Minificciones III
En la retaguardia
“Usted, Iriarte, quédese aquí y cave una trinchera de veinte metros”, le había ordenado el sargento antes de partir con el resto del pelotón para intentar retrasar el avance del enemigo. Él, sin dilación alguna, emprendió la tarea con entusiasmo, contento por no haber tenido que arriesgar la vida en la refriega. A medida que avanzaba su labor, llegaba a sus oídos el eco de disparos distantes, confundidos con el griterío aterrador de los heridos. Lamentaba la suerte de sus camaradas, pero, precisamente por eso, disfrutaba cada paleada de tierra.
Al final de la tarde, Iriarte terminó su faena. Salió de la zanja para poder apreciar mejor su obra. “El sargento va a quedar satisfecho”, pensó, creyendo que había cavado una magnífica trinchera; sin embargo, un francotirador se encargó de sacarlo del error: mientras se desplomaba, se dio cuenta que había cavado una desmesurada tumba.
La apuesta
“Dos”, dijo con seguridad y recibió el par de naipes. Sin llegar a desprenderla por completo de la mesa, vio que la primera carta era un rey de corazones. Aunque estaba entusiasmado, su apariencia y actitud no se alteró en lo más mínimo. Levantó apenas un extremo de la segunda carta y descubrió el rey de espadas. Ya no tenía por qué contenerse: volteó sus cinco naipes sobre la mesa y se paró gritando jubilosamente: “Te gané, mierda, te gané”. Su esposa lo miró con indulgencia y suspiró profundamente antes de decirle: “Bueno, pero es la última vez que apostamos quién lava los platos”.
Caso resuelto
Cuando tenía cuatro años, Martina por fin pudo pararse sobre una silla para alcanzar la jaula del canario. Sacó al animal con delicadeza y fue corriendo hasta el baño, donde lo sumergió en el inodoro hasta que se percató que el ave ya no se movía. Luego de un tiempo, le tocó turno al gato; después, al perro, claro que con distintos métodos de tortura. Sus padres, advirtiendo el talento natural que tenía, decidieron alentarla y, sobre todo, profesionalizarla. Así, la inscribieron en una academia de artes marciales, le consiguieron un profesor de esgrima y, cuando tuvo la fuerza necesaria como para disparar con firmeza un arma, comenzaron a llevarla al polígono de tiro para que perfeccionara su puntería. Obviamente, no descuidaron las clases de actuación, pues estaban concientes de que un asesino profesional debía ser un artista del disfraz.
La población, atónita y espantada, se enteró de todo eso cuando la policía reveló los detalles del caso que, tras varios meses de investigación, había llegado a resolver. Con diez años de edad, Martina ya había adquirido los conocimientos necesarios para comenzar a ejercer su oficio. Su padre renunció al trabajo para dedicarse por completo a manejar la carrera de su hija. Sabía que ella generaría bastante dinero y no estaba dispuesto a compartirlo con su esposa; por eso, diciéndole que debía demostrar su frialdad y profesionalismo, le encargó a Martina que matara a su madre y le dio una muñeca nueva como pago. La niña, feliz por la muñeca, aceptó el trabajo sin dubitación y se fue a jugar al patio. Tarareando una melodía infantil, acomodó la muñeca en la canastilla de la bicicleta que su mamá, horas antes, le había dado al contratarla para deshacerse de su esposo. Más tarde, después de un normal y ameno almuerzo familiar, mientras sus padres dormían la siesta, Martina canturreaba “ta, te, ti, ta, te, to, ta, te, tu, el que use serás tú”, marcando el ritmo con los toquecitos que su índice daba a los cuchillos sucios del fregadero...