octubre 10, 2007

Feliz cumpleaños, Democracia


Presionar sobre la imagen para ver todas las fotos en mayor tamaño. Las fotografías son parte del libro "25 años de Democracia", coordinado por Patricio Crooker y editado por la CNE.

Muchos historiadores se han encargado de enlodar la imagen del Dr. Hernán Siles Suazo, aduciendo que su gobierno llevó al país al borde del colapso, generando una hiperinflación y una crisis de gobernabilidad insostenibles, entre otras cosas. Veinticinco años después, creo que podemos apreciar la historia desde una perspectiva menos apasionada y condicionada por las malas experiencias de la coyuntura de principios de los ochentas.

Luego de un largo periodo de dictaduras militares, con esporádicos y muy breves gobiernos civiles, la transición hacia la democracia representaba un difícil reto para la sociedad en su conjunto y, especialmente, para quienes fueran a hacerse cargo de conducir el país en esa nueva etapa.

Las clases populares demandaban cambios urgentes y, luego de haber resistido y luchado durante mucho tiempo, no estaban dispuestas a aceptar medidas que afectaran sus intereses y aspiraciones. En ese contexto, conocido muy bien por los actores políticos de entonces, era presumible que el primer gobernante de la era democrática enfrentaría serios obstáculos y problemas; para intentar resolverlos no podría aplicar ningún tipo de medida que tuviese la mínima relación con las empleadas por los gobiernos dictatoriales. Entonces, se apostó por alguien que tuviera una destacada trayectoria como líder y, al mismo tiempo, la aceptación de los sectores populares, con la esperanza de que eso pudiera facilitar los diálogos y concertaciones para sacar a Bolivia adelante.

El Dr. Siles, conociendo la situación y sus riesgos, bien pudo haberse negado a asumir la presidencia, pero también sabía que intentar realizar un nuevo proceso electoral habría generado un espacio de incertidumbre y temores, lo cual podía ser empleado por algunos militares para pretender hacerse nuevamente con el poder. En síntesis, Bolivia lo necesitaba, la democracia dependía de su desprendimiento y valentía, y él, una vez más, decidió servir a su patria.

El 10 de octubre de 1982, por última vez un militar, el Gral. Guido Vildoso, salió del Palacio de Gobierno como Presidente de la República, caminando algunos pasos hasta el Palacio Legislativo, donde transmitió el mando al Dr. Siles Suazo.

Lo que pasó después lo conocemos de sobra; pero esos tres años de democracia, con todos sus problemas, eran necesarios para que Bolivia entera pudiese aceptar medidas de choque que estabilizaran la economía y nos hicieran ver que el mundo había cambiado.

Nuestra democracia tiene muchas falencias, sobre todo porque nosotros, en especial los líderes políticos y sociales, no sabemos ejercerla de manera adecuada. Sin embargo, quienes han sufrido en carne propia el horror de los regímenes dictatoriales, quienes tienen parientes o amigos desaparecidos o, simplemente, quienes aprecian el valor de la libertad, saben muy bien que la peor de las democracias es preferible a la mejor de las dictaduras.

Muchos bolivianos y bolivianas, como Hernán Siles Suazo, lucharon por legarnos un país donde podamos expresarnos libremente, sin tener que “caminar con el testamento bajo el brazo” por opinar en contra del orden establecido. A todos ellos, mi reconocimiento, homenaje y gratitud por estos 25 años de democracia.

octubre 06, 2007

Para salvar la Constituyente

Muchas personas ya se han pronunciado: “la Constituyente está muriendo”. Y parece ser que los culpables del estado agónico de tan magno evento somos los paceños y también los chuquisaqueños, pues nos estamos peleando por la cuestión de los poderes, de manera egoísta, sin considerar que nuestras pataletas están afectando el interés del país en su conjunto.

