noviembre 11, 2006

Primerizos en la Tiquina



El par de adolescentes camina con paso nervioso, disimulando exageradamente un aire de “sólo estamos de pasada”. Miran todo lo que la calle les ofrece, como si nunca hubieran estado por ahí, aunque ya es la sexta vez, en menos de una hora, que recorren esa cuadra repleta de productos diversos, cosa que ya comienza a originar cierta suspicacia en los comerciantes informales que se han parcelado las aceras. “Mira estos llokallas –dice una vendedora de tangas– cada rato están vuelteando”. “Le diremos al seguridad –le responde su vecina, la de los cosméticos–, capaz son rateros”. Y los muchachos, sintiéndose observados, aumentan aún más el histrionismo del disimulo, preguntando, sin tener conciencia de lo que hacen, reacción defensiva ante la vigilancia informal: “¿Cuánto están las tanguitas?” La vendedora los mira chueco, su desconfianza no ha desaparecido, pero más puede su instinto comercial, que le impulsa a responder automáticamente: “¿Cuálcita quieres, patroncito? De todo precio hay; mirá estita, con encaje, suavita es, 30 pesitos nomás sale. Esta otrita también tengo, más baratita, mirá, atocá nomás, imitación seda es, brasilera, a 20 te lo’hey de dejar”. Sin otra salida, los críos ven sus manos repletas de tangas multicolores S, M, X y XL, y se las pasan entre ellos, comentando con fingida naturalidad las bondades de cada prenda, mientras la sangre se aglomera en sus rostros y comienza a quemarles las mejillas. La vendedora, con la típica impaciencia del comerciante urbandino, vuelve a arquear las cejas a tiempo de gritarles: “¿Van a comprar o no? ¡Todito me lo están desordenando!”.

Las cosas comienzan a salirse de lo planeado; se alejan del puesto con sendas tangas en los bolsillos, caminando rápidamente para alejarse de las risitas que, en su paranoica huida, se han transformado en carcajadas acusadoras. Llegan a la esquina, cruzan a la acera del frente, la de la plaza Alonso de Mendoza, y se detienen, temblorosos, para recriminarse mutuamente. “Bien cojudo eres, para qué le has preguntado”. “Es que nos estaba vichando jodido, había que disimular”. “Nada que ver, sin motivo te has meado; por tu culpa hemos perdido 40 pesos”. “Yaaaaa, si más bien le he hecho rebajar, vos ya estabas pagando calladito”. La discusión continúa por algunos minutos, hasta que, ya relajados, comienzan a ver el lado graciosos del impase. “Grave se ha rayado la vieja, su cara parecía mocochinchi”. “¿Qué te has comprado vos? A mi me ha dado una de gordas”. “Ni me he fijado. A ver, yaaaaaa, mirá, con corazoncitos me había agarrado”. “Guardala, cojudo, nos están chequeando”. “Y quép’s, para mi ñata puede ser”. “Yaaaaaa, como si tuvieras ñata”. “¿Y acaso las gentes saben?”.

