diciembre 06, 2006

Chuquiago Market: la salvadora Comercio




Calle Comercio, peatonal. El nombre que algún desafortunado tuvo a bien otorgarle a esta vía fue entendido literalmente por los vendedores informales. En la Comercio, se comercia de todo: discos, películas, ropa, electrodomésticos, útiles, libros, medicinas, comestibles, juguetes, drogas, relojes, espadas, telescopios, celulares, etc. Cuando alguien ha olvidado el cumpleaños de su esposa y necesita un regalo con urgencia, no hay mejor lugar para encontrarlo. Considérese, además, la ventaja de poder buscar el regalo a las nueve de la noche, porque, sabiamente, los vendedores arman sus puestos recién a partir de las seis de la tarde.

No es raro ver a sujetos mal enternados husmeando entre los puestos con notorio nerviosismo y pagar sin en el regateo de rigor. De esos, al menos uno, es el desmemoriado y desamorado esposo que ha salido a “comprar cigarrillos” luego de llegar a casa y saludar a sus hijos, quienes, siguiendo las instrucciones maternas, le han preguntado, “¿qué les has regalado a la mami?”, pescándolo en curva y contra ruta. En fracción de segundos, inventa una respuesta –ya tiene experiencia en esto, todos los viernes lo hace–, “es sorpresa, todavía no se lo he dado”, y vuelve a ponerse el saco para salir apresuradamente, mientras grita el pretexto: “ahorita vuelvo, estoy yendo a comprar cigarrillos”.

Ya en la Comercio, comienza la búsqueda en los puestos de ropa, pero no se demora mucho, pues piensa “para qué más ropa, ya lo ha llenado el ropero, no hay campo ni para mis calzoncillos”, y pasa al sector chocolates, donde pregunta el precio de todas las variedades, sin que ninguno le parezca justo, “cómo va a costar quince pesos una cajita de chocolates, ni que fueran de suiza”, y se aleja rápido, justificando su tacañería con la lógica del cholo, “además, ya está hecha una vaca, con chocolates se va inflar más”.

Al borde de la desesperación, camina hasta toparse con los electrodomésticos; se detiene en seco y recuerda que la semana pasada, el vaso de la licuadora terminó hecho añicos, tras reventar contra la pared, a escasos centímetros de su cabeza, en el clímax de una típica discusión conyugal de viernes de soltero. “Aystá, esto le va a gustar”, piensa mientras examina el producto, “y nos va a servir a todos. ¿Cuánto está la licuadora, doñita?” “Ciento ochenta, caballero, hasta en ciento setenta te lo puedo dejar”, responde la vendedora. Como si le quemara, en un santiamén devuelve la licuadora y reinicia la búsqueda. “Carajo, todo está carísimo. Qué se joda, quién le manda a romper las cosas; que ahorre y se compre ella”, razona, iracundo, mientras prosigue su presurosa caminata en pos del regalo perfecto.

Cuando casi está resignado a comprar los chocolates, queda hipnotizado por la sensual y sutil curvatura de una espada samurai, debidamente envainada y cuidadosamente acomodada en su pedestal de madera. “Uuuuuuuta”, exclama, toma la espada y la desenvaina para hacer toscas maniobras de esgrima, quizás recordando su infancia, cuando jugaba a ser el Zorro con un sable de madera reciclada. “Cuánto, doñita, cuánto”, inquiere con emoción. Comerciante mañuda, psicóloga innata, la vendedora percibe la fascinación del hombre y, con natural cinismo, responde: “Así solita, está ciento cincuenta; la funda vale noventa, y el pedestal, setenta”. Obviamente, no puede llevarse sólo la espada, pues ya imaginó el conjunto entero adornando la cornisa de la chimenea. “Si te llevo todo, ¿en cuánto me lo dejas?” “Para vos, patroncito, te lo puedo dejar hasta en trescientos cincuenta”. Feliz por la “rebaja” conseguida, ni se preocupa por hacer la suma y paga sin regatear nada más.

