noviembre 24, 2006

Farra bloguera



El bloguero urbandino RONDELDIA llega hoy a la ínclita ciudad; la ocasión es oportuna para reunirnos y conocernos de una manera menos virtual.

La cita es hoy viernes, a las 22:00, en el Bocaisapo.

En la pared, detrás de nuestra mesa, colocaremos un cartel que dirá: “URBANDINOS SIN TECLADO”, para que sea fácil ubicarnos.

Vengan todos los que quieran y puedan.

Basta de imaginarnos con caras supervegea; no tengamos vergüenza por ser más lindos que los demás y presentémonos en el Boca esta noche.

PD: Los demás blogueros residentes en LA PAZ, por favor copien este post y publíquenlo en sus blogs para que la reunión se difunda.

noviembre 22, 2006

Antes del ocaso

Por favor tenme miedo
tiembla mucho de miedo mujer
porque no puede ser.
Fernando Delgadillo


Caminas sin prisa, la buscas: ¿la ves? Te detienes, giras la cabeza: ahí está. Te diriges hacia ella, no la miras, pasas de largo. Te vas, no te animas a hablarle. ¿Nunca le dirás lo que has estado haciendo? ¿Nunca le dirás que te llamas Gabriel Astrada? Abordas un taxi, vas a casa, a planear otro encuentro. Hablas con el taxista: le preguntas su nombre. Siempre preguntas los nombres, te gusta saber con quién estás hablando, pero nunca dices el tuyo, el verdadero; te ocultas de todos, hasta de ti: ¿recuerdas tu nombre? Pagas en moneda sencilla, siempre cargas centavos. Te bajas sin despedirte, tiras la puerta del taxi, abres la de tu casa; tu casa no, el lugar donde vives. Tu casa está muy lejos, en tiempo y distancia. Te quitas el saco: lo arrojas a una silla; te lanzas sobre la cama. Piensas: ¿en tu cobardía?, ¿en tu timidez?, ¿en tus planes? Momentáneamente, duermes.

Inés salió temprano de su departamento, el cielo se iba cubriendo de nubes y ella quería llegar al centro de la ciudad antes de que el aguacero comenzara. Esperó en la parada del micro unos diez minutos, era la primera y la última de la fila, el micro para donde sea. Lo abordó y se sentó en la última hilera de asientos, del lado de la ventana. Se sintió bien por eso, detestaba ir al lado del pasillo, el roce con la gente le causaba molestia. No es que fuese huraña, simplemente era melindrosa. Si bien su memoria le estaba fallando continuamente, esos rostros andinos, agrietados en las mejillas, le recordaban cierta suciedad anclada en una remota hacienda a orillas del lago. Por otra parte, mirar a las personas en la calle le producía cierto placer, sin restarle seguridad: primero, porque estaban detrás del vidrio; segundo, porque sólo los veía un instante; y tercero, porque podía ver, de tanto en tanto, gente más infeliz que ella. Pues sólo de eso tenía certeza absoluta: era infeliz. Y lo comprobaba aún más, cuando su memoria permitía que el resplandor de alguna felicidad pasada iluminase brevemente la oscuridad de sus recuerdos; entonces podía escuchar las risas de unos pequeños, sentir las caricias de un hombre, ver las sonrisas de algunas personas, elementos de un pasado que, como el horizonte, más se alejaba mientras mayor era su voluntad de alcanzarlo. Esos chispazos de luz eran la prueba de la oscuridad, del vacío en el que se hallaba. Cuando se bajó del micro, el cielo comenzó a soltar las primeras gotas. Rápidamente, caminó hacia el primer centro comercial que encontró. Estuvo observando las vidrieras sin preguntar por nada, casi dos horas, hasta que escampó. Cuando salió a la calle, había olvidado completamente el motivo por el que había ido hasta la zona central. Eso le produjo un gran malestar; no era la primera vez que pasaba y las últimas semanas el problema había empeorado. Se sentó en un banco para tratar, infructuosamente, de hacer memoria. De repente, vio a un extraño sujeto que se encaminaba hacia ella, lo miró como esperando un saludo, pero él pasó de largo sin mirarla y, llegando a la esquina, el desconocido tomó un taxi.

