se unió al llanto, formando así un dúo chillón que logró atraer la atención de la Diputada.

María Inés Gandarillas del Olmo, así se llamaba la Diputada. En sus años mozos fue una destacada profesora de historia, con un prestigio tan grande, que incluso llegó a ser condecorada por un militar que se había lanzado a la aventura de ser presidente. Mucho prestigio, mucha inteligencia, pero poca belleza. Sin embargo, su fealdad física no fue el motivo por el cual no pudo jamás encontrar pareja, sino más bien ese su avinagrado carácter, que le hacía insultar, aunque involuntariamente, a todo aquel que se acercaba con fines de conquista. Tal vez por la soledad, o quizá porque el vinagre le llegó al cerebro, doña María Inés comenzó a mostrar signos de una demencia que le acarrearía a perder su empleo, su prestigio, su casa y su nombre. En efecto, chiflada ya, la profesora se acercaba todos los días a las puertas del parlamento para lanzar arengas desenfrenadas, aunque no exentas de coherencia, que le hicieron ganar el mote de “la Diputada”. Así, rebautizada por la ciudad, fue como encontró al par de huérfanos que lanzaban alaridos por el hambre y el frío en medio del basural en el que ella habitualmente buscaba su cena. Esa noche no sólo encontró alimento, sino también el remedio a su soledad, o mejor dicho, un par de remedios, a los cuales tuvo por bien ponerles como nombres Tristán y Jerónimo, quién sabe por qué motivos.

Nadie habría podido imaginar que en el costal en el que guardaba algunos trapos, la diputaba también guardaba los ahorros de toda su vida; claro que a esas alturas, debido a una devaluación galopante, ya no significaban gran cosa. Obviamente, para esa mente alterada, los billetes no tenían mayor valor que el de suave relleno para una rústica almohada; sin embargo, ya con Tristán y Jerónimo a su cargo, le sirvieron para comprar leche durante el primer año de vida de los niños. Después, resignando su dignidad, se dedicó a pedir limosnas en la calle y de esa forma logró mantener, aunque no de buena manera, a sus pequeños. El hogar de esa extraña familia fue una antigua casona, condenada a la demolición, del casco viejo de la ciudad. Así, en medio del peligro de un potencial derrumbe, vivieron cinco años en los que compartieron la pobreza y la desgracia. La desgracia, precisamente, fue la que separó sus vidas, pues las fuertes lluvias que se registraron el año en curso debilitaron por fin los cimientos de la casona, causando su derrumbe y sepultando entre los escombros a la Diputada. Condenados a vivir por un destino inclemente, Tristán y Jerónimo se salvaron del peso de los adobes gracias a que habían salido al basural cercano para evacuar vejigas e intestinos.

Los huérfanos, entonces más huérfanos que nunca, se asustaron al ver el desastre y corrieron calle abajo envueltos en llanto. Mejor dicho, Tristán corrió, pues por motivos ya explicados, Jerónimo no se desarrolló física ni mentalmente, por lo cual era su hermano quien tenía que cargar con él. Tristán, que no era ningún tonto, rápidamente aprendió a sobrevivir en las calles, buscando portales de iglesias o casas donde pasar la noche y pidiendo limosnas a cambió de las canciones cambiadas de letra que entonaba en alguna esquina. Voz no le faltaba, pero el chico era desorejado, y su hermano, siempre en la espalda, no ayudaba mucho con los alaridos que lanzaba cuando empezaba el canto. De todas formas, la gente siempre les daba dinero. Más que por el canto lo hacían por pena. Claro que pena era el segundo sentimiento que provocaban, pues el primero era rechazo. Verlos no era nada agradable: el uno, un esmirriado cabezón, y el otro, un remedo de enano siempre colado a la espalda del hermano.

Así pasaron los años sin mayor inconveniente. Tristán cambió la voz, aunque nunca llegó a ser afinado, y Jerónimo, si bien creció un poco, nunca dejó de ser una caricatura grotesca y babeante empotrada en la humanidad de su único pariente. El dinero que la piedad les dejaba bastaba para que pudiesen comer y vestirse, claro que pensar en buscar un cuarto era algo demasiado alejado de sus posibilidades. Sin embargo, eso nunca fue un problema, pues ya conocían demasiado bien la ciudad y sabían en qué lugares había portales algo abrigados donde pasar las noches. Sus figuras se hicieron tan habituales en las calles, que hasta parecían parte del paisaje citadino. Jamás nadie se dio cuenta de que los niños ya eran un par de adolescentes de diecisiete años, pues para todos simplemente eran Tristán y Jerónimo, los eternos limosneros.

La rasca-rasca era una prostituta gorda, de unos cuarenta años de edad, aunque aparentaba más de cincuenta. Trabajaba más de diez años en las calles, pues en el bulín en el que se había iniciado ya no requerían más de sus servicios. Su madre, que había tenido que dedicarse a la prostitución para poder mantenerla, no tuvo más remedio que instalarse en el prostíbulo con su pequeña hija, pues no podía pagar un alquiler. Así, Lucía creció en medio de borracheras y sexo. Cuando cumplió los trece años, era una niña bien desarrollada, que tal vez a fuerza de ver escenas muy ardientes, el calor se le pegó en el cuerpo y le comenzó a escocer su sexo. El barman del local, un tipo joven y macizo, la descubrió una tarde frotándose la entrepierna, entonces, muy comedido, ofreció su asistencia para calmarle la comezón. De esa manera, Lucía, siempre que su madre entraba a la pieza con algún cliente, aprovechaba para pedir a alguien que la rascase. Lucía se hizo puta por gusto y a los quince años era la más cotizada del establecimiento. Claro que no ganó mucha plata, pues a decir verdad, más que el dinero, lo que le interesaba era calmar sus escozores. Adicta al sexo, probó de todo. Lo hizo con ciegos, con travestis, con niños, con mujeres, con ancianos, con dos, con tres, hasta con cinco al mismo tiempo. No importaba quién, lo que ella más deseaba era que la rascasen. Con tanto trajín, envejeció prematuramente, y a la rasca-rasca no había quién la quisiera rascar, ni siquiera gratis, por lo cual perdió su puesto en el lenocinio. Comenzó a trotar las calles y se hizo muy popular entre aquellos que no podían pagar más de cinco pesos por una vagina caliente.

Una madrugada, mientras retornaba a su esquina después de hacerse rascar tres minutos, se topó con Tristán y Jerónimo, quienes buscaban algún portal para pasar la noche. Se acercó a ellos, ya con la comezón en ascenso, y los llevó a su cuarto. Ellos no pronunciaron palabra alguna, simplemente se dejaron llevar y aceptaron las palabras cariñosas que ella les prodigaba, tal vez porque era la primera vez en doce años que alguien les hablaba de esa forma. La rasca-rasca los desnudó con dulzura y examinó sus miembros. El de Jerónimo no daba para mucho, pero el de Tristán, ese sí que le parecía bueno. De todas formas, no privó a su lengua del sabor de ninguno y pronto se tendió en el catre acomodando a Tristán encima de ella. Le indicó cómo debía moverse, cuándo debía acelerar y cuándo calmarse, y Tristán fue un buen alumno, obediente y sumiso. La rasca-rasca no daba más de placer. El bien dotado miembro de Tristán la rascaba muy profundo, y además, ver a jerónimo masturbándose en la espalda de su hermano le provocaba orgasmos múltiples que hacía mucho no tenía. Y es que si bien lo había hecho con muchos, de todas las razas y colores, de todas las edades y tamaños, jamás lo había hecho con unos siameses. Fue la experiencia de su vida. Así, Tristán y Jerónimo encontraron, además de un techo donde vivir, a la única mujer que habría podido aceptarlos en su cuerpo. Eso al menos por dos años, ya que una injusta batida policial determinó que la rasca-rasca fuese encarcelada, y el desgraciado par quedó nuevamente en la calle, cosa que no fue muy traumática para ellos.