Antes de tomar el taxi, ha comprado papel de regalo para envolver la espada y, a falta de cinta adhesiva, emplea mocopol para completar la tarea.

Baja del taxi sin exigir cambio, entra en su casa a la carrera, sube las gradas de tres en tres y entra al dormitorio jadeando un “Feliz Día de la Madreeeeee”, antes de retorcerse convulsivamente por la tos de fumador que le cobra por el esfuerzo físico. La esposa, indolente e ingrata, lejos de agradecer, le grita con rabia canina: “¡Cuál día de la madre, sonso y mierda, es mi cumpleaños!”, y continúa con la retahíla de insultos mientras su conyuge se retuerce en el piso, tosiendo la mala vida y la vergüenza. Una vez recuperado, se aproxima a la cama, haciendo cara de cachorro desamparado, e inventa una excusa: “Yaaaaaa, de qué te enojas pues, reynita, si te estaba molestando nomás. Cómo no voy a saber que es tu cumpleaños, mamita, si hasta regalo te lo he comprado desde hace dos semanas. Mirá, a ver, mirá, lindo está”. La mujer, disimulando la ansiedad, fríamente recibe el obsequio y lo desviste. No tiene palabras: sostiene el arma samurai y la mira de extremo a extremo sin cerrar la boca. Antes de que pueda decir “qué mierda es esto”, el marido le arrebata la espada e improvisa la historia de la compra y de los samurais: “Apenitas me la han vendido, no quería el chino de la Graneros, porque dice que de su abuelo había sido, que con esta belleza había peleado en Vietnam contra los rusos. Histórica es, reyna; una reliquia para que farsantees con tus amigas del rummy. Sólo los samurais tenían estas espadas. ¿Sabes quiénes eran los samurais? No, ¿no ve? Eran como ninjas, caaaapos para piñarse; soldados del presidente de Taiwan, de ese que gobernó cuarenta años, ¿te acuerdas? ¿Noooo? Es que hace mucho fue, seguro no eras buena en historia. Pero qué importa, mamita, yo ya te estoy ilustrando. Esos samurais, en la guerra de Vietnam, los han hecho cagar a los rusos. En un libro leí que para pelear se ponían una especie de pañales, nada más; así de machos eran, con el cuerpo desnudo salían a sacarse la mugre con cualquiera...” La improvisada clase de historia continúa algunos minutos más y la demostración de esgrima se prolonga por tres horas, hasta que la esposa, que durante todo ese tiempo no ha emitido sonido alguno, simula quedarse dormida para dejar sin público al espadachín enternado. Pronto, verdaderamente caerá en un profundo sueño, no sin antes planear el uso que le dará a la espada el próximo viernes de soltero. Mientras tanto, en la Comercio, los vendedores recogen sus puestos.

diciembre 05, 2006

Hoy no será



Qué sabe el sonido crepitante de la leña
para agonizar con tanta soberbia
sólo es el eco del dolor
y acaso de uno solo
abriendo una grieta en el silencio

Cincelan sus chispas finales
con golpes de tristeza ajena
el portal que comunica al olvido

La última brasa se aviva
revienta gritando el convite
maligno/insidioso
desde una ronquera prestada

Hoy pude rechazarlo:
porta mi alma un conjuro
mal llamado esperanza
que sé recitar de memoria
si en ella veo tus ojos

Acaso mañana me convenza
y me encierre en su lamento;
tal es su vinílico poder

Esta noche el poderoso fui yo
multipliqué su condena:
trece veces escuché su agonía
mientras se apagaba el fueguito

diciembre 04, 2006

A quién corresponda

Es impresionante cómo el bramido del río va creciendo, mientras creo acercarme a él, hasta convertirse en un sonido denso, casi sólido, que se apodera de todo lo demás, dejándome sordo, convirtiéndose en silencio; pero en la primera vuelta de monte, esas que son comunes al descender hacia el río a través de esta montaña forrada de maleza, alimañas e insectos, el rugido de sus aguas, con gorjeos pedernales, va cediendo paso al ruido, a ese insoportable ruido que algunos malos poetas tanto han alabado, a ese infernal bullicio agorero que, a guisa de oráculo, pretende darme mensajes premonitorios.

