diciembre 26, 2006

Noche de estreno

El cuerpo está colgado de un poste. Es el único poste que aún alumbra, lo cual produce un extraño efecto: parece que el cuerpo estuviera flotando en la oscuridad de esta plaza. Una cuerda gruesa, de las que usan los cargadores, lo sostiene por el cuello. El rostro no está morado, lo que delata que fue colgado después de morir. Completamente desnudo, el cuerpo muestra un sin fin de moretones y rasmilladuras. La cara deforme, signo inequívoco de que fue golpeado brutalmente. En la boca, completamente abierta, le han introducido sus órganos genitales. Mucha sangre coagulada en la entrepierna. Recibió el castigo que la turba da a los violadores. Ya no hay gente por el lugar. Al pie del poste está un documento de identidad, probablemente el del difunto, donde, haciendo un esfuerzo, pues la sangre lo ha manchado, se puede leer un nombre: “Francisco Gabriel Vargas Mejía”.

19/04/03
Este feriado ha estado bien nomas. Las prosesiones me gustan mucho, siempre hay chicos apretados, ni siquiera se dan cuenta que los estoy tocando. También lo he visto al Pancho. Está bien rico. ¿Será sierto que se vende? Si fuera así, tengo que ahorrarme platita. Pasado mañana es mi cumple, seguro me van ha dar unos 50 pesos, me los tengo que guardar. Pucha, 14 años y virgen todavía. El Raymundo (inmundo) me a contado que el a sus doce ya estaba bien matrero. Pero con ese yo no me meto, además nisiquiera se le debe parar, solo le gusta hacerse dar. Con el Pancho debe ser bien. Me voy a guardar lo de mi cumple, porsiaca.


Francisco Vargas, más conocido como el Pancho, salió de su casa, denotando cierta dificultada al andar, para encontrarse con su madre, a quien le había prometido acompañarla en la procesión de Semana Santa. Seguía medio atontado por los alcoholes de la víspera. No era su costumbre beber, pero fue la única forma de calmar el dolor que tenía en el recto. Imposible visitar a un médico, le daba vergüenza. En unos días se le pasarían las lastimaduras, pero iban a ser días en los que no podría llevar dinero a su casa.

–¿Te gusta?
–Parece que no escucha, mi teniente.
–Conque haciéndose al sordito, ¿no? ¡Más adentro!
–Aaaaaay mierda...
–Malhablado el putito. Respondé, carajo, ¿te gusta?
–Feliz debe estar, mi teniente.
–Claro pues, tan grande, tan duro, así le debe gustar. ¡Más adentro!
–Noooo... aaaaaaaaay... aaay...
–Respondé, ¿te gusta? A ver, cabo, hágale responder.
–Su orden, mi teniente. Ya pues putito, tienes que decir “me gusta, rico es el bastón policial”. A ver, repetí: “me-gus-ta-el-bas-tón-po-li-cial”. ¿Sordo serás? No seas cojudo, repetí y te dejamos tranquilo. Parece que no escucha, mi teniente.
–¡Más adentro, carajo!
–Ayayaaaaayyyy... Me gus... me gusta el bas... bastón policial.
–Irrespetuoso el puto este. Enséñele, cabo.
–A ver putito, no seas sonso. Fácil es: “me gusta el bastón policial, mi teniente”. Así nomás es.
–Para que aprenda, ¡más adentro!
–Aaaaaaaayyyyyy, ya no, ayyy...
–Repetí bien pues, entonces.
–Me gusta el bastón po... policial, mi teniente.
–Ajá, ya que le gusta, ¡hasta el fondo!
–Aaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyy...

30/04/03
Me han confirmado que el Pancho es puto. Y no cobra mucho. Según el viejo Farías, cobra 100 pesos si lo montas y 70 si él pone el chorizo. Ese viejo asqueroso, queriendo meterme mano. Le he dicho que nunca. Ya vas a estar viniendo, cuando quieras para tu cine, me a dicho el desgrasiado. Por diosito que nunca. Ay Panchito, ya tengo 70. Pero como le voy a decir. ¿Y si se niega? Ojalá que no. Tenerlo dentro de mi, pucha que va ser rico. Ya no voy a ser virgen y hasta por ay consigo pareja. Por ay le gusto al Panchito. Ay diosito, ayudame pues.