Volvieron a la rutina que conocían bastante bien: pedir limosnas, buscar comida, buscar portales donde pasar la noche, pedir limosnas, buscar comida... Pero como es sabido, es muy difícil que la rutina no sea alterada nunca, siempre ocurre algo que perturba la monotonía, aunque sea algo pequeño. Pero dada la azarosa existencia del desdichado par, no fue pequeño lo que trastornó sus vidas. Jerónimo había cumplido su ciclo en este mundo, talvez porque toda su energía siempre había ido a parar a su hermano, fue como una especie de batería que Tristán cargaba en la espalda. El caso es que Jerónimo cayó en un letargo natural que en un par de días devino en sueño perpetuo. No se puede decir que Tristán no haya sufrido la pérdida de su hermano, pero, endurecido por la vida que llevó, trató de ver el lado positivo del luctuoso suceso. Luego de llorar casi fingidamente unas horas, se dio cuenta de que con el enano muerto ya no tendría que preocuparse por él, es decir, la alimentación, la vestimenta y, sobre todo, las idas al baño. Además, el difunto, según pensaba, podría acrecentar la lástima y, por ende, las limosnas. Por último, por fin podría cumplir uno de sus máximos anhelos: dormir de espaldas.

Como ya se sabe, las suposiciones de Tristán fueron erradas. En vez de recibir más caridad monetaria, el negocio se desmoronó tan pronto como los olores del cadáver comenzaron a traspasar los trapos que lo envolvían parcialmente. Tristán, sin dinero, se alejó del centro citadino y se refugió en los basurales de la periferia, el único lugar donde su olorosa carga pasaba desapercibida y podía buscar alimento. Maldiciendo su suerte, el cementerio ambulante parecía resignado, por primera vez en su vida, a dejarse morir, de tal forma que se postró en medio del basural y así pasó dos días enteros, casi sin probar bocado. Entonces, quizá por algún recuerdo incrustado en su subconsciente, al ver una jauría que merodeaba a su alrededor, como esperando el momento preciso para el ataque, se le ocurrió la forma de deshacerse del difunto. Se armó de un palo y esperó unas cuantas horas, tratando de no moverse en lo más mínimo, hasta que la jauría atacó. Con el palo logró alejar a los canes de su cuerpo, pero obviamente, no hizo nada por proteger los putrefactos restos de Jerónimo. Mordida a mordida, en cuestión de minutos, los perros consiguieron quitar la mayor parte de la fúnebre joroba de Tristán, hasta que éste comenzó a sentir dolor, por lo cual, nuevamente hizo uso del palo y, no sin gran esfuerzo, logró ahuyentar a los carroñeros.

Contento, y unos quince quilos más liviano, se fue al recinto de duchas públicas en el que unas tres o cuatro veces al año solía darse el lujo de un baño de cuerpo entero, claro que antes lo hacía acompañado. Se refregó la espalda tanto como pudo, porque lo que quedaba del cuerpo de Jerónimo también hacía parte de su área sensitiva, y debido a las mordidas previas era una labor muy dolorosa. Tristán cambió de anatomía, pero no de oficio, siguió siendo limosnero, mas tuvo cuidado de instalarse en una zona donde no fuera muy conocido. Pero eso, cosa que él no sabía, no era importante, pues si la ciudad aún recordaba a los siameses, era ya muy poco; y si bien alguien habría pensado que su rostro era familiar, nadie se habría imaginado que el jorobado fue, alguna vez, miembro del dúo de los siameses chillones. Empezó a ganar dinero nuevamente, pero no tanto como cuando lo hacía en compañía de su joroba viviente. Pasados unos días, como era de suponerse, los escasos restos de Jerónimo no por mínimos dejaron de descomponerse, y la infección poco a poco empezó a invadir el organismo de su portador.

Sin fuerzas para cantar, sin ánimo siquiera para estirar la mano esperando la caridad citadina, el cuerpo de Tristán había cedido paso a la fiebre, que traía consigo alucinaciones que le provocan un sinfín de sensaciones, todas aterradoras. Pero bien dice el dicho que al final del túnel siempre está la luz, pues en medio de esas horrorosas fantasías febriles, se le apareció la Diputada, vestida con el trajecito de dos piezas raído con el que solía ir a ejercer sus labores legislativas. No sin esfuerzo, lo levantó y, a guisa de muleta, le ayudó a caminar brindándole afectuosas caricias y palabras. Tristán apenas distinguía las figuras de la gente que lo cruzaba, pero escuchaba muy claramente sus voces. Todos le saludaban, le daban ánimos, felicitaban a su madre por tener un hijo tan especial. Tanto cariño le dio ánimos para por lo menos caminar sin arrastrar los pies.

La rasca-rasca, luego de permanecer seis meses tras las rejas, salió del panóptico casi corriendo para averiguar qué había sido de sus muchachos. Pero no se confunda el lector, pues lo que parece compasión y un amor casi maternal, no era más que la desesperación por la comezón que no le habían podido quitar ni los guardias, ni alguna que otra compañera de reclusión. Sobra decir que la vetusta ninfómana casi enloquece al enterarse que el casero había despachado a los hermanos cuando, a los pocos días de ser detenida, él se acerco a cobrar el alquiler y el “par de engendros”, como él los llamaba, no supieron cumplir con la obligación. Sin embargo, como no es cosa fácil encontrar un techo tan barato, se tragó los ajos y cebollas con los que hubiera querido responderle, y entregándole todas las propinas, por así decirlo, que había recibido de los guardias, recuperó la llave de su cuarto. De no haber estado tan enojada con el casero, de seguro que no habría dudado en pedirle una rascadita, pero en ese estado, y además añorando los placeres que le brindaban los siameses, se aguantó el escozor y salió a buscarlos.

No le fue fácil dar con Tristán, pues como sabemos, él tuvo que cambiar de barrio; mas sin desmayo caminó por varias horas hasta que encontró al muchacho, sentado en la acera, utilizando un poste de señalización como apoyo para no caerse, temblando convulsivamente y sudando la fiebre que lo carcomía. Sin reparar en la joroba, lo levantó como pudo, trastabillando un poco, hablándole cariñosamente como para darle ánimos. Él la miraba, o por lo menos eso parecía, porque en realidad su mirada estaba fijada en un punto lejano, que el cuerpote de la rasca-rasca no llegaba a tapar. Le dijo “mamita, por fin vuelves”, y la gorda, sin entender las palabras, le seguía la corriente, “sí, hijito, ya nos vamos a la cama”. Mientras caminaban, el peso de Tristán sacaba de equilibrio a la rasca-rasca, de tal forma que parecían una pareja de alcohólicos caminando sin rumbo. No faltó algún moralista que los insultó, alguna vieja beata que se santiguó ante ellos antes de decirles algunas verdades, o algunos muchachos malignamente traviesos que se acercaban a piropear a la mujerzuela y felicitar al jorobado por la conquista. La rasca-rasca, que no tenía desvaríos febriles, sentía algo parecido a la vergüenza, aunque bastante mezclada con odio, por lo cual apresuró el paso para llegar rápido a su refugio.