En vista de tan grave situación, Oscar Martínez –en representación de la ACMVFBA (Asociación de Cholos de Miraflores, Villa Fátima y Barrios Adyacentes)–, Gera Bolaños –en representación de la ACSZC (Asociación de Cholos Sopocacheños y de la Zona Central)–, Alexis Argüello –en representación de la ACAMO (Asociación de Cholos Alteños y Mártires de Octubre)– y mi persona –en representación de la ACSNJ (Asociación de Cholos Sureños No Jailones)–, junto con representantes de base de nuestras respectivas instituciones, nos hemos reunido para discutir ampliamente sobre tan delicado tema y, finalmente, hemos resuelto lo siguiente:

Considerando,

1. que el País demanda una solución urgente para el entuerto planteado por las aspiraciones chuquisaqueñas y paceñas;
2. que el problema radica en el traslado de Poderes,
3. que los hermanos chuquisaqueños han demostrado gran espíritu conciliador, aceptando un traslado parcial de Poderes;

Resolvemos:

1. Trasladar la mitad del Gran Poder a la digna ciudad de Sucre.
2. Enviar a los principales coreógrafos de los Intocables y los Fanáticos para que capaciten a danzarines sucrenses en la noble danza de la Morenada.
3. Mandar a 25 músicos de la Banda Illimani a la ciudad de Sucre, para que ofrezcan una serenata y una serie de talleres a los trompetistas, platilleros, tamboreros y bomberos interesados en cultivar las melodías propias del Gran Poder.

Esta resolución ha sido producto de un largo debate entre los cholos antes mencionados, entre los cuales, como no podía ser de otra manera, habían algunos bolivaristas atrevidos, quienes tuvieron el poco tino de sugerir el traslado del Poderoso Tigre, propuesta que casi ocasiona la clausura de la reunión y una pelea callejera campal. Sin embargo, dado que todos acudimos con un enorme ánimo conciliador y pacifista, pudimos continuar con la discusión hasta llegar, por consenso, a la resolución ya citada.

Además, el compañero Vadik Barrón, a nombre de los blogueros urbandinos, ha sugerido que de no ser tomada en cuenta nuestra propuesta, se instruya el blogueo general de caminos, como medida de presión.

Es todo cuanto puedo informar –o mejor dicho, recordar– de lo discutido y acordado en la Cumbre de Cholos Urbandinos.

octubre 01, 2007

Rumbo al Chaco

Una pequeña loma debía ser sorteada por el cortejo fúnebre para llegar al cementerio de la población. En sus puertas de hierro, Benito esperaba con su uniforme limpio, exhibiendo en el pecho un par de medallas adornadas con la tricolor nacional. Antes de poder ver algo, escuchó la lenta cadencia de un bolero de caballería. Poco a poco, el sonido se hizo más nítido y, antes sus ojos, aparecieron pequeñas cabezas coronando la polvorienta loma. Como si brotaran de la tierra, las cabezas se fueron prolongando en cuerpos, todos negros, marchando al compás de la banda. Benito se cuadró ni bien vio surgir en la loma el rojo, amarillo y verde de la enseña patria. Un pequeño muchacho, luciendo un guardapolvo amarillento, envuelto con una tricolor de abanderado, portaba el mástil en el que flameaba el colorido rectángulo que contrastaba notoriamente con el horizonte gris, mientras volaba sobre los negros dolientes.

El cortejo traspasó la loma con pasos desiguales, contrapunto de pisadas compitiendo con el desgastado cuero torturado por el grueso brazo del que marcaba el ritmo en la banda. La columna humana se hizo más visible para Benito. No eran más de setenta personas. Lentamente avanzaron hacia él, o mejor dicho, hacia el cementerio, hasta que alcanzaron sus pesadas puertas. Un par de jóvenes tuvieron que emplear mucha energía para abrirlas y así permitir el paso de la procesión. Traspusieron las puertas, pasando al lado de Benito, apretando la columna para poder penetrar al campo santo. Benito pudo escuchar los suaves sollozos, casi fingidos, gemidos melancólicos más cercanos a la memoria que al dolor, que emitían las mujeres detrás de los velos oscuros. Sobre cuatro hombros, pasó el ataúd, meciéndose al compás del bolero de caballería, como flotando en un pentagrama fúnebre, negra corchea que marcaba el final de una melodía de ochenta años.