No sé por qué escribo esto; supongo que es el deseo de comunicarme, aunque sea con el papel, pues a nadie he visto en casi dos meses, o talvez es mi frustrada vocación de escritor lo que me impulsa a purgar mis temores entre letras. Dos meses ya que perdió todo sentido mi vida, dos meses en los cuales no puedo decidirme entre el silencio enloquecedor del río o los malditos trinos que me han conducido a esta soledad. El que lea esto –si alguna vez alguien lo hace– pensará que estoy loco –o que lo estuve–, “por qué no salió de ese lugar, por qué no atravesó el río y se alejó de él”, se preguntará. ¡Como si no lo hubiera intentado! Como si no hubiera recorrido innumerables veces, día tras día, este inacabable laberinto de curvas que suben y bajan sin tener fin ni principio. Incluso llegué a pensar que mi cerebro había caído en profundos desvaríos, por lo cual decidí descender todo el tiempo que fuera necesario, hasta encontrar ese río y cruzarlo. Doce días caminé cuesta abajo, doce días en los cuales mis oídos estuvieron a punto de acostumbrarse al oscilante cambio que propone cada curva: silencio, ruido, silencio, ruido, silencio, ruido... Doce días en los que apenas dormí algunas horas, después de las cuales despertaba como animal herido, lanzándome a la carrera hacia las partes bajas de esta montaña, tratando de disimular con mis gritos la constante alternativa sonora que se ofrece a cada vuelta. Jamás llegué al río.

No niego que, en un momento dado, me sentí cansado y, si fuera un poco más valiente, hubiera optado por quitarme la vida, pues estoy seguro que la muerte es el mejor refugio ante la constante agresión acústica de este paraje. Pero me faltó –y me sigue faltando– valor. ¡Cuánto admiro a Sánchez! Seguro que él pasó por lo mismo que yo, pero no tuvo ningún miedo a la hora de elegir el camino correcto. No sé cuánto tiempo después de ese fatídico dos de noviembre, en uno de mis recorridos sin rumbo, subiendo y bajando, escapando ora del silencio, ora del ruido, me encontré con su cuerpo putrefacto. Olvidando mis habituales melindres, prácticamente me arroje sobre él, lo abracé y le hablé varias horas. Podría haber estado así durante meses, pero el silencio, que dominaba ese recodo, tomó posesión de mis palabras; ni siquiera yo las escuchaba, menos aún podría escucharme un hombre muerto. Lo solté y arrastré fuera de la senda; cubrí el cadáver con hojas de plátano y me tendí a su lado. Dormí plácidamente no sé cuánto tiempo y seguro que habría podido quedarme así eternamente, pero los aleteos de los gallinazos que se devoraban a Sánchez me hicieron salir de la quietud para devolverme al silencio.