Recién ahí, con gran sorpresa y mayor decepción, se dio cuenta de la falta de Jerónimo. Inútiles fueron sus preguntas, pues Tristán sólo repetía “mamita, ya no me dejes”, y se aferraba al obeso brazo de la prostituta, mientras ella, dejando de lado la averiguación, lo desnudaba casi furiosamente. A pesar de haber visto muchas atrocidades durante su vida, no pudo menos que empujar al muchacho, haciendo muecas de asco, al reparar en lo que quedaba del pobre Jerónimo: apenas unos huesos, que parecían los restos de unas alas, recubiertos de carne podrida. De lo demás, solo quedaba una gran herida purulenta y hedionda que se había extendido hasta la base del cuello. Prácticamente se quedó muda por el espanto que le provocó esa visión, y lo único que delató su estado de turbación fue el copioso vómito que impelió su estomago. Tan fuerte fue esa reacción física, que estuvo a punto de ahogarse, pero un desmayo oportuno hizo cesar los espasmos. Del desmayo pasó al sueño, favorecido éste por el esfuerzo que había realizado horas previas. Cuando despertó, casi a la media noche, por un momento pensó que todo había sido una pesadilla; pero al prender la luz, la esperanza onírica se desvaneció. Tristán yacía en la cama, de espaldas, luciendo una sonrisa rígida que, de alguna manera, indicaba que su muerte había sido tranquila. Vanos fueron los intentos de la rasca-rasca por hacer reaccionar al cadáver, Tristán había cambiado de estado dos horas atrás.

Olvidándose, cosa milagrosa, de su comezón, la rasca-rasca se devanaba los sesos tratando de pensar cómo librarse del cadáver. Su inmensa figura no pasaba desapercibida jamás, y ni qué decir si estuviera cargando un cuerpo. Claro que lo que tenía la rasca-rasca, alguna enfermedad tal vez, no era cosa que pudiera estar inactiva por mucho tiempo; así es que la comezón, que por primera vez en su vida no había sido calmada en veinticuatro horas, recrudeció con tal violencia, que prácticamente se desgarró la ropa y se arrojó sobre el frío cuerpo de Tristán. Se refregó contra él, tratando de sentir el miembro encogido del difunto; lo lamió de pies a cabeza y, no sin sorpresa, se dio cuenta que le agradaba bastante su nueva pareja. Claro, era de esperarse, nunca lo había hecho con un muerto. Definitivamente tocada, se dedicó a sus prácticas necrofílicas por varios días, sin preocuparse por conseguir alimento, apenas saliendo al patio a procurar agua para calmar la sed. Pecando de ser algo indolentes y desagradables, podríamos decir que la dieta le sentó bastante bien, pues perdió mucha grasa y hasta se empezaron a notar las curvas que la habían hecho tan cotizada décadas atrás. Claro que, parafraseando el dicho popular, no hay bien que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.

Al forzar la puerta por no obtener respuesta cuando fue a cobrar el alquiler, el casero recibió un furibundo impacto pestilente, pues el hedor que en esa pieza se había acumulado parecía estar esperando la menor oportunidad para escapar del encierro. Entonces, se dio cuenta inmediatamente de lo que pasaba. Sin entrar en la habitación, se fue a dar parte a la policía. Los oficiales llegaron dos horas después, cuando ya se había formado un pequeño contingente de curiosos alrededor del cuartucho, todos cubriendo debidamente sus narices y bocas con pañuelos o trapos. Imitando la precaria protección del gentío, los uniformados entraron en la habitación. Los cuerpos estaban desnudos, la rasca-rasca, recostada sobre su costado izquierdo, abrazaba a Tristán. Sus rostros estaban tan juntos que la lengua de la mujer, petrificada en esa postura, tocaba la comisura de los labios del muchacho, de tal forma que se asemejaba a un puente a través del cual los gusanos circulaban de un cuerpo a otro. Era tal la cantidad de estos bichos, que en la boca de Tristán se había formado una especie de ovillo viviente, en el cual no se distinguía ni principio ni fin de ninguno de los que lo formaban, sólo se apreciaba el movimiento continuo, hasta rítmico, en el que las delgadas figuras estaban sumidas, frotándose unas con otras, compartiendo humedades, lo que hacía imaginar que los gusanos, más que para alimentarse, estaban ahí disfrutando de una descomunal orgía.

febrero 21, 2007

Croniquilla carnavalera


Yastá, ya pasó el carnaval, esito nomás sería. Los saldos que deja recién serán conocidos en los próximos días, cuando las autoridades presenten las estadísticas sobre accidentes, peleas y delincuencia; cuando los ejecutivos de la Cervecería Boliviana Nacional reciban el informe de ventas y se chupen con Chivas Regal para festejar el éxito; cuando don Evo se haga un chequeo médico para verificar si su cadera no se ha descoyuntado por tanto baile; cuando algunas señoritas suden frío por el atraso menstrual; cuando algunos señoritos suden frío al recibir una llamada que les informe que son culpables del atraso menstrual; cuando...

En lo que a mí respecta, el carnaval me dejó tres amigos más, 15% menos de hígado, alrededor de 13.759 neuronas muertas y la desaparición de un celular que aún no termino de pagar. Poniendo todo en la balanza, debo decir que el saldo es positivo, ya que después de muchos años festejé el carnaval como se debe: transgrediendo.

Aparentemente, lo que voy a relatar en las siguientes líneas traiciona el propósito de este blog, pues no hablaré sobre las carnestolendas urbandinas, sino más bien sobre la inmensa e intensa fiesta que se vivió en Oruro (donde la vida es duro); sin embargo, creo que al final se notará que no soy ningún traidor y que la Ínclita sigue siendo la protagonista de mis garabatos.