Me miró, sé que ayer me miró. Sentí su mirada y la seguí sintiendo en mi espalda hasta que tomé el taxi. ¿Se acordará de mí? Nunca le dije mi nombre. Nunca pensé que haría algo como esto; en realidad, nunca pensé que haría algo. Estaba resignado a caminar por la vida, derecho a la muerte, sin mirar hacia los costados. Ella me dio un motivo para dejar mi inercia, para dejar de describir una línea recta con mi existencia. No sé si estoy enamorado, cómo puedo saberlo si nunca supe lo que es el amor. Hubo incluso una época en la que creí ser homosexual, mejor dicho, intenté serlo, mi indiferencia hacia las mujeres me orilló a eso. Pero luego de sentir el dolor que me provocó ese animal en el ano, dejé de lado esa idea. Talvez mi problema radica en que mi concepto de amor está enmarcado dentro de lo referente a una pareja, otro tipo de amor me es incomprensible. ¿Será cierto que los padres aman a sus hijos y viceversa? En mi caso no fue así, tampoco digo que me odiaran, solamente ignoraban mi presencia; yo hacía lo mismo. Amigos nunca tuve: ¿se puede amar a alguien que no es tu pariente o tu pareja? Si ese alguien es hombre, me imagino que uno es gay; si es mujer, me imagino que uno está enamorado. Talvez todo se limita a eso: no conozco el amor, sólo lo imagino. Por lo tanto, estoy buscando desesperadamente a alguien que me lo enseñe y, por algún motivo ajeno a mi entendimiento, Inés parece ser la indicada. Casi estoy seguro de ello, porque desde que la vi comencé a experimentar cambios fisiológicos. Nunca antes había tenido una erección; desde que la conozco, las tengo casi a diario, hasta me masturbé una vez, pero debo reconocer que la experiencia me resultó desagradable. En fin, mañana iré a su departamento y le diré quién soy. Ya es tiempo de hacerlo, no puedo seguir prolongando esto, además, mis ahorros se están acabando.

¿Por qué me olvido de todo? ¿Qué hago aquí, sentada en este banco? ¿Quién era ese sujeto que me pareció familiar? ¿Tendría que encontrarme con él? Talvez se enfadó porque no lo reconocí y por eso pasó de largo. Talvez no era nadie. Talvez no salí de casa y estoy soñando. No, eso sería demasiado. Siento mi cuerpo, siento la humedad del ambiente, siento este pellizco: sí, definitivamente estoy despierta y aquí. No es la primera vez que pienso que estoy en un sueño, es lo que se me viene a la mente cuando aparezco en un lugar sin saber por qué y cómo llegué ahí. De hecho, desde hace algunas semanas no recuerdo cómo llegué a vivir en ese pequeño departamento. Sé que tengo hijos, sé que tengo esposo, pero no logro recordar sus nombres, ni dónde están, eso me provoca dolor. Estoy consciente de mi infelicidad, ellos me faltan: su ausencia, este vacío en el alma es la prueba de que existen. No quiero que me crean loca, por eso no pregunté a ningún vecino sobre mi vida, pero esto me desespera, ya no puedo soportarlo, necesito saber quién soy, quién fui. Siempre hay dinero en mi mesa de noche, sin embargo, no recuerdo tener trabajo. Sé que trabajé mucho tiempo, mi cuerpo me lo dice, pero ¿dónde? Tengo la terrible sensación de que llegará un momento en el cual apareceré, donde sea, siendo nadie. No recordaré nada, nadie se acordará de mí. Aunque ahora igual estoy así: olvidada. Soy como un ser invisible. A veces no me reconozco cuando me paro frente a un espejo. Tal vez algún día no pueda verme, seré sólo el espejo. Es mejor que vuelva a casa mientras recuerdo cómo hacerlo.