Salí a la senda y organicé mis ideas. “Nada tiene lógica”, pensé. Darme cuenta de que la lógica aún tenía cabida en mi mente me hizo concebir la esperanza de no estar loco. Medité unos minutos en los lugares que había silencio, y otros, en los que el ruido regía; no podía concentrarme quedándome mucho tiempo en un solo lugar. Traté de recordar todo, desde el día que llegamos a la cumbre del monte. Fue el dos de noviembre, a eso de las cinco de la tarde; lo sé, porque, como yo no traje reloj, se me ocurrió preguntárselo a Peredo. Él, Sánchez y yo, partimos de la ciudad en un viaje que habíamos planificado muchos meses antes. Luego de un día de caminata, llegamos a la cima de este monte; ahí todavía no había silencio, tampoco ruido. Al iniciar el descenso, cortamos camino y atravesamos un cementerio abandonado, muchas fueron las bromas que hicimos al respecto. Luego, retomamos la senda y empezamos a percibir los, hasta entonces, sutiles cambios sonoros que se daban al virar en cada curva. Se hizo de noche y armamos campamento; elegimos un lugar en el cual el río corría mansamente, originando una especie de arrullo que invitaba al sueño. El silencio me despertó, no el sol; pero éste ya estaba brillando e iluminando todo ese verdor que me pareció tan agradable. Peredo seguramente nos hablaba –digo seguramente, porque no escuchábamos nada–, mas nosotros sólo veíamos el desesperado movimiento de sus labios y su gesticulación casi histriónica. Tratamos de responderle, a lo que imaginábamos era una broma, de la misma manera. Yo sólo moví mis labios sin emitir palabras, remedándolo. Con señas, siguiendo con ese supuesto juego, nos entendimos para levantar el campamento y reanudar la marcha. Peredo estaba colorado, parecía furioso. Al tomar la siguiente curva, el silencio desapareció y pudimos escuchar el canto de los pájaros –¡cuánto los maldigo ahora!–, me alegré de tal maravilla natural y hubiera querido escucharla más tiempo, pero, fuera de sí, Peredo nos empezó a gritar: “¡Creen que esto es un juego! ¡Algo raro pasa y sólo se dedican a bromear!”. Tratamos de calmarlo, le pedimos disculpas, pero fue inútil, continuó con sus regaños, gritando sin control: “¿No escuchan el ruido, no escuchan a los pájaros riendo? ¡Dejen de reír!”. Gritó algunas cosas más que empezaron a molestarnos y, sin esperar respuesta, empezó a correr monte abajo. “Ya se calmará cuando llegué al río”, me dijo Sánchez, disimulando su preocupación. Su inquietud fue creciendo, y ni qué decir la mía, a medida que descendíamos, sin encontrar a Peredo ni el río, y el silencio nos privaba del habla en algunos sectores y los pájaros se mofaban de nosotros a la vuelta. Caminamos rápidamente durante unas cuatro horas, yo no pude más y caí extenuado. Sánchez se sentó a mi lado y, tratando de mantener la calma, me dijo que Peredo tenía razón, algo raro pasaba. “Seguramente nos equivocamos de camino”, le dije. Estuvo de acuerdo conmigo. Decidimos caminar un poco más para encontrar a nuestro compañero. Y mientras avanzábamos: silencio, ruido, silencio, ruido... El silencio, que a un principio me daba paz, ya comenzaba a desesperarme, pero podía soportarlo mejor que Sánchez; el ruido, el canto de los pájaros, sin embargo, taladraba mis oídos y, aunque quien vaya a leer esto termine por confirmar mi demencia, debo decir que podía escuchar sus voces. Un sinfín de voces que desaparecían en un tramo y reaparecían en la siguiente curva. “Peredo ha muerto”, “Sánchez te matará”, me decían. “¡Escuchas!”, le grité a Sánchez. No me respondió; sólo tomó una rama del piso y retrocedió unos pasos sin quitar su vista de mí. Ahora que lo pienso bien, seguramente él escuchó lo mismo que yo, pero al revés. Tomé como cierto el augurio de los pájaros y, sin dudarlo, emprendí veloz fuga en dirección del inalcanzable río. No sé si Sánchez me siguió, fue la última vez que lo vi con vida.

No podría precisar cuánto caminé sumergido en mis recuerdos, lo cierto es que decidí alejarme del río –¿será eso posible?–, y comencé el ascenso que mantengo hasta hoy, siempre acompañado del acoso de los pájaros -¿será que nunca duermen?- o del desquiciante silencio que proporciona el río. Se me acabó el poco papel que me sirvió para escribir estas líneas, por eso lo dejo en este lugar, con la esperanza de que alguien lo encuentre, y así, talvez, me encuentre a mí también. No soy un valiente, de tal forma que me aferraré a mi cobardía y seguiré viviendo en este infierno sonoro. Hay frutas y vertientes, aún soy joven y algo fuerte. ¡Ojalá puedan encontrarme!