En Oruro la fiesta comenzó el viernes por la noche. Una verbena popular recibió a los carnavaleros de todo el país y del exterior, quienes se concentraron en la plaza principal y sus alrededores para hacer un calentamiento necesario, previo a la maratónica jornada del sábado. El frío no fue impedimento para la algarabía general; cosa extraña, sin embargo, fue que no pudimos encontrar ni un solo puesto que ofreciera bebidas calientes, aunque el singani ayudó mucho para entibiar la sangre. A eso de la una de la mañana, una señora apareció ofreciendo “café calentitoooo, caféeeee”, pero su oferta no fue correspondida por la demanda, ya que a esa hora el alcohol había establecido el monopolio del mercadeo de líquidos. No pude menos que solidarizarme con esa noble doña que se esforzaba por ganar unos pesos trasnochándose en medio de borrachos bullangueros, por lo que me acerqué a su puestito para darle un consejo: Doñita, aquí nadie le va a comprar café, por qué mejor no se prepara un té con té. Nop’s joven –me replicó–, ustedes se farrean con cerveza y ron, nadies quiere té con té. Yaaaaaaaa –expresé, dejando aflorar mi paceñidad–, usted prepare nomás, yo se lo voy a conseguir clientela. Aún escéptica, la señora tanteó el terreno preguntándome: ¿Y usted, cuántas botellas va a querer? Uuuuuuta, por lo menos doce –respondí con seguridad contagiadora–, y mis cuates y los cuates de mis cuates seguro van a querer igual. Yap’s –dijo, convencida y esperanzada–, ahoritita se lo preparo. Así, doña Lurdes (ese era su nombre) se trasformó en la Luly, y tuvo que llamar a su esposo, su hermana y su hija mayor para que le ayudasen en la preparación y distribución de las botellitas de té con té, que a un precio de diez pesos fueron demandadas con desesperación, llegando incluso a haber amagues de trifulca en la fila de clientes que se formó, pues algunos borrachos coladores no querían darle descanso a sus hígados ni siquiera un par de minutos. Por haber sido el ideólogo del negocio, fui eximido de hacer cola y sólo tenía que gritar “Lulyyyyyyyyyyy”, haciendo la V de la victoria con los dedos, para que pronto me llegasen dos botellas calieeeeeentes de té con té. De ese modo, de dos en dos, mis neuronas fueron muriendo de cien en cien.

El sábado, sin haber dormido, tomamos posesión de nuestra gradería a las 9:30. El sol andino quemaba con furia, como incitando el comienzo de las batallas de globos. Como es tradición, cada gradería se convierte en un grupo unido y solidario durante las batallas, aun cuando al inicio todos sean desconocidos; por eso, cuando un certero y artero globazo impactó en la cara de un tipo que estaba detrás de mí, rápidamente compramos artillería para responder la afrenta realizada a nuestro compañero de grada. Los enemigos, cobardemente, estaban atrincherados detrás de tres ancianitas de dulce mirar y pacífica apariencia, cosa que nos perjudicaba en los intentos de ataque; sin embargo, cuando notamos que las pícaras viejecillas apuntaban con sus temblorosos índices a alguno de nosotros, señalando a sus compañeros de grada el objetivo del próximo globazo, nos dimos cuenta de que ellas dirigían la ofensiva de los adversarios, razón por la que, sin misericordia ni respeto, les hicimos tragar agua con un ataque coordinado y masivo, luego del cual las viejas mostraron sus verdaderas caras, hijoputeándonos de mala manera y amenazándonos de muerte. Por suerte, la aparición de la siguiente fraternidad originó una tregua obligatoria. Era un grupo de caporales no muy numeroso, pero contaba entre sus filas con tres damiselas de carnes generosas y movimientos voluptuosos que respondieron al pedido de la gradería, “beso-beso-beso...”, con picardía alborotadora. El típico ritmo caporal, lógicamente, incitó el “Tigre-Tigre, Tigre-Tigre, ...” en los bravos estronguistas que allí estábamos, a lo que los cholis metiches contrapuntearon “chacra-chacra, chacra-chacra, ...”, hasta que divisamos, en la gradería del frente, a Carlos Fernando Borja, y señalándolo comenzamos el “que le paguen-que le paguen, ...”, que calló definitivamente a la horda celeste y, tras dos horas de lo mismo, provocó incomodidad en el ex jugador y su esposa, quienes se alejaron del sector en medio de un atronador y sarcástico: “no se vayan-no se vayan, no se vayan-no se vayan, ...”.

Las rencillas orales entre cholis y tigres continuaron hasta altas horas de la noche, cuando, ya todos bien chispeados, invadimos la avenida para abrazarnos y saltar gritando al unísono: “La Paz-La Paz, La Paz-La Paz, ...”. Ese momento noté que los paceños éramos mayoría en Oruro; entonces, dado que una ciudad es sus habitantes, podríamos decir que los urbandinos trasladamos La Paz hasta la capital del folklore, de tal forma que esta croniquilla, a final de cuentas, sobre la Ínclita nomás ha tratado. He dicho.

febrero 14, 2007

Hace muchos años, un febrero


A pesar del tiempo transcurrido, consdiero que es bueno recordar algunos sucesos que ocurrieron hace algunos años, justamente un 13 de febrero, en esta ciudad de nombre farsante. Por eso, ejerciendo mi derecho a la memoria, escribí esta crónica:


Febrero en El Jailander


Con júbilo se recibió la noticia en El Jailander; no era para menos, los policías habían decidido replegarse a sus cuarteles y la ciudad quedaba a merced de los parroquianos que en ese bar consumían algunas cervezas mientras escuchaban las noticias por la radio. Por el contrario, en la Graneros, la Eloy Salmón, el pasaje Lanza, la Uyustus y en todos los mercados populares había cundido la alarma y ya se aprestaban a defender sus fuentes de ingreso a como de lugar.

El Jailander quedó vacío en pocos minutos, pues todos los clientes salieron a organizar grupos de saqueo, ya que probablemente la medida policial sería suspendida al día siguiente y no se podía aprovechar semejante oportunidad. Los comerciantes cerraron sus puestos y, organizados por cuadras, levantaron barricadas y se armaron de palos y piedras para esperar a los maleantes.

La Paz mostraba otra vez cuán farsante es su nombre y se convertía en el escenario propicio para el enfrentamiento, el vandalismo y la insensatez. Una sola medida gubernamental había bastado para desencadenar el caos, una sola medida que hubiera podido enmendarse a tiempo, antes de que la sangre llegase al asfalto. El ministro Sánchez Berzaín, enfundado en su habitual traje negro, como si estuviera siempre listo para el luto, medía fuerzas con los dirigentes policiales que se hallaban amotinados en el cuartel del Grupo Especial de Seguridad, a pocos pasos del Palacio de Gobierno.

Ya era casi medianoche, las posiciones no cedían en la mesa de negociaciones, mientras en distintos puntos de la ciudad las fogatas ardían con doble propósito; alimentado por maderos y llantas, el fuego protector también hacía las veces de fuego amenazador: su luz daba calor y visibilidad a los vecinos atrincherados, pero también era el destino de cualquiera que intentara usurparles sus propiedades. Esto fue bien comprendido por los saqueadores, cuyos cabecillas estaban reunidos en El Jailander, escuchando atentamente las noticias, esperanzados por la prolongación del conflicto.

Al día siguiente, la situación no había cambiado. Sin policía para reprimir, el Palacio de Gobierno fue atacado por un grupo de estudiantes del colegio Ayacucho, valientes montoneros que descargaron en pedradas sus alborotos hormonales de adolescentes cartuchos, azuzados por el discurso trotskista de sus maestros, cobardes manipuladores que descargaron su impotencia política de izquierdistas fracasados en la cabeza de sus estudiantes. Fue el inicio de la violencia.

Sin policía, el Gobierno recurrió al Ejército y se aprovechó de la histórica rencilla que existe entre ambas fuerzas para provocar un enfrentamiento fraticida que, según el Ministro del Interior, terminaría con el motín policial y restauraría el orden establecido. Sin embargo, los amotinados estaban muy lejos de rendirse ante el despliegue bélico de los militares, y convocando a sus camaradas, se aprestaron a responder fuego con fuego, muerte con muerte.