Al final del cortejo, estaba todo un batallón, perfecta escuadra que marcaba el izquier-dos-tres-cuatro siguiendo el lento andar del comandante. Éste se detuvo y retumbó en la altiplanicie el zapateo del batallón en posición de firmes. Benito se llevó la mano derecha a la sien, gesto que fue retribuido de manera igual por el comandante, e inmediatamente se pusieron lado a lado para ingresar al cementerio. El batallón permaneció afuera.

La banda no cesaba el lloriqueo de bronces, mientras cuatro hombres, ayudados por un par de cuerdas, hacían descender el féretro en la tierra horadada. Los sollozos de las mujeres se convirtieron en agónicos gritos cuando la tierra comenzó a ocupar el sitio del cual había sido sacada. Una corneta acompañó el sepelio con la melodía típica del adiós final. El Jilakata pronunció un largo discurso, alabando las virtudes del difunto, pero también recordando sus deslices, terminando con la promesa, en nombre de la comunidad, de cooperar a la viuda con la próxima cosecha.

Benito se acercó a su esposa, puso sus callosas manos sobre los hombros de la anciana, y así se quedó, sintiendo las ligeras convulsiones de ese cuerpo frágil, ataviado de negro, que había recibido su semilla nueve veces, de las cuales sólo seis llegaron a germinar. El comandante le dio un par de toquecitos en la espalda, señal de la partida, y Benito hizo un movimiento que pareció delatar el intento de un beso, pero su pudor militar, además de la falta de costumbre, detuvieron ese gesto de cariño ni siquiera pensado en vida.

Siguió a su comandante y, antes de transponer el umbral, volvió a mirar a su esposa, le hizo el saludo militar y partió al encuentro del batallón que esperaba con paciencia milenaria en los márgenes del camposanto.

-Cabo Chambi, es hora de que se incorpore al batallón séptimo de infantería –dijo el comandante, con autoridad marcial.
-Su orden, mi comandante –respondió Benito, con igual firmeza.
-El cabo Colque y usted me ayudarán a conducir este batallón.
-Perdón, mi comandante, ¿adónde vamos a ir?
-Eso es algo que no se sabe ni en vida, pero por el momento, partiremos rumbo al Chaco.

septiembre 27, 2007

Recordando a Monterroso

El beso de rana

Copán estaba llena de gente y no era para menos, pues por la inminencia de un fenómeno astronómico, a las usuales ofrendas de posol –bebida de maíz fermentado– y los tradicionales cánticos que atraían a los chacs –espíritus que favorecían y protegían los maizales–, iba a ser añadido un rito especial: el sacrificio de un ser humano.

Ahbayal y Kaxenoc habían recibido, pocos días antes, la orden de los jefes mayas para salir a buscar la persona cuya sangre serviría de ofrenda a los chacs. Estos espíritus necesitarían de ella para nutrirse y fortalecerse, porque ellos tendrían que dar la energía que el sol habría de negar a los cultivos, ya que no faltaba mucho, de acuerdo a los cálculos de los sacerdotes, para que el astro rey dejase de dar luz. Y aunque el fenómeno duraría poco, el maíz, base de su economía, no podía ser descuidado.

Ahbayal y Kaxenoc se sintieron honrados y afortunados por la nominación de la cual habían sido objeto, ya que sabían que les redituaría generosos obsequios y una parte de la cosecha mayor a la que habitualmente recibían, además del prestigio de contar con un lugar de honor en la ceremonia de sacrificio.

Ambos guerreros emprendieron camino hacia el norte y luego de siete horas de marcha, divisaron a un cazador tolteca. Debidamente escondidos, planearon la forma de capturarlo vivo, momento en el cual, Kaxenoc le contó a su compañero un secreto que había estado guardando con celo por dos años. Casualmente Kaxenoc había descubierto que la saliva de ciertos batracios producía el adormecimiento de la parte del cuerpo en la que fuera vertida, y que por medio de dardos ésta podía ser introducida en el cuerpo de un animal, quedando éste inconsciente por unas horas. Procedieron entonces a untar pequeños dardos con la saliva del batracio que Kaxenoc había llevado consigo y disponiéndose a manera de emboscada, soplaron las cerbatanas al mismo tiempo, llegando a impactar en el tolteca el dardo que los pulmones de Ahbayal habían impulsado. El retorno les demoró tres hora más por el peso extra que debieron cargar, pero bien valió el esfuerzo, porque fueron recibidos como héroes por los pobladores.