Cuando las pastillas que los médicos recetaron, experimentando un tratamiento para remediar su autismo, dieron resultados positivos, los padres de Gabriel creyeron que los años de infelicidad e incertidumbre habían terminado. Sin embargo, a pesar de que el muchacho pudo llevar una vida medianamente normal, su ostracismo le impedía relacionarse con la gente. Los médicos sugirieron a los padres que lo tratasen con indiferencia para obligarlo a salir de su encierro interior. Éstos aceptaron la sugerencia como una forma de lavarse las manos, pues consideraban que ya habían sufrido bastante y que era tiempo de que se ocuparan de sus propias vidas. Así, Gabriel se hizo hombre y estorbo. Su padre consiguió que lo aceptasen como empleado de limpieza en un hospital geriátrico del Estado y le pagó un año de alquiler en un cuarto cerca del nosocomio. De esa forma, Gabriel se hizo independiente. A pesar de que rechazaba toda forma de acercamiento con las personas, sus nombres le llamaban profundamente la atención, aunque evadía dar el suyo. Eso le causó algunos problemas en su trabajo, pero al final, todos lo tomaron por retrasado y dejaron de prestarle atención, excepto el encargado de seguridad, quien intentó satisfacer sus deseos carnales con él. Su sueldo lo guardaba debajo del colchón: no gastaba en comida, pues comía en el hospital; y no gastaba en ropa, pues se adueñaba de las prendas dejadas por los ancianos que no tenían pariente alguno que velase por ellos y morían en la soledad mancomunada del asilo. Su vida era monótona: de la cama al hospital, del hospital a la cama. Pero eso se quebró cuando vio a Inés: la sangré que se acumuló en su miembro le indicó que su vida había cambiado. Por primera vez, decidió hacer algo ejerciendo su derecho a la autodeterminación: buscó un pequeño departamento y lo alquiló pretextando que era para su abuela. Aprovechando el hacinamiento en que vivían los ancianos dentro del hospital y, por lo tanto, la falta de preocupación que ponían los encargados en ellos, Gabriel se dio modos para sacar a Inés de ahí. La llevó al departamento y le dejó dinero en la mesa de noche. No pudo asimilar completamente lo que había hecho, por eso no salió de su habitación durante una semana: se reportó enfermo. Después, decidió visitar a Inés: la encontró sentada, mirando por la ventana; no respondió a su saludo, ni siquiera lo miró cuando se paró frente a ella. Era como si se estuviese contemplando en un espejo, ensimismada con su invisibilidad. Eso le pareció formidable, le recordó a sí mismo antes de que comenzasen a darle esas pastillas que lo sacaron de su mundo privado, del paraíso donde era el Adán que nombraba las cosas, sin Dios vengativo, ni mujer tentadora. Le dejó algo de dinero en la mesa de noche y se fue. Repitió la rutina un par de semanas más, hasta que la vio en la calle; entonces, la siguió y la vio pasear por las tiendas del centro. Pensó que ya era tiempo de decirle quién era, de decirle lo que había estado haciendo, de decirle que la quería. Aprovechó una de las salidas de Inés para entrar en el departamento y dejarle una nota: “Mañana te espero, a las nueve, en la esquina del centro comercial que frecuentas”. Él acudió puntual a la cita, pero no pudo ubicarla entre la muchedumbre que había entrado a refugiarse de la lluvia. Un par de horas después, la divisó en la calle, pero, cuando se intentó acercar, lo traicionaron los nervios y prefirió volver a su cuarto. Ahí pensó que lo mejor era ir al departamento y hablar con ella en privado, sin miradas curiosas, los dos en su pequeño mundo, y quedar instalados en él, reconociéndose en sus ausencias, amándose en la soledad de su universo.

Escuchas el timbre, vas a la puerta: la abres. ¿Lo conoces? No te arriesgas a ser descortés, lo haces pasar. Le ofreces un té, se lo preparas. Lo escuchas: ¿lo entiendes? Te angustias, caminas por la pequeña sala, lo miras: ¿lo conoces?, ¿es tu hijo?, ¿será tu nieto? Te sientas nuevamente: preguntas, preguntas, preguntas. Escuchas. No entiendes: preguntas. Te paras: lloras. Le pides que se vaya, entras a tu habitación, te echas en la cama. Escuchas sus pasos. Lo miras. Sientes sus manos en tus senos: gritas. Sientes su puño en tu rostro: callas. Abres los ojos, estás desnuda: lloras. Sientes su lengua en tus labios, sientes su miembro en tu entrepierna: gritas. Sientes sus manos en tu garganta. Piensas: ¿en su nombre?, ¿en su rostro?, ¿lo conoces? Eternamente, duermes.