El entonces Presidente, Gonzalo Sánchez de Losada, apoltronado cómodamente en la residencia presidencial, no daba descanso a su pulgar ni al control remoto, cambiando de televisora cada minuto, para poder observar desde todos los ángulos un reality show mucho mejor que los que acostumbraba ver en la televisión gringa. De tanto en tanto, atendía el teléfono para recibir informes directos de su mano derecha, quien, sólo por protocolo, comunicaba que iba a dar la orden de asaltar el regimiento del GES.

El ministro asintió con la cabeza y su gesto fue emulado por el comandante; inmediatamente, la balacera comenzó. Mientras tanto, el dueño de El Jailander escuchaba las noticias por la radio completamente solo, pues sus clientes ya estaban capitaneando las cuadrillas de saqueadores que atacaron las reparticiones públicas y alguno que otro comercio del centro citadino. En medio de uno de los saqueos, los maleantes miraban con desprecio a algunos que salían cargando papeles, pues seguro no comprendían cómo podían perder el tiempo con documentos, cuando había computadoras, teléfonos, máquinas de escribir, calculadoras, en fin, cosas de valor superior al de unos viejos y empolvados folios. Sin amilanarse por eso, estudiantes de la UMSA rescataban del fuego valiosos documentos históricos que yacían olvidados en el edificio de la Vicepresidencia.

Muchos murieron durante esa jornada, todos inocentes, pues los verdaderos responsables de la batalla estaban lejos del campo, protegidos y abrigados, preparando los discursos de circunstancia para justificar sus acciones y, una vez más, tratar de endilgarle la culpa a otros.

En El Jailander, todo era fiesta. El botín había resultado cuantioso, y lo más importante de todo era que no habría investigación policial, pues todo lo ocurrido durante el conflicto sería considerado convulsión social sin responsabilidades particulares. En esa cantina, el febrero no fue negro.

febrero 12, 2007

La comunidad de los brujos

Tiempo al tiempo tengo que esperar
es la idea y suele condenar
tu mirada vuelve a penetrar
mis pupilas lejanas
a ver si todo acaba aquí.
Los Pericos


Cuando doña Julieta sintió el cable alrededor de su cuello, percatándose de la maquiavélica farsa en la que había sido envuelta, sus peores temores cobraron forma, más todavía, cuando escuchó la quebrada voz de su agresora, quien sin separar las mandíbulas, fuertemente apretadas por la ira, casi balbuceando le gritaba roncamente al oído: “¿Te gustó meterte con mi marido, perra, te gustó?” Su martirio no duró más de un minuto, al cabo del cual su corazón dejó de latir y cayó desplomada al suelo, con el cable, ya aflojado, cubriendo el costoso collar de perlas que enseguida le fue arrancado. La asesina y su cómplice, que ya tenían todo preparado para la huída, luego de arreglarse mutuamente la ropa, salieron rápidamente del hotel rumbo a la terminal de buses, donde ya tenían reservados un par de pasajes que, más allá de servirles para emprender el viaje a esta ciudad, eran los salvoconductos para iniciar una nueva vida, no exenta del fraude, pero mucho menos peligrosa.

De niña nunca se caracterizó por ser muy habladora, es más, había muchas personas que tenían la firme creencia de que Matilde era muda, cosa alejada de la verdad, aunque las apariencias parecieran mostrar lo contrario. Ella era, simplemente, introvertida; en realidad, tremendamente introvertida, a tal extremo que se sentía incómoda e inhibida de pronunciar algunas palabras incluso en frente de sus parientes más cercanos. Y a pesar de que las cosas mejoraron en su adolescencia, muy pocos se podían preciar de haber entablado una conversación de más de tres frases con ella. Eso tal vez la hizo poseedora de un aura de misterio que, sumada a su natural belleza, traía locos a varios muchachitos del barrio, los cuales la buscaban a diario, casi por turnos, cosa que lejos de desagradar a sus padres, les parecía beneficioso para la timidez de su hija, pensando que de esa manera podría mejorar su carácter y aprovechar toda esa inteligencia que ellos le conocían. Muy arrepentidos han de haberse sentido cuando un buen día Matilde apareció con la noticia de su embarazo y, como ocurre en estos casos, los secretos a voces que circulaban por la vecindad recién llegaron a sus oídos, haciéndoles caer en cuenta de que su hija, si bien sabía tener la boca muy cerrada, no podía hacer lo mismo con las piernas. Tan grande fue la decepción, que expulsaron de su hogar a la mosquita muerta, más como una forma de escarmiento que con verdadera intención; pero ella, lejos de sentirse arrepentida o de pedir disculpas y la protección paternal, sin pronunciar palabra reunió unas cuantas prendas en un maletín y salió para siempre de esa casa.

El padre de su futuro bebé era un muchacho apenas mayor que ella, recién inscrito en la universidad, de muy buena familia, a la cual no le cayó nada bien que el primogénito haya unido su vida con la de una clase media, por lo que corrió la misma suerte de Matilde, siendo expulsado de su casa ignominiosamente. Así, Alfredo y Matilde, que nunca habían tenido ninguna preocupación monetaria, se vieron obligados a recurrir a distintos amigos para poder subsistir. Alfredo, que aparentaba más edad de la que tenía, no sólo contaba con un apellido ilustre, sino que también poseía una labia notable, cosa que le facilitó el conseguir empleo y comenzar a ejercer el rol de jefe de familia. Claro que un muchacho joven, muy bien parecido y con dinero propio en el bolsillo, no iba a estancar su juventud entre pañales, mucho menos habiendo tantas mujeres andando por las calles; y su caso no fue la excepción, pues Alfredo destinaba una buena parte de su salario a la empresa, a veces muy costosa, de conquistar señoritas, aunque, eso sí, el amor que le tenía a Matilde era innegable. Sin embargo, no era muy hábil para disimular sus deslices extra conyugales, por lo que su vida marital fue una interminable sucesión de peleas y reconciliaciones. Matilde, al parecer muy dada al masoquismo, jamás sintió disminuir el cariño que le tenía a su marido, a pesar de que el tinte rosa de su relación había desaparecido, de tal forma que cuando alguna infidelidad era descubierta, luego de hacer el debido berrinche y la obligatoria escena del suicidio, aceptaba las disculpas de Alfredo, que se prolongaban toda una noche entre sábanas y humedades, en algunas de las cuales, aturdidos por la pasión del momento reconciliatorio, olvidaron por completo la protección de látex, ampliando a cinco el número de miembros de su familia. Pero esa cifra, con el paso de los años, volvió a ser dos, porque sus hijos, que habían crecido en medio de escenas grotescas y vergonzosas, nunca mostraron signos de estar contentos en esa casa, y tal vez por eso, uno a uno la fueron abandonando, dejando completamente solos a sus progenitores. Curiosamente, lo que la llegada de los niños no pudo lograr, sí lo hizo su partida, pues desde que se sintieron solos, Matilde y Alfredo se unieron mucho más, dejando él sus aventuras pasajeras, y preocupándose ella por mejorar su apariencia y mantener la llama de la pasión ardiendo.