Se había comprado una camisa nueva, muy cara. Tenía que estar bien vestido, así atraía a más clientes, además que quería conquistar a una chica que había conocido en la universidad. Con un par de libros bajo el brazo, caminó hasta la avenida tratando de no arrugar la manga de su nueva adquisición. Subió a un micro y detrás de él subió también Jacinto, más conocido como el Toti. Francisco se sentó en la última fila, Jacinto, a su lado. El Pancho y el Toti: diez años, quince centímetros y veintidós quilos de diferencia. El adolescente, un tanto nervioso, miraba de reojo al Pancho, como buscando un contacto visual que le diera pie para hablar algo. Inútil, Francisco tenía la mente puesta en otro lugar. La chica era especial, no tanto en lo físico, sino más bien en su forma de ser; era, como coloquialmente se dice, una chica de su casa.

–¿Ya lo han registrado al tal Pancho?
–Sí, mi teniente. Pero el doctor medio que ha estado molestando, preguntando que por qué tiene esas heridas. Lo han debido violar, yo le he dicho.
–Estos doctorcitos, siempre hechos a los defensores. ¿Y el Pancho no ha dicho nada?
–Nada mi teniente, pero colorado estaba, no sé si de rabia o de vergüenza.
–Qué va a ser de vergüenza, tremendo puto. Quién lo imaginaría, y tan hecho al pendex que era.
–¿Usted ya lo conocía?, mi teniente.
–Sí, él debe ser unos tres años menor que yo, éramos vecinos. Su padre tenía un negocio de no sé qué cosa, tenían plata, pues. Siempre nos miraba de arriba el Francisco, no le gustaba que le digan Pancho, se emputaba.
–De cómo se habrá vuelto puto, ¿no?
–Siempre ha debido ser marica, pero yo creo que ha empezado a cobrar cuando su padre se ha matado. Parece que tenía deudas el viejo.
–Que pena, ¿no?
–¡Ninguna pena! A los degenerados no hay que tenerles pena, y menos a estos que se creen mucha cosa.
–Cierto, mi teniente.
–Bueno, lo importante es que ya está registrado. ¿Le han dicho que tiene que hacer su control médico cada quince días?
–Sí, mi teniente, pero creo que no va a ir, nada nos ha respondido.
–Tienen que averiguar. Si no va, vamos a tener que charlar con él otra vuelta.
–Su orden, mi teniente.

Una señora ha llegado hasta el poste donde cuelga el cuerpo. Algunas personas la acompañan y tratan de calamar sus arranques de histeria. Un vecino se ha aproximado con una escalera, seguramente con el propósito de descolgar el cuerpo. Sin embargo, y a pesar de los ruegos de la señora –probablemente la madre del difunto–, algunas voces se han pronunciando indicando que se debe esperar el arribo de la policía. Es lo más prudente dadas las circunstancias. La señora ha quedado postrada al pie del poste y sus acompañantes han formado una especie de corral alrededor de ella. Ninguno levanta la cabeza; así, el cuerpo, a pesar de la compañía, permanece sólo, aislado.

05/05/03
No me animo a decirle al Pancho. Pucha, lo peor es que me gusta arto. Quisiera que no me cobre, que lo haga por gusto. Pero mañana me voy a animar, como sea. Según el Raymundo (inmundo), es mejor que de frente le diga, ¿cuanto cobras?. Pero me da no se que. Igual le voy a hablar. Poco a poco le voy a ir gustando. Ojalá mañana pueda escribir contando como había sido el cuerpo del Pancho. Diosito, ayudame.


El timbre despertó a Francisco. Tardó bastante en darse que cuenta que no era el despertador el que lo sacaba de su profundo sueño. Sólo se puso un pantalón y salió a abrir la puerta con desgano. Se topó con la infantil figura del Toti, que viéndolo con el torso desnudo se puso muy nervioso y apenas pudo articular un “hola”. Francisco recordaba haber visto alguna vez a ese mocoso por el barrio, pero ni se imaginaba la propuesta que iba a recibir de él. El Toti, reponiéndose de la impactante visión, repitió, casi de memoria, lo que durante toda la noche había planeado decir.

06/05/03
Es un hijo de puta. Que se creerá. No ha querido, ni siquiera por 100 pesos. Y es un mentiroso, hecho al que no se mete con menores, pero el Raymundo ya me había contado que con él ha estado varias veces. Además, yo lo quiero. No, mentira, lo odio, ahora lo odio. No debia decirle que lo quería. Se a reído el estúpido. Ya le voy a demostrar que no soy ningún feto. Juro por Dios que me voy a desvirginar bien pronto. Dando o recibiendo, no importa. Como sea, ya va a ver. Yo soy un burro, como me voy a fijar en ese animal. Solo es un puto, ni siquiera es tan lindo.