Tres días después, en la atiborrada Copán, el tolteca –que había seguido recibiendo pequeñas dosis del casi inofensivo veneno, posteriormente nombrado “beso de rana”– era amarrado en el altar de sacrificio. Habrían de pasar un par de horas más para que el tolteca recobrara el juicio, hallándose inmovilizado por las ataduras y denotando su rostro la gran confusión en la que se encontraba sumida su mente, expresión que fue cambiando a espanto cuando se dio cuenta del porqué de su apresamiento. Aterrorizado, gritaba en nahua, su lengua originaria, frases incomprensibles para los mayas, pero que muy probablemente eran suplicas de clemencia.

Haciendo oídos sordos a los balbuceos del tolteca, todo estaba dispuesto: los sacerdotes recitaban aletargadamente oraciones reservadas sólo a ellos; los jefes, de pie y con vestimenta de fiesta, hacían guardia alrededor del cuchillo que habría de servir para perforar el pecho del que oficiaría de ofrenda. Por su parte, Ahbayal y Kaxenoc, habían sido acomodados a la derecha del altar y lucían los nuevos atuendos con que el sacerdote mayor los había obsequiado por su magnífica y rápida faena.

Kaxenoc, especialmente, tenía motivos para sentirse orgulloso, pues su descubrimiento había posibilitado una captura sin derramamiento de sangre, la cual, obviamente, no podía ser desperdiciada. Pero en su humilde mente no cruzaba la idea de que su método de captura dejaría de ser secreto y se convertiría en la norma cuando de capturar ofrendas se tratara. Y ni siquiera se salvarían de la saliva anestésica los españoles, que llegarían a la posteriormente nombrada América, con mayor desarrollo científico, pero neófitos en las innumerables artimañas selváticas. Tal sería el caso de fray Bartolomé Arrazola, quien respondiendo a la confianza que Carlos V tenía en su labor evangelizadora, emprendería viaje a los territorios mayas, con tan mala fortuna que un buen día, hallándose perdido en la selva, sería alcanzado por un dardo, anónima herencia de Kaxenoc, y, al igual que el tolteca que estaba a punto de ser sacrificado, recibiría un certero tajo en el pecho, dejando que su sangre sirva de nutriente a los chacs, que una vez más, debido a un eclipse, deberían fortalecerse para proteger los cultivos.

septiembre 21, 2007

Picardía urbandina



La semana pasada, un urbandino dedos de seda se apropió de mi billetera. No tenía plata y la billetera era ordinaria, por lo que el carterista ha debido quedar bastante frustrado. Al principio, me causó gracia imaginar al ladronzuelo revisando la billetera una y otra vez hasta convencerse de que en ella sólo había un carnet; sin embargo, recién entonces me di cuenta de que me había quedado indocumentado y que, si bien no perdí dinero, tendría que emprender el moroso trámite de renovar mi cédula de identidad.

Hoy me llamó mi prima para pedirme que mañana le hiciera el favor de llevar a su hijo al pediatra, y como la idea no me pareció atractiva, le dije que no podría hacerlo porque iba a tener una reunión de trabajo. Feliz por haberme zafado de ese favorcito, me armé de valor y me dirigí, bastante temprano, a las dependencias de Identificación para realizar el trámite con que se obtiene esa cartulinita plastificada que certifica que existo. Debo admitir que me sorprendí bastante, pues ahora el proceso es más ágil debido a que la Policía Nacional, por fin, decidió modernizarse y jubilar las bulliciosas máquinas de escribir, reemplazándolas por modernas computadoras equipadas con cámaras digitales.