Tan feliz era su nueva situación, que ni siquiera se preocuparon porque Alfredo fuese despedido. Es más, aprovechando la indemnización de éste, hicieron un viaje por algunas ciudades del interior del país, lo que a la larga habría de cambiar el rumbo de sus vidas. El dinero se les acabó en una pequeña ciudad del sur, donde Alfredo tuvo que recurrir a su labia y galanteos para confundir a la dueña del hotel, quien aceptó por buenas unas joyas de escaso valor. Con artimañas parecidas sobrevivieron un par de meses más, y si bien en un principio los timos de Alfredo sirvieron para conseguirles alojamiento y comida, con la complicidad de Matilde –que por fuerza de décadas de convivencia había asimilado, casi por osmosis, gran parte de las habilidades lingüísticas de su esposo– éstos adquirieron mayores proporciones, asegurándoles ingresos con los que podían financiar las actividades que en su juventud no pudieron realizar. En ocho años recorrieron el país casi íntegramente, dejando a su paso cientos de víctimas que habían caído en las estafas del par de tórtolos.

Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir, así, ellos que nunca compraban el periódico, un día tuvieron a bien adquirir uno, probablemente para envolver alguna cosa frágil, pero el caso es que en él, Matilde leyó un reportaje que la impactó: trataba sobre una médium alemana que hacía contacto con los muertos y que era muy requerida por personas convencidas de sus dones, afanadas por comunicarse con los seres queridos que habían pasado a mejor vida. La idea no era mala, además de que era una forma de engañar mucho menos peligrosa que las que ellos ejercían. Claro que para poner en práctica tremenda artimaña, debían necesariamente instalarse definitivamente en un lugar, con todo el lujo en el que, según ellos pensaban, una mujer con tales habilidades debía trabajar. Eso implicaba mucho dinero, del cual no disponían, pero eso sí, conocían las mañas para conseguirlo. Con la ambición del nuevo negocio en la cabeza, no tenían la menor intención de seguir con pequeños trabajitos hasta conseguir la suma que requerían; necesitaban dar un gran golpe, uno que, sin correr mucho riesgo, les proporcionara todo el billete. Pensaron infructuosamente en un buen plan durante varios días y estaban a punto de darse por vencidos cuando una tarde, mientras intentaban robar algunas cosas de un supermercado, escucharon la conversación de un par de señoras situadas del otro lado del escaparate en el que ellos estaban: “Mirá a la Julieta. ¿Dónde? En la caja, está pagando. Ah. ¿Sabías lo que está haciendo esta vieja mañuda? No, ¿qué cosa? Su empleada le dijo a la mía que se había inscrito en una agencia matrimonial. ¿Esas que consiguen marido? Esas mismas, ¿te puedes imaginar? Pobrecita, debe estar desesperada. Sí pues, tantos años de viuderío la han debido afectar. Pero de todas formas creo que no está bien, con el apellido que carga, no debería arriesgarse a semejantes travesuras. Pero a esta vieja, con la plata que tiene, qué le importan las habladurías.” No escucharon más, cruzaron miradas y comprendieron que la misma idea había florecido en ellos. Salieron rápidamente detrás de doña Julieta y la observaron abordar un lujoso coche. Tomaron un taxi y la siguieron, averiguando dónde vivía; después regresaron a su alojamiento, eufóricos, habían encontrado su mina de oro, sólo restaba trazar el plan.

Doña Julieta García del Olmo había enviudado bastante joven, quedándose, a los veinticinco años, a cargo de dos niñas y una enorme empresa. Con su tiempo totalmente repartido entre la educación de las hijas y la administración de los negocios, jamás tuvo la posibilidad de pensar en ella misma y conseguir otra pareja, situación que cambió al darse cuenta de que, con sus hijas ya profesionales y casadas, a pesar de tener muchas relaciones, no contaba con amigos o amigas que pudiesen atenuar su soledad. Apenas había pasado del medio siglo de vida y consideró que aún no era tarde para satisfacer las inmensas ganas que tenía de sentirse amada. Completamente deshabituada a los ardides románticos, no encontró mejor manera de conocer a alguien que afiliarse a una agencia matrimonial, decisión que al parecer no fue muy acertada, pues apenas un par de viejos olvidados intentaron contactarla. Sin embargo, doña Julieta era optimista y esos primeros fracasos no la desalentaron. Y su optimismo habría de ser recompensado una mañana de primavera, cuando al finalizar su cotidiano paseo matutino por el parque aledaño a su casa, por una premeditada casualidad, se chocó con un caballero maduro, de muy buen porte y acento extranjero, intrépidamente galante al momento de disculparse. “Mil disculpas, bella dama, espero no haberla lastimado. No fue nada, no se preocupe. Claro que me preocupo, una flor tan delicada no debe exponerse nunca a tales torpezas.” Con el rostro sonrojado, doña Julieta sonreía a medias, tratando de disimular su turbación. Tras hábiles maniobras palabreras, el galán se dio modos para seguir conversando con la señora en una banca del parque. Rodeados por una brisa tibia y el trinado contrapunto que hacían los pájaros a la charla, doña Julieta quedó embelesada con Fernando Magrissi, el apuesto extranjero que el destino había colocado en su camino.

Matilde y Alfredo espiaron a doña Julieta durante una semana y averiguaron todo lo que pudieron sobre ella, tratando siempre de no llamar la atención con su curiosidad. Pensaron y repensaron el plan detenidamente; al parecer no entrañaba mayores riesgos, pero sí había un inconveniente: los celos de Matilde. Ya eran muchos los años que había dejado de sentirlos y no estaba muy convencida de poder soportarlos nuevamente. Si Alfredo conseguía enamorar a la vieja, lo más probable era que tendría que dejarla satisfecha en todos los sentidos; e imaginar a su marido encamado con ella le traía a la memoria las décadas de infidelidades, supuestamente perdonadas, pero muy vivas en el recuerdo. Discutieron arduamente sobre este punto y, al fin, siendo más fuerte la ambición que los temores femeninos, comenzaron a preparar la utilería necesaria para su gran golpe. Con sus habituales artimañas confundieron a un turista y se hicieron de su pasaporte. Tenían algún dinero que invirtieron en un par de buenos trajes para Alfredo, y lo que les sobró estaba destinado al ítem “gastos de conquista” y a alquilar un cuarto, sólo cuando fuera necesario, en un hotel de cuatro estrellas. Eligieron una mañana de lunes para dar comienzo al plan, el cual, en su primera fase, dio resultados alentadores.

La vida adquirió otro color para doña Julieta. Tan urgida como estaba, prontamente se enamoró de Fernando y no dudó, cosa que le sorprendió a ella misma, en pedirle que la llevara a su hotel, para disfrutar de una intimidad más cómoda. Fiel al dicho popular que señala que no hay que saborear el pan antes de que salga del horno, no comentó con nadie sobre su romance, queriendo, si es que todo resultaba como deseaba, dar la sorpresa con un suntuoso matrimonio. Pero sus planes se desmoronaron la tarde en que Fernando le comunicó que, muy a su pesar, tenía que abandonar el país, pues los negocios por los que había venido se habían frustrado por una artera maniobra de su socio, que lo había despojado de todo el capital que disponía, buena parte del cual había sido conseguido con un préstamo en su lugar de origen. “No hay nada que pueda hacer –le dijo, visiblemente compungido–, he quedado en la calle, pero soy hombre de honor, así que debo retornar a mi país para dar la cara a mis acreedores”. Julieta se emocionó ante la valentía y principios de su amado, y no estando dispuesta a abandonarlo en tan lamentable trance, le ofreció el dinero para saldar la deuda, todo con el fin de que Fernando pudiese regresar lo más pronto posible. “Mañana por la tarde llevaré el dinero a tu hotel –le dijo con voz entrecortada–. Tienes que apurar tu retorno, no sé cómo soportaré tantos días sin verte”.