noviembre 20, 2006

Temo


Temo

Huye la presencia
se escabulle por el dintel desportillado
por la rendija imperceptible
o por el techo sin calaminas
pero no dice siempre
ni nunca
su rastro de perfume sólo exclama poray
dejando en el aire la amenaza del regreso

noviembre 17, 2006

Chuquiago Market: comercio navideño


Yastá, dentro de poco, una vez más, como todos los años, la ínclita ciudad perderá algunas de sus arterias, pues la Navidad se acerca trayendo consigo toneladas de juguetes y demás chucherías, especialmente fabricadas para el tercer mundo. Los que habitamos el hueco, sabemos que en estas fechas es mejor caminar, ya que el tráfico vehicular se espesa como api mal preparado, y recorrer un par de cuadras abordo de un auto demanda otras tantas horas.

La calle Potosí, por ejemplo, hará renacer el esplendor demográfico de la ciudad colonial a la cual debe su nombre, reventando de comerciantes, compradores y carteristas. Y claro, para la magra economía del común urbandino, la oferta resulta tentadora y conveniente. ¿Para qué gastar más de doscientos pesos en una Barbie original, si se puede conseguir, por menos de cincuenta, una Brabei, original también, aunque con una esperanza de vida radicalmente menor? Total, si la pequeña afortunada que recibirá el obsequio, debidamente envuelto en brilloso papel multicolor, aún no sabe leer, no notará la diferencia, ya que la Brabei es igualita a la Barbie, e incluso los colores de las cajas y las formas de las letras son idénticas. Ya en el futuro, cuando la pequeña haya sido alfabetizada, habrá que recurrir a otro tipo de trucos, aprovechando que todavía mantiene la inocencia infantil, para convencerla de que “se han equivocado, pues, mamita, los que hacen la caja; es Barbie, original cien por cien, pero seguro ha habido un error de taipeo al momento de diseñar las letras”. Más tarde, cuando ya no importe la Brabei, luego de recibir una mirada fulminante, tras intentar marear la perdiz sin considerar que la niña ya no lo es, diciéndole “claro que es Ipod, original cien por cien, corazoncito; pero se han debido equivocar los que imprimen, por eso debe decir Ibod”, habrá que asumir la edad e inteligencia de la adolescente y, con firmeza, decirle la verdad: “Ya, es Ibod, ¿y qué? ¿Acaso no suena? ¿Creías que te iba a comprar un Ipod de trescientos dólares luego de aplazarte en siete materias? No, hijita, la vida no es así; si quieres un Ipod original, trabajá pues, trabajá”. Sé de muchos casos en los que las malcriadas rebeldes, creyendo que van a dar una lección al tacaño de su viejo, le han hecho caso y se han puesto a trabajar en algunos conocidos Cafés con Piernas, atendiendo a los clientes con coqueta sonrisa mientras sus oídos son torturados por la potencia del Ipod bien ganado.

Dicen, pero a nadie le consta, que en las fábricas titánicas del lejano Oriente, existen tres secciones: la occidental, la oriental y la sudaca (no hay sección africana, porque, seguramente, los orientales han creído que ese chiste malaleche, que comienza con la pregunta “¿Por qué Papá Noel no va al África?” y termina con la respuesta “Porque Papá Noel no lleva regalos a los niños que no comen su almuerzo”, es una verdad irrefutable). Según el rumor, en la sección occidental se fabrican los juguetes para EE.UU. y Europa, respetando las normas de la ISO, con materiales de primera calidad y tecnología de punta. En la sección oriental se fabrican los juguetes para el consumo interno, con materiales provenientes del espacio exterior y tecnología extraterrestre. En la sección sudaca se fabrican los juguetes para la Uyustus, con materiales reciclados, pues los orientales creen firmemente en el principio físico que señala que “Nada desaparece, todo se transforma” y llevan a la práctica el teorema, transformando todo lo que pueden rescatar de sus gigantescos depósitos de basura en Brabeis, Pokemoonz, Ibods o cualquier otro producto que pueda ser comprado por el diminuto bolsillo urbandino.