Al darme cuenta que, a pesar de las largas filas, el trámite se estaba realizando con celeridad, calculé que en media hora podría irme a comer tucumanas. Todo marchaba sobre ruedas hasta que me tocó cancelar los 17 pesos que cuesta la cédula; sólo había un cajero, cosa que no habría sido mayor problema, de no mediar una nueva y noble norma: las mujeres con bebés en brazos o aguayos deben ser atendidas con extrema preferencia, de tal modo que cuando el cajero o el oficial que lo custodia notan que alguna dama carga a su retoño, inmediatamente le hacen avanzar hasta el primer puesto de la fila.

Mientras hacía cola, una joven señora, cargando un regordete bebé en brazos, se formó detrás de mí. El niñito resultó ser un coqueto urbandino, pues apenas le dirigí la mirada, esbozó una pícara sonrisa y movió sus manecitas. Obviamente, se ganó mi simpatía de inmediato y comenzamos a comunicarnos mediante gestos faciales. Al poco rato, cuando nuestro diálogo ya era fluido, el oficial de la caja llamó a su madre para que avanzara hasta la ventanilla; no me quedó más que despedirme del pequeñín, apretándole con suavidad el cachete en el que ostentaba un lunar de regular tamaño.

No creo que hayan pasado más de tres minutos, cuando me pareció ver a mi amiguito lunarejo pasando por mi lado, rumbo a la ventanilla, cargado por una señora que fácilmente podría haber sido su bisabuela. “Todas las wawas son iguales”, pensé, desechando mi susceptibilidad. Y me obligué a pensar lo mismo once veces más, pues sólo así podía controlar la rabia que, después de veinticinco minutos de hacer fila, iba creciendo contra la “noble” medida que favorecía a las señoras con neonatos cargados.

Mi paciencia se vio rebasada cuando, al escuchar una risita familiar, me di la vuelta y miré al señor que estaba después de mí sosteniendo al crío del que, media hora antes, yo me había despedido con un cariñoso pellizco. Todos mis esfuerzos por contenerme se fueron al diablo cuando el oficial gritó: “El señor con la wawita, que pase adelante”. “Este no es su hijo”, grité con indignación. “Yaaaaa, qué te pasa, che, estás ofendiendo la honra de mi mujer”, me respondió el muy cínico, y antes de que yo pudiera contra argumentar, el oficial se acercó para decirme, con tono intimidador: “Joven, mejor tranquilícese, si no, voy a sacarlo de la fila”. Colorado de rabia, tuve que quedarme callado mientras el crío pasaba por mi lado sonriendo burlonamente, y apenas pude evitar la tentación de reventarle su horrible y descomunal lunar con un pellizcón de madrastra.

Luego de contar hasta cien para calmarme, me puse a observar bien cuál era la movida. Entonces, después de observar cuidadosamente durante veinte minutos, calculé que en ese recinto sólo había tres bebés, los cuales eran utilizados por distintas personas para poder acceder al beneficio de la nueva norma. Lógicamente, el oficial y el cajero estaban en combinación con las tres madres que cedían a sus infantes por un módico precio, lo cual implicaba que ningún reclamo sería escuchado.

Comprenderán que después de estar una hora en esa fila, ya veía a todo con cara de tucumana, razón por la cual decidí no perder más tiempo y me conseguí un “hijo”. Como ya éramos amigos, entablé el negocio con la madre del lunarejo: “¿Cuánto está la wawa?”. “Diez pesitos, joven; doce con aguayo”. Así, con el crío en brazos, el oficial me hizo saltar la fila y pude, finalmente, cancelar los 17 pesos.

Cuando devolví al bebé, el muy marica estaba chillando como sirena de ambulancia. “¿Qué ha pasado, qué le ha hecho a mi wawa?, me preguntó su madre. “Nada, doñita, se ha asustado porque aquel caballero le ha hecho gestos”, respondí y me alejé rápidamente, antes de que ella se diera cuenta de la hinchazón en el cachete de su hijo.

Mañana, a las 08:30 iré a recoger mi nuevo carnet de identidad. Por eso, llamé a mi prima y le dije que había cancelado mi reunión para poder llevar a mi sobrinito al pediatra. La cita con el médico es a las 11:30, por lo que calculo que, durante tres horas, podré ganar unos 200 pesos para las chelas de la noche.