Todo estaba arreglado, en unas cuantas horas, Matilde y Alfredo obtendrían el dinero para la financiación de su nuevo negocio. Por la mañana ordenaron sus cosas, salieron del alojamiento y fueron a dejarlas en el depósito de la terminal de buses. Alfredo, para mantener las apariencias, se quedó con una pequeña maleta y se dirigió a alquilar, una vez más, la habitación del hotel en el que horas más tarde habría de recibir a Julieta. Ésta llegó alrededor de las tres, con vestigios en el rostro de haber pasado una noche de llanto y desvelo, y se abrazó al cuello del infame, mirándolo con esos ojos cuyas pupilas, afectadas desde siempre por una fotosensibilidad extrema, usualmente estaban contraídas al máximo, transformándose en dos pequeños puntos inescrutables que, en ese instante, parecían vibrar como efecto de las lágrimas que la señora valientemente se resistía a soltar. Él trató de calmar los temores, preocupaciones y desconfianzas que ella le confesó, con una magistral actuación que logró su objetivo, quedando pactado su reencuentro en siete días. Se despidieron con un prolongado y salado beso, tras el cual, Julieta salió presurosa de la habitación dejando sobre la cama el paquete en el que estaban los veinte mil dólares que liberarían a Fernando de su deuda.

Matilde, que había estado esperando impacientemente en el lobby, respiró aliviada al ver salir raudamente del hotel la lastimera figura de Julieta. Casi corriendo subió hasta la habitación donde la esperaban su esposo y el dinero, estallando en júbilo al verificar que todo había salido de acuerdo a lo planeado, a pesar de los celos que le carcomieron el alma al notar las rojas huellas de los últimos besos de Julieta en los labios de Alfredo. Mientras tanto, oscilando entre la incertidumbre y la esperanza, entre el amor y el temor, Julieta regresaba al hotel para entregarle a Fernando la pequeña foto dedicada que quería que él tuviese en su billetera y que había olvidado entregarle minutos antes. Al ver la puerta entre abierta, entró sin tocar, sorprendiendo al par de timadores contando los billetes. “Quién es esta mujer –le dijo señalando a Matilde, que poco a poco se fue alejando hacia la puerta–, qué hace en tu cuarto. No es nadie –respondió Alfredo nerviosamente–, es la que limpia. Por qué hablas así, ya no tienes acento”. Las preguntas se sucedían una tras otra, mientras se percataba de una verdad que aún se resistía a creer, y los recursos verbales de Alfredo, por primera descubierto en sus jugarretas, no podían satisfacer la avalancha de interrogantes. Confundida y rabiosa por lo que sucedía, Matilde tomó el cable del televisor sigilosamente y, de la misma forma, avanzó hacia Julieta. Lo que siguió no duró mucho. Dos décadas de infidelidad e impotencia, de ira contenida, se purgaron en la garganta de la viuda, quien dio su último suspiro clavando sus diminutas pupilas en los ojos de Alfredo, paralizado y trémulo por la repentina reacción de su esposa.

No sé habló nada del asunto, lo que pasó tenía que pasar. Sin demora emprendieron la huída a esta ciudad, donde se mantuvieron ocultos un par de meses, manteniéndose al tanto de las investigaciones por medio de la prensa. Tal como pensaron, no había pistas sobre el o los asesinos, quedándose el caso, con el paso del tiempo, olvidado en los archivos policiales. Más calmados, y sin volver a mencionar siquiera una palabra sobre ese funesto episodio, Matilde y Alfredo comenzaron a instalar el negocio por el que habían corrido tanto riesgo. Empezaron consiguiendo unas oficinas amplias en un edificio del centro de la ciudad. El segundo paso consistía en decorarlas de acorde a lo que exigía la actividad que en ellas se llevaría a cabo. Después, debieron procurarse atuendos y maquillaje que sirvieran para personificar a la medium y, finalmente, se encargaron de publicitar los servicios de la espiritista en distintos medios de comunicación masiva. Así, al cabo de unos pocos días, comenzaron a llamar los primeros clientes. El truco era sencillo, no entrañaba ningún riesgo y lo que cobraban por cada sesión era bastante elevado, por lo que el negocio tenía todas para prosperar. Alfredo, que hacía de secretario y asistente de Madame Mattild, recibía las llamadas o visitas de clientes, e indicándoles que la espiritista no podía atenderlos durante esa semana por estar muy ocupada, les solicitaba dejar su nombre y teléfono para contactarlos cuando llegara su turno. Con ese par de datos, Alfredo tenía siete días para enterarse de varios aspectos de la vida de los clientes, tiempo que muy pocas ocasiones llegó a ser utilizado en su totalidad, pues la mayoría de las veces, en cosa de tres días y con la ayuda de las malas lenguas, que no siempre son mentirosas, conseguía informarse sobre detalles suficientes para convencer al cliente de que había pagado lo justo. Toda esta información era transmitida a Madame Mattild, quien disponía de un par de horas para memorizarlas antes de recibir al cliente, aunque sería más propio llamarlo víctima. De esa forma, el eventual cliente era contactado y se le indicaba el día y hora que debía asistir a su cita con la madame. La sala en la que era recibido por Alfredo era de un blanco inmaculado, tanto, que hasta parecía sala de hospital, sólo que mucho más pulcra; a esto, se añadía una iluminación excesiva, lo que provocaba cierta molestia en la vista, pero conseguía el efecto de dejar atolondrado al cliente cuando pasaba a la sala contigua, prácticamente oscura, donde una delgada vela, con su tenue llama, apenas dejaba distinguir las maquilladas facciones de Matilde, ataviada enteramente de negro, con collares de piedras opacas y una pañoleta enroscada en su cabeza, como una especie de turbante. El cliente entregaba la obligatoria prenda íntima, mechón de cabello o fotografía del ser querido que deseaba contactar, a Alfredo, quien la ubicaba sobre la mesa de Madame Mattild, al tiempo que un pequeño reflector proyectaba un haz de luz sobre el objeto. Las dotes histriónicas de Matilde sorprendieron a su mismo esposo, pues ésta, luego de balbucear un par de minutos ciertos cánticos extraños, probablemente inventados ese mismo instante, se sacudía frenéticamente en medio de gritos desgarradores que hacían estremecer al cliente, quien, en muchos casos, caía desmayado ante tal visión. Supuestamente en trance, Matilde cambiaba la voz de acuerdo al cliente, y comenzaba a hablarle asumiendo la personalidad del ser querido. “¿Están bien nuestros hijos? ¿Ya se casó Vania?”; o “Sé que estás saliendo con otra mujer, se llama Fátima, ella no te quiere, tiene un amante”; o “Nuestro hijo está metido en drogas, debes alejarlo de su amigo Orlando”. El cliente se iba convencido de los dones de la mujer, además de que en la mayoría de los casos salía turbado, preocupado, rabioso o triste por la información que recibía. Al percatarse de tal situación, el par de timadores consideraron lucrativo el ofrecer servicios adicionales, como limpias, fumadas curadoras, deshacer maleficios o amarres amorosos. Con esa intención, más pensando en mantener el negocio como un secreto familiar que perdonando la ingratitud, convocaron a sus hijos, y dándoles unas lecciones aceleradas sobre el oficio, los transformaron en brujos, como toda la gente los llamaba, consiguiendo ampliar el negocio con sucursales tan lucrativas como la casa matriz.