El Toti no podía contar su fracaso, imposible, Raymundo se habría reído de él tanto o más de lo que río Francisco cuando le declaró su amor. Era mejor decir que todo estuvo muy bien, que habían concertado otra cita, esta vez sin dinero de por medio. Y luego, que iban al cine, que Francisco lo recogía del colegio y lo llevaba a tomar helados, que pensaban escapar juntos para amarse sin esconderse. En unas semanas, de acuerdo con el Toti, Francisco estaba tan enamorado de él que pronto dejaría de venderse para ser suyo exclusivamente. Y como el barrio era pequeño y Raymundo un lengua suelta, la historia de ese amor prohibido llegó a oídos de Francisco. Al principio no le dio importancia, consideró que eran fantasías de ese chiquilín; pero luego, cuando se percató de lo peligroso que podía ser si esos cada vez más crecientes rumores eran creídos por más personas que Raymundo, decidió ponerle un alto. El remedio fue peor que la enfermedad. Francisco fue a la casa del Toti, le habló muy seriamente de lo que podría acarrear su mentira y le pidió, en un tono medio amenazador, que dejara de inventar cosas. El chiquillo, al parecer asustado, juró no seguir con sus fantasías, pero cuando se fue Francisco, Raymundo, que había estado espiando desde su ventana, corrió a la casa del Toti para averiguar el porqué de la discusión entre los enamorados, y la febril mente del adolescente fabricó una respuesta inmediata: “no fue nada, sólo está celoso por lo que hablo contigo”.

29/05/03
Soy un bruto, he pensado que el Pancho ha venido a verme, a pedirme perdón. Pero ese Raymundo se pasa de hablador, seguro a todo el barrio a contado las cosas que le he dicho. Que me importa. Mejor que todos piensen que estoy con el Pancho. Pero igual sigo virgen, ya no se que hacer. Pero de esta semana no pasa, juro. Mi vecinito es un buen candidato.


–Qué quiere, ¿no ve que estoy ocupado?
–Disculpe, mi teniente, pero creo que es importante. Es sobre el putito del otro día.
–¿Qué pasa con ese marica?
–Ha venido uno que dice que es su amigo para informar que el Pancho va a maltratar a un menor.
–¿Cómo es eso?
–No le he entendido muy bien, mi teniente, sería mejor que a usted nomás le hable.
–Hágalo pasar.
–Su orden, mi teniente.
–A ver, ¿qué pasa con tu amiguito?
–Loco parece, señor, bien furioso estaba, con ganas de matarlo a un chango que había hablado macanas de él.
–Yo también tengo ganas de matarte a vos, pero no por eso me van a denunciar.
–No pues, señor, esto es grave. El Pancho nunca es así, siempre es bien tranquilo, todo se aguanta. Pero este chico, el Toti, ha estado diciendo que el Pancho se lo monta cada vez y eso lo ha puesto furioso.
–Ajá, ya sé lo que pasa, vos estás celoso, ¿no?
–Cómo pues. Yo no soy ningún marica.
–Entonces qué te importa con quién se revuelca el Pancho.
–No me importa, señor, pero esta vez él no ha tenido nada con el chango, por lo menos eso me ha dicho. Él dice que no se mete con menores.
–Ya, o sea que este pendejito se está tirando a niños.
–Tampoco es tan niño, ya debe andar por los quince. Además, como le he dicho, el Pancho dice que no es verdad y por eso se ha enojado grave.
–Ya vamos a averiguar si es verdad o no. Si el río suena es porque piedras trae.
–Está bien, luego van a averiguar. Pero el Pancho estaba furioso. El Raymundo parece que le ha contado lo que el chango está diciendo por ahí...
–¿Quién es el Raymundo?
–Es un mariquita que siempre ha estado tras del Pancho, pero no tiene plata para pagarle. Además es amigo del Toti, parece.
–¿Y quién carajos es el Toti?
–Es el chango, pues, el que ha estado inventando sus amores con el Pancho.
–Ya, ya. Con que este barrio había estado lleno de maricas. Ahora, ¿cuál es lío?
–Ya le he dicho, el Pancho lo quiere matar al Toti. “Tanto que quiere, le voy a partir el culo a ese feto”, me ha dicho. “Como los policías me han hecho, igualito le voy a hacer, para que aprenda a no estar inventando huevadas”. Y se ha ido a buscarlo al Toti.
–Vos qué tiene que hablar de los policías, nosotros no hacemos nada a nadie, ¿me entiendes?
–Perdón, señor. Yo sólo le repito lo que el Pancho me ha dicho.
–Pues no repitas huevadas. Mejor decime dónde vive el tal Toti.

