septiembre 13, 2006

El cholómetro... ¡yaaaaaaaa!


En una de esas cadenas que, por desgracia, invaden mi correo electrónico todos los días, me llegó “el cholometro”. Esta herramienta fue inventada por algún anónimo estudioso de las conductas humanas, seguramente con mucho tiempo libre como para imaginar 65 preguntas idiotas destinadas a medir cuánto de cholo hay en cada uno. Obviamente, desde un principio, “cholo” adquiere una connotación peyorativa.

Si bien, debo reconocerlo, algunas preguntas son bastante humorísticas, hay otras que llevan la discriminación a un nivel que no me imaginaba posible. Por ejemplo, “¿Su mejor amiga/o se llama Steeven o Genesis?” O sea, ¿para no ser considerado cholo debo cortar la amistad con cualquiera que se llame así? Que se vaya a la...

Me imagino con cuánto deleite ciertos individuos que conozco, segurísimos de su sangre azul, deben realizar el test(¿?) respondiendo NO a todas las preguntas; ergo, mintiendo(se). De hecho, jamás me hicieron caso cuando les recomendé que sacudieran su árbol genealógico y contaran cuántos borsalinos caían de sus ramas.

Qué manía la de asociar lo cholo con lo vulgar o lo estúpido (ej. “¿Se suena la nariz en la ducha?”; “¿Ud. es de los que infla condones en los conciertos?”). Basta, ¿no? Ya va siendo tiempo que dejemos de imaginarnos gringos y asumamos nuestro cholaje con orgullo, porque lo cholo no tiene nada que ver con las preguntillas esas. Es más, incluso lo cholo ya es un concepto cultural y estético, amén de lo que representa como parámetro de identidad.

Ya ni hablemos de la cantidad de estudios que se han realizado al respecto; lo cholo, duélale a quien le duela, es nomás nuestra forma de ser. Con ojos cholos miramos el mundo, con oídos cholos lo escuchamos. Tan cholo es San Miguel como el Rodríguez, pues nuestro hueco, profundo, jodido, bello, abigarrado, barroco, también conocido como La Paz, está habitado por, pésele a quien le pese, un millón, pocos más pocos menos, de cholos urbandinos.

Mariaca dice en uno de sus textos: “Porque así hemos construido nuestra ciudad: sobre los restos de batallas, sobre los cadáveres de nuestros hermanos, sobre los llantos de nuestros amantes. Construyendo la iglesia de San Francisco para seguir pactando treguas, llorando los boleros de caballería para poder enterrarlos, informalizando el pan para seguir ajtapiando con nuestros muertos de cada día. Y sobre los restos de esas batallas estamos bailando la diablada para seguir sobreviviendo. Porque somos paceños, sobrevivientes de la más terrible guerra de todas; paceños que nos inventamos cada día para no acostumbrarnos a la miseria; los auténticos inmortales cholos paceños.”

Pero claro, no se trata de glorificar lo cholo; en todas partes se cuecen habas. No todo lo cholo es bueno (lo cual no justifica el “cholómetro”), tiene también sus cositas... Sin embargo, con lo bueno y lo malo, igualito tenemos que cantar, con potentes y desafinadas voces de guitarreada paceña, esa cuequita que dice: “cholo, cholo he nacido, cholito voy a morir.” Cholos todos, sí; pero convengamos en hacer una distinción, parafraseando a Mariaca. Los cholos, seres urbandinos, inventores del caporal y la marraqueta, se subdividen en varios especies que, por cuestión taxonómica, pueden resumirse en dos grandes grupos: los cholos de mierda y los cholos ilustrados.

Que cada quién defina a cuál bando pertenece.

septiembre 11, 2006

Solamente muero los domingos...

Armando Palomas comienza su canción "El charro atravancao" con: "Los sábados, sin ti, parecen lunes".

Violetta, protagonista de "Diablo Guardián", dice que "enero es como un lunes largo".

Sui Generis termina "Lunes otra vez" entonando: "lunes es el día triste y gris de soledad".

Mi abuela, con su particular sentido gramatical y sintáctico, decía: "Como quiera que fuese que sea, no hay peor día que el bendito lunes".

Y claro, todas esas aluciones negativas respecto al primer día laboral de la semana encuentran prueba irrefutable en las ojeras de los funcionarios públicos, el mal humor de los estudiantes, la falta de fútbol, la lejanía del viernes...

Sin embargo, a pesar de tanta prueba, no entiendo el porqué de tanta animadversión contra el lunes. Será quizás porque el día que más odio es el domingo; y no sólo por traumas infantiles relacionados con la sagrada misa, sino porque, patológicamente, todos los domingos, sin excepción (y si la hubiera, confirmaría la regla), la depresión viene a visitarme. Qué digo a visitarme, ¡a joderme! A enredarme en pensamientos masoquistas, a negarme como ser, a evidenciar mis temores, a denunciar mi soledad, a denigrar mi escritura, a pulverizar mi autoestima e, irónicamente, a recordarme que estoy vivo y en esta realidad.