G. Fuentes.

El caminante terminó de leer la carta, esbozó una sonrisa y la guardó en el bolsillo. Desde ese privilegiado lugar, la cumbre del monte, podía observar una larga extensión de cerros verdes que flanqueaban al serpenteante río que corría entre sus simas y una gran variedad de aves multicolores que parecían ofrecerle demostraciones acrobáticas con sincronizada formación, tal como esas negras, que volaban describiendo círculos perfectos sobre algunos sectores de la pendiente. Emprendió el descenso y, algunos metros más adelante, luego de gritar a sus compañeros, quienes se habían adelantado mientras él se dedicaba a la lectura, se detuvo en seco a causa del estremecimiento que le originó el no poder escucharse.

diciembre 02, 2006

De la toma(da) 2, salimos tomados




Realmente, la medida de prohibir el expendio de bebidas alcohólicas a partir de las 04:00 a.m. perjudica las farras blogueras. Por segunda vez consecutiva, tuvimos problemas para conseguir mesa, pues la gente sale a farrear más temprano ya que tiene que recogerse más temprano.

En fin, la reunión salió muy bien, aunque tuvimos que lamentar varias inasistencias, mismas que, sin embargo, fueron justificadas previamente. Esta vez, estuvieron los y las responsables de los blogs: CÁPSULA DEL TIEMPO, CICATRIZANDO, EL PERRO RABIOSO, VIVENCIAS, CONCIENCIA OBEDIENCIA Y CRÓNICAS URBANDINAS. Además, también nos acompañaron Violeta, Simi, El Bis y Humito, leedores y comentaristas de nuestros blogs.

Cápsula del Tiempo llegó a la ínclita para asumir el rol protagónico del film “Farra Bloguera”, pero descaradamente, el Perro Rabiosos se dio mañas para robar cámara y acaparar escenas. Resulta que este can colérico había sido un eximio cuenta chistes, con un repertorio variado y amplio, dotado de una gracia natural para condimentar los cuentos. Hasta que nos botaron del boliche, nos hizo despanzar de risa.

Los que hasta esa hora permanecíamos al pie del cañón, decidimos actuar transgresoramente y mandar al carajo la ordenanza municipal, dándonos modos para adquirir alcohol y trasladarnos a la casa de Vero-Vero, donde la conversación se disparó por varios senderos. A propósito, debemos agradecer a Vero por su hospitalidad y por haber ofrecido espontáneamente su casa para futuras fiestas blogueras. A las 09:55, cada quien retornó a su hogar, comprando, previamente, pan y periódicos.






Vania (Cápsula del Tiempo) merece una nota aparte. Ella llegó a la segunda toma(da) sola, lo cual me devolvió la calma, pues no dormí toda la semana por culpa de una pesadilla recurrente en la que su bienamado esposo llegaba al boliche transformado en Hulk, preguntando con rugidos “quién carajos es el que me dice choli panzón” y, luego de ser apuntado por los índices de los presentes, él me identificaba y se acercaba desafiantemente, con espuma en la boca, para jalarme la oreja hasta dejármela como silpancho.

Pero bueno, como dije, mis temores desaparecieron al verla llegar en compañía de Sakura, sin el choli panzón. Sin embargo, en lo mejor de noche, el maridito apareció y mis temores regresaron raudos, originándome una garrotera descomunal. Ahora bien, el esposo de Vania no había sido Hulk, ni panzón; pero choli sí es, por lo que decidimos enviarlo a otra mesa para que sus karma celeste no contaminase nuestra alegría aurinegra.



Un abrazo a todas y todos.

diciembre 01, 2006

TANKAS nacionalizados

Los tankas son poemas tradicionales del Japón; tomando prestada su estructura, podemos nacionalizarlos de la siguiente manera:


Luna estridente,
en el centro del hombre
dos palos golpean.
Has de gritar, lunita,
para el baile comenzar.


Pulmonar viento,
del silencio nacido,
pierdes tu esencia:
en el moldeado bronce
creces hasta la euforia.





Celeste techo
vigilas cadencias, pues,
en la planicie,
fragmentado arco iris,
el infierno ha soltado.