Repasan el plan nuevamente y se comprometen a cumplirlo de una vez por todas. Comienzan a bajar la cuadra, asumiendo el airecito de “sólo estamos de pasada”, teniendo mucho cuidado en ocultar la cara cuando pasan por el puesto de las tangas. Doblan a la derecha y entran a la Tiquina, breve calle que se ha convertido en pasaje peatonal, pues el comercio informal pudo más que los reglamentos municipales. Actúan según lo convenido, mirando sin mirar, tratando de ubicar el puesto que no tenga compradores. Al parecer, la suerte está con ellos: al lado de un vendedor de cables, han divisado un puesto sin clientela. Aceleran el paso, eludiendo cuerpos mulit/pluri que forman la multitud que congestiona esta calle. Se detienen en el puesto de cables y comienzan a preguntar por el precio de este y de aquel, mirando de reojo al puesto vecino, aún carente de interesados, en cuya tarima se exhiben revistas pornográficas de todo calibre. Uno de los changos, diciéndose a sí mismo “ahora o nunca”, desliza sus pies, centímetro a centímetro, hasta ubicarse frente al cuarentón obeso que regenta esa pequeña isla del sexo gráfico. En voz baja, casi balbuceando, mordiéndose la lengua con cada palabra pronunciada, debido al temblor que ha atacado a sus mandíbulas, mirando sin mirar, pregunta: “¿A cuánto están las revistas?”. El gordo, que no ha escuchado nada o, si lo ha hecho, no ha entendido ninguna palabra, yergue su cuerpo desde la minúscula banca –que una vez liberada del peso y volumen de cincuenta y seis quilos de nalgas, ya es visible y digna de reconocimiento– para acercarse al nervioso adolescente y gritarle un sonoro “quéeee”, obteniendo por respuesta un tímido índice apuntando hacia las revistas, gesto acompañado por un, tímido también, aunque esta vez más nítido, “cuánto”. El gordo, ajeno a las vergüenzas de la pubertad, tal como la tanguera había hecho antes, colma las manos del muchacho con una decena de revistas, explicando, a voz en cuello, con lenguaje tres equis, las características de cada una de ellas. Antes de verse implicado en semejante escena, el otro chango se aleja unos cuantos metros, dejando solo a su compañero o, mejor dicho, en compañía de las varias personas que se han reunido al rededor del puesto luego de que hubieron escuchado el marketing hardcore del gordo malicioso que, de no ser porque perdería un cliente, ya se hubiera despanzado de risa por la situación en la que ha metido al nervioso primerizo.

No hay posibilidad de escape, está rodeado por varios voyeuristas que levantan las revistas sin recato alguno y las hojean, desplegando, en las que la tienen, la página central para ver la fotografía tamaño póster de una pelada siliconeada. Ni se fija en la revista con la que se ha quedado, sólo atina a preguntar el precio y pagar el monto demandado. Sin embargo, a pesar de que el negocio ya ha sido realizado, el gordo no piensa privarse de una buena anécdota; entonces, simulando discreción, casi al oído, le dice al chango: “Tengo unas revistas con colegialas paceñas, ¿no quieres llevarte una?, te la doy a mitad de precio, para que seas mi casero”. Y el comprador debutante, cuyo nerviosismo no le impide imaginar desnudas a la Mary o a la Cuca, conocidas ninfómanas de su escuela, contesta sonriente, “ya”, animado por la calentura que alimenta su esperanza de ver ese par de cuerpos en las revistas ofrecidas. Pero la sangre, que por unos segundos había descendido de su rostro a su miembro, retorna presurosa a los cachetes del púber para dar color a la palidez que adquirieron cuando el gordo desgraciado, al ser aceptada su propuesta, gritara energúmenamente, mirando al revistero de la acera opuesta: “Oyeeeeees, Panchooooo, pasame las pornos bolivianaaaas, este chango quiere unaaaa”. Y el Pancho, dándose cuenta de la movida, con tono serio, gritara en respuesta: “¿Acaso es mayor de edaaad? A veeeer, que muestre su carneeet”.

“Y vos de qué te ríes, cojudo”, grita el crío, ya no colorado por la vergüenza, sino por la rabia que le ha producido ver a su cuate destornillándose de risa, sumando sus carcajadas a las de los espectadores coyunturales del chascarrillo malaleche ideado por el gordo. El joven Judas, sorprendido en su felonía, comienza veloz escape al advertir que el otro chango tiene un nosequé en la mirada, pero que supone es un irreprimible deseo de callarle la risa a puñetes. La persecución se extiende a lo largo de muchas cuadras, hasta que, jadeantes, ambos se detienen a la altura del Obelisco y se sientan en las graditas del correo para dar descanso a sus cuerpos y sus nervios. “Maricón de mierda, ¿por qué me has dejado?”, inquiere el que ha consumado el plan. “Yaaaaa, ¿acaso me he ido? Si a tu ladito estaba”, responde el traidor y recibe un revistazo en la cabeza. “Ya, che, no te rayes, disculpá, es que me ha hecho asustar ese gordo cuando ha gritado”. “Eres un marica, nunca más voy a venir contigo”. “Ya pues, no te rayes, más bien mostrame la porno; a ver, ¿cuál has comprado?” “Ni–ca–gan–do, huevoncito. Ahora te jodes, sólo yo la voy a chequear”. Y el otro seguirá con la rogadera y las disculpas por más de una hora, hasta que, dándose cuenta de la firmeza del amigo, hará explicito su resentimiento, diciéndole: “Metete tu revista al culo, pajero de mierda”.