Por tanto, el lunes representa para mí la salvación, la luz al final del tunel (qué cursi). Amo el lunes, casi tanto como el viernes, poco más que el sábado, porque, en resumidas cuentas, tal como canta Sui, paradójicamente, "solamente muero los domingos, y los lunes ya me siento bien".

septiembre 09, 2006

De ideologías y mercadeo

El Ché. Veo a tanta gente con el rostro del guerrillero en el pecho y me pregunto, ¿sabrán siquiera que se llamaba Ernesto?
Claro, los párvulos se proclaman guevaristas, le añaden el toque "transgresor" a su fatua existencia. "El Ché era un pendejo", balbucean, mientras se atragantan una burger king, "él murió por sus ideales". Obviamente, ninguno de los guevaristas trasnochados desliza en la charla cuáles eran esos ideales, pero sí comentan el precio de la polera, de la manilla o de la billetera, adornadas revolucionariamente con su mítica cara.
Y en la U también sirve de ornamento. ¿De qué más puede servir ahí? Su mirada traspasa los barrotes; ¿para qué mirar la mediocridad que está adentro?
Carajo, desde que el Ché se volvió polera, me jodió el negocio de los crucifijos.

septiembre 04, 2006

Del Illimani, ahicitos

Habitamos una ciudad bulímica, que vomita febreros y octubres, para volvérselos a tragar, de tan hambrienta. Sí, pero también habitamos una ciudad mágica, cuenca de cíclope tuerto, construida con ingenio y, sobre todo, con imaginación. Y aunque no tuvimos un Arzáns que nos fundara en la ficción, tenemos una memoria colectiva que se encarga de erigir imaginarios, de crear una verosimilitud que hace posible la vida en medio del caos de esta ciudad con nombre, más que irónico, farsante. Sí, La Paz, desde su nombre, es ficción. Ficción que habitamos y que nos habita, que es escape y retorno, y que nos reclama, a aquellos que hemos sido embaucados por sus coqueterías, perpetuar en el lenguaje la imposibilidad de lo absoluto.

Así, pues, del Illimani, ahicitos, no sólo habrá un hueco lleno de hormigas multicolores, sino también universos enteros, prestos a ser explorados, conquistados y colonizados. Porque habrá acaso en la nasal voz de los postmodernos copilotos andinos algo más que la promesa de un destino, algo similar a un coro polifónico que irrumpe en medio de la sinfonía bocinesca, en medio de un escenario caótico repleto de extras y efectos de humareda, para conjurar el hechizo del frío, que entumece piernas y corazones, con la naturalidad que impone el hambre a los 3600 días de vida.

Habrá acaso debajo de los toldos multicolores algo más que frutas de temporada, ropas chilenas made in Bolivia o radio grabadoras Panatonic, algo más cercano al ingenio que al contrabando, una especie de picardía regida por las leyes de sobrevivencia, que manda al carajo los miles de artículos del aparato legislativo/justiciero.

Habrá acaso en las paredes algo más que blancura monopol, algo parecido a versos clandestinos, a memorias de poetas anónimos que plasman su impotencia, frustración, alegría, desengaño, esperanza, furia, ideología, ánimo, amor, odio, calumnias, verdades, amenazas o declaraciones, en ese maravilloso e inacabable papel que se extiende por cuadras y cuadras y se ofrece, tentador/seductor, a las brochas o aerosoles de la creatividad urbana que no se cansa de escribir cosas tales como: Cristo viene... ¡Hazte pepa!

Habrá acaso en la ínclita ciudad algo más que el reflejo del Illimani, algo más que calles orinadas, crucificados en pelotas, marchadores de tiempo completo, burócratas que esperan el viernes para ocultar el aro de matrimonio y gastarse la quincena con una negra interesada, minibuses–sardineras contagiadores de gripe, discos de Julio Iglesias con tapa de Los Panchos, perros cagadores/cogedores/mordedores, trasvestis cuarentones con minifaldas fucsias, bailarines de tilín, carteristas/albertos/monreros/campanas/juglares que han aprendido las historias del tío. Habrá acaso algo más que eso –y también eso, por qué no–, junto –revuelto–, en paz –¿será?– y amor –¿será?–, para cantarlo, contarlo, pintarlo, gritarlo, archivarlo y hacerlo conocer para perpetua memoria.

septiembre 01, 2006

El principio



En el séptimo día Dios descansó.

Tenaz obra que coronó con un bostezo

dejando escapar una lágrima

inmenso martillo acuoso que horadó la tierra.

Así naciste,

de un no llanto,

Chuquiago Marka.