Así, cuando un cliente llegaba, Matilde, con toda la actuación de por medio y luego de dar la información recogida por Alfredo, agregaba, de acuerdo a cada caso, la recomendación de visitar a otro especialista. “Me siento feliz porque nuestros hijos ya están en la universidad –decía en medio del fingido trance–, pero me preocupa cierta gente envidiosa que quiere hacerte daño”. Y ya desposeída del espíritu, le aconsejaba a la clienta: “Señora, su esposo no tiene paz por las preocupaciones que lo agobian. Yo le recomendaría visitar al Chamán de la Selva –que era su hijo mayor– para que le haga una limpia”. De esa manera, el negocio prosperó rápidamente y a las tres sucursales se añadieron tres más, cada una a cargo de los cónyuges de sus hijos. Tras cinco años de fructífera labor, habían logrado desplazar a otros brujos que trabajaban independientemente, consolidándose como monopolio esotérico; e incluso los nietos, que ya eran jóvenes, estaban aprendiendo las artes del más allá para incorporarse a la empresa familiar. Con ese viento a favor, en la oficina, consultorio, o como quiera llamársele, de Madame Mattild, una tarde recibieron la visita de una señora, relativamente joven y con la apariencia de ser adinerada, que solicitaba con urgencia los servicios de Matilde. Alfredo le indicó, como era menester, que ella estaba ocupada, pero que dejara su nombre y teléfono para contactarla en el transcurso de la semana. “Me es imposible –respondió afligida–, yo no soy de esta ciudad y me voy esta misma noche. Puedo pagarles el triple de su tarifa, pero necesito ver a la espiritista ahora”. La triple paga estimuló el ambicioso carácter de Alfredo, advirtiéndole a la señora que si la médium no podía hacer contacto con el más allá en esos momentos, no le sería devuelto su dinero. Ella aceptó sin protestar y canceló la suma prometida. Alfredo entró a la sala de Matilde y le comunicó el caso: “Sólo dile que su ser querido la ve muy mal de amores y luego le aconsejas visitar a Cleopatra para que le haga unas fumadas”; acto seguido comenzó todo el show. La señora entregó a Alfredo un mechón de cabellos que habían pertenecido a su madre; éste con el rigor que acostumbraba, lo depositó en la mesa donde fue atacado por el haz de luz. A los balbuceos de Matilde siguieron las consabidas convulsiones y gritos, sólo que está vez parecían bastante exagerados. “Esta Matilde está sobre actuando –pensó Alfredo–, no es necesario que haga tanto escándalo”. La madame no cesaba de retorcerse en su silla, con tanto ímpetu que cayó al suelo, acudiendo su esposo a socorrerla; pero antes de que éste pudiese tenderle la mano, ella se levantó con insólita agilidad, abalanzándose sobre él a tiempo de tomar su cuello con ambas manos, demostrando una fortaleza sobrenatural contra la que ningún mortal hubiese podido hacer algo, y mucho menos Alfredo, que se encontraba paralizado por el horror que le causó reconocer, en los ojos de su esposa, las diminutas pupilas de Julieta. La hija de ésta, cuyo miedo ante el proceso del trance se había transformado en terror al observar el crimen, salió corriendo de ese lugar embrujado, no sólo por el pánico de lo vivido, sino por el pavor que tenía de ver su buen apellido inmiscuido en asuntos policiales.

El entierro de Alfredo no fue pomposo, aunque el velorio duró tres días, y fue tan largo por la tremenda dificultad que implicó conseguir algún sacerdote que quisiera hacerse cargo de suministrar la extremaunción a semejante hereje. Matilde terminó sus días confinada en la fría celda para reas peligrosas que le fue asignada después de un breve juicio que sirvió también para esclarecer la muerte de doña Julieta. Sobra decir que sus hijos jamás visitaron el cementerio ni la cárcel, y aunque hubiesen tenido las ganas de hacerlo, no podían malgastar el tiempo, pues el negocio familiar demandaba toda su atención, sobre todo después de la sensacionalista publicidad que acarreó el caso de la “asesina del más allá” –tal como lo denominaron algunos diarios amarillistas–, multiplicando sus clientes en tal medida, que al cabo de unos cuantos años expandieron sus tentáculos hacia otras ciudades, involucrando a cuñados, sobrinos, nueras, yernos e incluso uno que otro ahijado, con vocación o sin ella, haciendo crecer el negocio hasta convertirlo en una enorme comunidad de brujos.

Encuesta literaria


Ricardo Bajo, ex director del suplemento Fondo Negro y actual director del Semanario La Época, está realizando una encuesta literaria. Para mayores detalles, transcribo el mail que me envió:

“jefe, te quiero pedir un favor, estoy haciendo una encuesta nacional e internacional, es decir cuates, escritores, periodistas, críticos... para buscar a través de una votación, lo más masiva posible, LOS DIEZ MEJORES INICIOS DE LA PROSA BOLIVIANA.

Se han hecho encuestas sobre el mejor poema, el mejor poeta, la mejor novela, pero no EL MEJOR COMIENZO DE UN RELATO EN LA LITERATURA BOLIVIANA. Como relato se entiende cuento, novela, ensayo, es decir prosa. Y se entiende inicio como un párrafo, tres, cuatro cinco frases iniciales, lo que se entiende comúnmente como un inicio de un relato.

Es un favor que requiere tiempo, lo sé, es decir irse cada uno a su biblioteca particular hojear libros, recordar, charlar con cuates, así que tómate tu tiempo y respóndeme cuando lo tengas, oki???

Ah y si me puedes ayudar a amplificar la encuesta en tu blog y en la comunidad bloguera, MEJOR QUE MEJOR. Los resultados de la encuesta "LOS DIEZ MEJORES INICIOS DE LA PROSA BOLIVIANA" se publicarán en el suplemento de cultura LA ERA del semanario LA ÉPOCA. Y el e-mail donde mandar las votaciones es el mío: jericoara@yahoo.com.”


Bueno, entonces, a hojear libros y buscar los mejores inicios de la prosa boliviana. Por mi parte, ya tengo seleccionado unito, y es de la novela “La tumba infecunda”, de René Bascopé:

"Si al doblar el último recodo del callejón que lo conducía a su cuarto no hubiera tropezado con un perro muerto, negro, pequeño, cubierto con un nylon sucio del que sobresalían las patas traseras y el hocico, y si las moscas, al espantarse del cuerpo yacente, no hubieran producido un gemido nítido, parecido a un suspiro, ese jueves habría sido uno de los días más gloriosos y rotundos en la vida del mayor Constantino Belmonte."