En fin, una peleíta normal entre adolescentes. Ya se abuenarán al día siguiente y programarán otro safari pornográfico, en el que, mucho más cancheros, hojearán las revistas sin vergüenza ni culpa, regateando el precio de las que comprarán y serán compañeras nocturnas durante sus fantasiosas, ardientes y solitarias noches de pubertad.

16 comentarios:

  1. Jajajaja!! excelente, que buena historia... me pregunto ¿por que son así algunos vendedores cuando se compran cosas "intimas"? La otra vez fuí a la tienda a comprar pan creo y había una changuita súper avergonzada que quería comprar toallas higiénicas y la cholita que vendía, parecía que se hacía la que no la escuchaba, y la pobre, chiquita no sabía como disimular...

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  2. Ja, recuerdo la primera vez que compramos, mi primo y yo, una revista porno. Algo muy parecido a la historia jeje. Llega el desgraciado de gary y me dice: che, me lo he charlado a un don de la terminal y me va a vender una porno buenísima a veinte pesitos, me prestas cinco? y bueno, por la curiosidad de verla accedí, y fuimos a la terminal. el librero igual se desternillaba las mandíbulas de la risa junto a su esposa (esa era la parte fea jeje) y al final nos vendió una pent-house con una portada algo rara (con los años descubrí que eso era fetichismo) Igual, como gary era el accionista mayoritario se la llevo él a su casa, y lo más gracioso, es que el desgraciado la ocultó bajo su cama y que a los días su madre al tenderla la encontró, y el muy cobarde dijo que era mía y que yo se la había dado jaja, fue muy cómico... (teníamos creo que 12 años).
    Bueno, jaja, esto ya parece otro post.
    un abrazo.

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  3. Ha!! Ha!!
    Ja,ja,ja,ja,ja!!!

    Si pues, creo que todos, no compre tangas, pero sí unas revistas y algunos videos... No está mal, es bueno... pero es cosa chistosa, me acuerdo que cuando estaba en Intermedio llevé unas revistas para pervertirlos a todos...!!!

    Ja!! que loco... pero es hasta saludable.. siempre y cuando no haya excesos... algo así de dar vueltas por ahí todos lso días...


    PAX!!!

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  4. jajajjajaja!!!! las tangas, jajajajja!!! me hizo acuerdo a mi época de secundaria. Todas ya en 2º medio era normal el uso de las tangas, pero sin decir a nadie porke era colegio de monjas. Entonces uno de estos días de harto viento en santa cruz todas las ke estabamos con tangas fuímos a resguardarnos del viento excepto la odiosa de Heidi ke para risa de todos, traía unos matapasiones color verde del ke nos estuvimos riendo por años.

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  5. Ya que estamos con anécdotas....me toca. 2:08 pm, boletería cerrada del cine Scala, pero éramos los primeros. Faltaban 15 minutos para la función, la fila de gente llegaba hasta la calle, nosotros, con la certeza de pasar desapercibidos nos situamos entre los 15 primeros. Boleto y taquilla en la diestra, lentes de cartón en la siniestra; no podíamos perdernos el estreno de la primera película porno 3D. Willy logra el acometido y se adelanta a grandes zancadas, llega mi turno y el boletero mascatrapo me pide algún documento que demuestre mi mayoría de edad, ese momento utilicé el viejo truco de buscar en la billetera y decirle que lo había olvidado. La gente empieza a abuchear la demora y se acerca Willy, tragándose la risa le dice: Soy su tío, está conmigo. GLADYS, devolveles su plata a estos changos.

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  6. Warikasaya: Sí, pues, hay personas boludas que no respetan las vergüenzas ajenas. De hecho, los(as) farmaceúticos(as) son una mierda; cada que aprece un chango a comprar preservativos, se esmeran en convertirlo en su payaso.

    Marco: Algo similar me pasó con un amigo. En fin, yo también culpé a muchos otros por huevadas más graves. Cuando hay que salvar el pellejo, sólo se piensa en el de uno.