Los puestos informales colman la calzada, dejando libres las aceras para que los peatones más jailas puedan circular por la periferia legal, apreciando las Barbies, Pokemons o Ipods que las galerías ofrecen detrás de las vidrieras. Invariablemente, en las puertas de cada una de ellas, un Papa Noel tuneado da la bienvenida con un sonoro “Jo Jo Jo Jo” que, algunas veces, debido a la mala vida del falso Santa, termina en un ronco “cof cof cof”, coronado con un “huaaaajjjjk puit” que impulsa hacia la acera una flema rojiverde, rápidamente ocultada debajo de una de las botas de combate que emulan el calzar del Viejito Pascuero. Adentro, los colores navideños saturan el espacio, provocando daltonismo temporal a algunos visitantes poco tolerantes a semejantes exposiciones cromáticas. En un lugar privilegiado, sentado en un trono de fantasía, rodeado por decenas de cajas vacías envueltas para regalo, se ubica otro actor improvisado, con barriga de trapo y barba de algodón, enfundado en el conocido atuendo rojiblanco, imitación terciopelo, atendiendo, con estoica paciencia, a los cientos de niños que hacen fila durante las doce horas que, según estipula su contrato, debe permanecer con las nalgas adormecidas mientras los infantes, uno a uno –excepto cuando son mellizos, ya que las madres insisten en que ninguno sea primero que el otro– se trepan a sus rodillas para soltar con desenfado una exorbitante lista de peticiones navideñas. Maquinalmente, de tanto en tanto, el Papá Noel urbandino repite algunas muletillas aprendidas en el cursillo veloz que le impartieron antes de contratarlo: “¿Y te has portado bieeeen?” (aunque el crío sea un malnacido y potencial sicótico, jamás responderá: “No”); “¿Has hecho todas tus tareaaaas?” (el chango podrá ser vago, pero nunca cojudo, por lo que, sacando pecho, dirá cínicamente: “Síiiii”); “¿Has tomado tu sopa todos los díaaaas?” (en el mejor de los caso, si el niño es conciente y ético en su proceder, razonará, interiormente, “todos los días lunes, sí”, antes de responder, con la conciencia limpia: “Claaaaro”); “¿Te has cepillado los dientes antes de acostarteeeee?” (obviamente, el angelito de turno procederá, nomás, de acorde a lo que la situación exige, es decir, mintiendo: “Toditititas las noches, antes de rezarle a Jesusito y pedirle por vos”, esbozando una sonrisa careada y, más grave aún, amarillenta por su precoz adicción a la nicotina). Sin embargo, no faltan aquellos Papá Noeles truchos que se resisten a la ñoñería inquisitoria del “Manual de Santa” (13ava. edición), prefiriendo transgredir convencionalismos y ejercer su derecho a la libertad de expresión, formulando preguntas más coherentes con la época actual: “¿Te has masturbado pensando en tu maestraaaaa?” (el crío, sonrojado y sorprendido, cabizbajo responderá: “Sólo un poquito”); “¿Has fumado yerba en la escuelaaaa?” (algunos dirán que sí, otros que nunca; los primeros terminarán su confesión con un “¡Y qué!”, los segundos prolongaran la respuesta con una pregunta: “¿Sabes dónde puedo conseguir?); “¿Eres virgen todavíaaaa?” (como buena urbandina, recatada y pudorosa con sus intimidades, la niña contestará con elegante gracia: “Esas cosas no se le preguntan a una damita”); “¿Eres homosexuaaaal?” (el chango, delatado por sus ademanes femeninos, malinterpretando la pregunta, coquetamente responderá con otra: “No zé, ¿Y túuu?”).

En fin, algunos llegarán al hogar con Brabeis o Pokemoonz; otros, con Barbies y Pokemons. En ambos casos, los niños se alegrarán y escribirán una segunda carta a Santa Claus, agradeciendo “por el regalo que mias dejado en la hotra noche”. Alguno, quizás, se fijará en el Nacimiento y preguntará por qué está ahí, y una vez satisfecha su curiosidad, frunciendo el ceño exclamará con indignación: “Ese Jesús ha debido ser muy malcríado, por eso Papá Noel sólo le mandó tres huevadas”.

noviembre 13, 2006

Punto final

Que suerte tienes cochino
en el final del camino
te esperó la sombra fresca
de una piel dulce de veinte años
donde olvidar los desengaños
de diez lustros de amor
tío Alberto.

Joan Manuel Serrat


Tenía que matarla, no era posible que soportara más tiempo esa situación. Cómo podía esa malagradecida mujer hacerle eso; Alex era todo un hombre, el prototipo del perfecto seductor, podía tener a la mujer que él deseara, pero se había fijado en ella, le había dedicado muchos años de su vida, y ahora recibía tan ingrato pago. Sí, tenía que matarla, y también tenía que matarse él. No podía evitarlo, la amaba demencialmente a pesar de su infidelidad. Matándola la alejaría de ese sujeto que había interferido en sus vidas, y matándose él se aseguraba que estarían juntos por toda la eternidad.

Sin lugar a dudas, Matías Trébol era el escritor más leído del país; sin embargo, eso no lo enorgullecía, ya que su popularidad no se debía a las grandes obras que él soñaba escribir, sino todo lo contrario: Matías era el autor de los relatos melodramáticos que se publicaban por entregas semanales en el suplemento femenino de un diario de circulación nacional. Ya iba a cumplir su tercer año en ese medio, tiempo en el cual había llegado a publicar más de cincuenta historias, mismas que lo fueron catapultando, poco a poco, desde su primera publicación, al primer lugar en el gusto de las lectoras, quienes esperaban con ansias la edición sabatina para ir completando la narración fragmentada que él les ofrecía. Era todo un éxito y eso aumentaba las ventas del diario, por lo que le pagaban relativamente bien, enviando religiosamente el dinero en efectivo, cumpliendo una rara exigencia suya, a una casilla de correo que él había alquilado con un nombre ficticio.

Su primera publicación fue, en cierta forma, producto del tedio. Un fin de semana, mientras hojeaba con desgano el diario, leyó la convocatoria para un concurso de cuento romántico auspiciado por la dirección del suplemento femenino. El premio consistía simplemente en la publicación del texto ganador y un diploma de reconocimiento. Siempre había tenido afición por la escritura, pero por falta de tiempo jamás había podido sentarse con tranquilidad para escribir algo que más o menos cumpliera con sus expectativas, las cuales no eran pocas, pues siempre había pensado que el día en que efectivamente se decidiera a escribir algo, sería una novela épica, de unas tres mil páginas, con características joyceanas e innovaciones que él mismo se encargaría de crear. Sin embargo, dado el aburrimiento en el cual se hallaba hundido –ya que una terrible huelga general había paralizado el país, sumiéndolo en sangrientos conflictos sociales, por lo que era un riesgo salir a la calle– decidió escribir una historia cualquiera, casi plagiando el argumento predecible de los culebrones televisivos, sólo con el fin de entretenerse en algo, pues la huelga había cumplido seis días y amenazaba con extenderse otros tantos.

Fue una buena distracción, pues no sólo escribió un relato, sino varios, y a la hora de mandar uno al concurso, tuvo que dejar la elección a la bicéfala sabiduría de una moneda. La moneda lo ayudó con eso, pero no pudo ayudarlo a la hora de escoger un pseudónimo con el que pudiera ocultar su verdadera identidad, pues, en el supuesto caso de ganar, le resultaría bastante vergonzoso que la gente supiera que él había escrito semejante cursilería. Pensó bastante, consultó enciclopedias, santorales, listas de personajes célebres y, al cabo de un par de días, quién sabe porqué motivos, se decidió por “Matías Trébol”, nombre con el que firmó la autoría del relato concursante. Al cabo de un mes, con cierto orgullo y bastante asombro, se enteró de que su relato, “Totoral de pasiones”, la historia de amor entre un hacendado altiplánico y una indígena, había sido designado ganador del concurso. Vía e-mail, lo contactaron –pues era la única referencia que había consignado junto al relato concursante– para indicarle el día en que podía recoger su diploma y hacer las correcciones a su texto para proceder a la publicación. Él, por el mismo conducto, les respondió que “Matías Trébol” no era su verdadero nombre, prefiriendo mantenerse en el anonimato que ese alias le otorgaba, y si había algún problema con tal situación, él no tenía ningún problema en rechazar el premio. Los organizadores analizaron la respuesta de Matías y consideraron que no era necesaria la presencia física del premiado, por lo que aceptaron la extravagancia del escritor.