    Jota-b: Yo le robé las Playboy a mi viejo, eran del año 60 creo, y corte las fotos más buenas para venderlas a mis compañeros. Buena platita gané.

    Pulga: Ja ja ja! "Matapasiones". Hace rato que no escuchaba esa palabra. Una maravilla tu colegio.

    Humito: ¡Pendejo! Yo iba a contar esa anécdota en otro post. De todos modos lo voy a hacer, porque, como tus neuronas ya son pocas, tu memoria ha abreviado la historia jodidamente.

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  7. Ya me imagino a mis retoños dentro de unos años en esos afanes. Prometo hacerme la sonsa si encuentro una de esas revistitas por ahí.

    Sobre lo que contaba Warikasaya, es cierto. Cuando era adolescente e iba a la tienda a comprar tohallas higiénicas me daban el paquetito envuelto en papel periódico como si fuera un artículo de contrabando.

    Cambiabdo de tema: así que caserito del cine Scala no? ajajá.

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  8. jajajajajajaja, pues si, la toallas como siempre en papel periódico... patético!

    jajajaja, las tangas... se debe enfatizar la forma de marketing de los vendedores de ropa interior al mostrar en especial la ropa interior de varones con aumento... jajajaja

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  9. jaaaa...claro que todos hemos pasado por lo mismo,sin embargo mi an{ecdota es incompleta porque mi frustracion juvenil es no poder nunca haber comprado una penthouse,aunque la llevaban a montones al colegio.Mi primera peli prohibida,en realidad unas pornochanchadas de pacotilla con tres pares de t...al aire, la vi a mis 13 años,me fui en tanda con un cuate al cine illimani de villa victoria o por ahí.recuerdo los títulos:cinco virgenes en una isla y la otra aventuras de un lechero...al final de tanto jadeo logramos entrar con las b... en el cogote.Lo único que recuerdo es la sensación final:tanta joda para semejante huevada.

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  10. Pues es una sabia decisión respetar la intimidad de tus hijos, Cápsula. Ah, y no era caserito del cine Scala, sino del Princesa. Yaaaaaaaaaaaa. En realidad, cuando era menor de edad, siempre quise entrara a un cine porno, pero nunca me lo permitieron; cuando cumplí 21, perdió la gracia, pues ya no implicaba una transgresión.

    Utaaaa, Sakura, yo no conocía esa ropa interior. Pero qué huevada, las minas deben sentir lo mismo que nosotros cuando nos damos cuenta que el sosten es más esponja que tela y los senos más ausencia que presencia.

    Suerte la tuya Hollbrock, que pudiste realizar la transgresión, así haya sido una cagada la peli. Yo, ni falsificando carnet lo conseguí.

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  11. Me han encantado tus historias, me han hecho recordar las calles de mi ciudad Felicidades!
    Oh linda La Paz cuanto te extraño!

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  12. Qué bueno, Claudia, para algo ya sirve este blog. Bienvenida y gracias.

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  13. Wilfred, Wilfred... o este es un caso serio de Alzheimer o simplemente se trata de memoria selectiva la que guía tus palabras. Es que acaso no recuerdas el cine que quedaba un poco más arriba del Cementario General? Una escapada que nos dimos cuando púberes a ver una película sobre Mata-Hari??? Ja, ja, ja, ja ...yo creo en definitiva que lo tuyo es memoria selectiva, nos cheque carnal, ah! y aprovecho para volverlo a decir: qué orgullo es ser tu cuate! Felicidades!!!

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  14. brindo por las mujeres y las tangas y los matapasiones, el rubor de las nenas en el cine porno de la villa victoria (al lado del "spaghetti disco" era el CINE LUX), en la tiquina compre mis primeras pornos, y de la tiquina me cargue la primera loca...

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  15. ¡Utaaaaa! Bis, me había olvidado completamente de eso. Tienes razón, che; o sea, he sido un transgresor, al fin y al cabo. Gracias, broster.

    Perverso, la Tiquina es la calle de la iniciación para cualquier cholo que se respete. Bienvenido.

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  16. parece que es mi autobiografia ,buena la anegdota

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