Sin embargo, y contra cualquier pronóstico, llegaron muchas cartas a la redacción del diario solicitando que se publicaran “más historias maravillosas del señor Trébol”. El director volvió a contactarse con el escritor, diciéndole que “ante la buena acogida que ha tenido su extraordinario cuento, le propongo se una a nuestro equipo y se encargue de escribir más relatos que serán publicados por entregas”. No se puede decir que su ego no se elevó ante tal propuesta, pero no podía alejar de sí la vergüenza que sentía por escribir tales cosas. De todas formas, pensó bien el asunto y terminó aceptando, con la inflexible condición de que nunca se le pidiese revelar su verdadera identidad.

Sí, la amaba. La amaba profundamente y se había encargado de demostrárselo durante muchos años. Mas ella, mujer infame, insensible ser que desprecia el verdadero amor, había preferido entregarse a los brazos de una pasión pasajera. Alex no podía tolerarlo, no debía tolerarlo. Él era el hombre ideal, el príncipe azul con que todas las mujeres sueñan: inteligente, soñador, sensible, fuerte y apuesto. ¡Cuán duro suele ser el destino con los seres que deberían merecer la felicidad eterna! Lo que él iba a cometer no podía ser calificado con las burdas nociones de una sociedad legalista; no, él no iba a cometer un crimen, iba a hacer justicia. Y más aún, Alex iba a sacrificar su vida también, con la única esperanza de poder unir su alma a la de ella sin las interferencias que presenta el maligno en esta vida terrenal. Alex no sería un criminal, sería un héroe, un paladín del amor.

Matías Trébol era el encargado de la sección de archivos en una repartición pública, puesto que desempeñaba con total eficiencia, probablemente porque no tenía nada más en que distraerse. Sus frustraciones particulares habían arrastrado su personalidad hasta una posición colindante con el autismo. Sin embargo, aún tenía un cable a tierra: Lucía. La había conocido una tarde, cuando regresaba a su casa, en el ascensor de la oficina. Probablemente se habían cruzado en muchas oportunidades, pues ella ya trabaja allí dos años; mas él, que nunca se fijaba en los demás, seguro nunca había notado su presencia. Pero esa tarde fue distinto. Entró al ascensor y la miró leyendo uno de los relatos que ya publicaba con bastante éxito en el diario; Lucía, de tan atenta que estaba a la lectura, ni siquiera notó que tenía compañía. Ya en la calle, mientras ella caminaba lentamente sin despegar los ojos del periódico, Matías la abordó preguntándole “¿te gustan esas historias?”. Lucía lo miró sorprendida, y si no se alejó asustada fue porque conocía al sujeto, ya que lo había visto varias veces en la oficina.
–Sí, me encantan. ¿Algún problema?
–No, para nada. Yo creo que el señor Trébol escribe muy bien. Es más, yo he leído todos sus relatos.
–¿En serio?
–Sí, son historias muy tiernas.

Lucía no podía creerlo, era el primer hombre que admitía leer las historias de Matías Trébol, y no sólo eso, sino que además le gustaban. Descubrir un alma sensible, en un hombre que aparentaba una frialdad infrahumana, la alegró inmensamente. Siempre había sido una romántica empedernida, capaz de llorar ante cualquier sensiblería, y pocas veces tuvo la oportunidad de conocer hombres que compartieran ese rasgo de su carácter, pues generalmente la buscaban sólo por su voluptuosa figura. La simpatía fue mutua y comenzaron a frecuentarse fuera de las horas de oficina.

Matías, que siempre había sido callado, si no era de las historias que escribía, casi no pronunciaba palabra, cosa que a Lucía le parecía maravilloso, pues consideraba que su amigo era un ser con la capacidad de escuchar a los demás, cualidad que ella no había encontrado en nadie. Él se convirtió en su diario personal, su registro privado de sueños, alegrías, tristezas, aspiraciones. Y tan fuerte se hizo su relación, que ella, a pesar de lo codiciada que era, dejó de salir con otros hombres, pues la amistad inocente y sincera que entre ellos se formó, le había hecho concebir la esperanza de poder encontrar algún día un amor igual de honesto y puro, sin que mediasen las pretensiones sexuales a las que, hasta ese entonces, había estado acostumbrada.

Por su parte, Matías había descubierto con ella cosas que jamás había soñado. De su mundo interior, tan lleno de frustraciones, desterró la novela joyceana para llenarlo con la vitalidad de Lucía; y se distraía todas las noches –excepto las de jueves, porque era cuando escribía, de un solo tirón, el fragmento de la historia que se debía publicar los sábados– hilvanando mil fantasías en torno a la relación que tenía con ella, imaginándose a ambos en la iglesia, tomados del brazo, con la cabeza blanqueando de arroces; o también, en una casita pequeña, rodeados de niños, todos tan hermosos como la madre, disfrutando de una velada familiar; y generalmente, sea cual fuese la fantasía de turno, terminaba masturbándose, restregándose en todo el cuerpo el líquido blanco que durante tantos años había acumulado, imaginando que era la humedad de Lucía.

Dos años pasaron así, entre las fantasías jamás declaradas de Matías y la continencia de Lucía en espera del verdadero amor. Amor que le llegó de repente y sin previo aviso, como suele ocurrir, un día que Matías no pudo ir al trabajo porque estaba enfermo. Sin la compañía del huraño contrahecho, un muchacho, que ya llevaba varios meses enamorado de ella, por fin tuvo la oportunidad de acercársele, y Lucía, la oportunidad de conocer, tal como lo diría Trébol, “el candor espiritual de una pasión ilimitada”.

Con incontenible alegría, Lucía le comunicó a su mejor amigo, su confidente, la buena nueva. Matías quedó perplejo. Sus palabras eran como martillazos que lo hundían en el pozo negro del cual una vez ella lo había rescatado. ¿Qué podía hacer?, ¿cómo podía lograr que ella lo mirase con otros ojos?, ¿cómo podía dejar de ser el amigo inocente y convertirse en el esposo, el novio, el amante que en tantas fantasías había sido? Talvez si le revelaba su secreto, quizá si le contaba que él era Matías Trébol, el autor de las historias que le habían enseñado la forma de amar, ella se daría cuenta de que estaba enamorada de él y las fantasías dejarían de serlo. No era suficiente. El mundo entero tenía que saber quién era él para que su amor fuera legitimado, para que su historia fuera el ejemplo del amor que en su intensidad no vacila ante nada. Durante las dos siguientes semanas prácticamente no se vieron. Lucía se dedicó al amor, y él se entregó frenéticamente a la escritura.

Alex no estaba nervioso, tenía la firme resolución del verdadero amante en la mirada. Alejando todo rencor de su alma, pues sólo el inmenso amor que sentía lo motivaba, preparó el veneno que bebería con su amada, el último brindis terrenal, para poder disfrutar en el cielo la pasión que el mundo les negaba. “No, está muy ambiguo”, pensó Matías. El final tenía que ser más directo, más impactante. No se necesitaban frasecillas cargadas de retórica barata para enaltecer el acto de Alex. Era un acto poético que se sustentaba por el propio impulso que lo originaba. Sacó la hoja de la máquina de escribir y, estrujándola, la lanzó contra la pared. Hizo girar el rodillo para ubicar correctamente la nueva página y corrigió el fragmento final. Alex tomó el revólver; sin sombra de dubitación entró en la habitación de su amada y, antes de que ella pudiese emitir palabra alguna, con una bala cegó su vida. Sin demora, él volvió a apretar el gatillo para darle alcance en la eternidad que los esperaba. Matías puso el punto final, revisó algunos detalles y envió el fin de la historia al diario. Minutos después, a pesar de lo tarde que era, llamó a Lucía y le rogó que lo recibiera en su casa. Ella, notando que estaba afligido y que necesitaba desahogarse, no pudo negarse al pedido de su amigo.

Lucía esperó impaciente; por fin podría corresponder a las muchas veces que él, con su sereno silencio, la había escuchado quejarse de la vida, reconfortándola luego con sus sabias palabras. Él había sido lo más cercano al padre que nunca conoció, pero que siempre quiso tener. El timbre sonó sólo una vez y Lucía saltó del sillón para abrir la puerta. “Alex, ¿en qué puedo ayudarte?”, alcanzó a decir antes de caer fulminada por un certero balazo que le perforó la frente. Sin demora, él volvió a apretar el gatillo para darle alcance en la eternidad que los esperaba.