Siempre había sabido contener sus impulsos, eso era indispensable para llevar la vida que llevaba; sin embargo, esta vez Francisco no pudo contenerse. Ya le había advertido al mocoso que dejara de esparcir falsedades por el barrio. No era un juego de niños, sus palabras podían acarrear problemas muy serios, sobre todo si los padres del Toti llegaban a escuchar los rumores. Mientras caminaba hacia la casa del muchacho, no sabía qué iba a hacerle o decirle. Si bien su primera idea fue encajarle un palo en el recto para que se diera cuenta de que con él no se jugaba, luego pensó que quizás lo mejor sería darle gusto por una única vez, para por lo menos dejarlo calmado. De todas formas, debía ser duro, incluso llegar a golpearlo, un par de sopapos a lo mucho, para que el Toti dejara las habladurías. Con esas ideas en mente, llegó a la puerta y golpeó con fuerza unas seis veces hasta que el muchacho abrió.

La policía ha acordonado el lugar del linchamiento. Se ha confirmado la identidad del difunto: Francisco Vargas, alias el pancho, veinticuatro años, estudiante universitario, trabajador sexual recientemente registrado. Su madre, que entre desmayos clamaba por justicia, fue trasladada a un hospital cercano. El cuerpo ha sido descolgado. En el suelo luce menos grande. Las intermitencias azules de las luces policiales, mezcladas con la tenue iluminación del poste, hacen surgir muecas en el desfigurado rostro. Un teniente, casi con desgano, toma apuntes en una pequeña libreta: “Al parecer, el menor víctima de la violación se dio modos para señalar hacia dónde había corrido el violador. Los padres de la víctima, acompañados por unos parientes, amigos y otros curiosos, que en estos casos siempre se suman a la turba, sorprendieron al violador cuando trataba de ingresar en una vivienda vecina, seguramente con el propósito de esconderse. Según los pocos testigos (todos menores de edad, por lo que su testimonio no será de gran ayuda), Francisco Vargas gritaba que él no fue (lo mismo dicen todos los maleantes), pero la muchedumbre no prestó oídos a sus mentiras y procedieron a escarmentarlo cruelmente. Su martirio no ha debido durar más de veinte minutos.”

04/06/03
Por fin. Ya estoy estrenado. Que rico habia sido. Aunque al principio me ha dolido un poco, pero luego a estado bien. Creo que ha sido un buen debut. Gracias diosito, pucha, me has salvado de una buena. Jodido me he asustado. Tanta gente gritando, con sus palos, sus chicotes. Como se habrán dado cuenta. Ha debido seguir llorando el feto. En otra me tengo que buscar a uno de mi edad, hasta con el Raymundo puede ser. Que feto llorón. Pero le he dado dulces para que no llore, tranquilito lo he dejado. Tan chango, ni siquiera habla bien, no ha debido poder decir nada. Como se habrán dado cuenta. Tres añitos nomás debe tener. Pero estaba bien rico, carnosito. Gracias diosito, vos seguro lo has mandado al Pancho. ¿Para que habrá venido? Bien pero, si no venía ese gil, creo que me mataban. Que le habrán hecho. Lo han debido chicotear grave. Seguro ya no me va querer hablar. Ni modo, el nomas se jode.

diciembre 25, 2006

Una buena despedida al 2006



Un gran año para los blogueros urbandinos; especialmente, porque nos conocimos las caras. Y la parrillada bloguera urbandina fue el corolario perfecto para cerrar una gestión que deparó tantas sorpresas agradables. En lo personal, y creo que esto también podría ser voz de todos los que asistimos a las reuniones blogueras, este espacio virtual tuvo la virtud de acercarme a personas diversas, pero todas excelentes, a muchas de las cuales ya considero como amigas.

Fue la mayor concurrencia de las reuniones blogueras (bueno, sólo han sido tres), e incluso recibimos la llamada del cumpa Marco, quien, curando el chaqui en Tarija, se sumo vía celular a la farrillada urbandina.

El chef, el viejo can, Perro Rabioso, se lució en la parrilla y ofreció a los presentes carnes y chorizos en el punto adecuado para cada gusto. Vania (Cápsula del Tiempo), Oso (Cicatriz), Paul (Ganjartek), Ale (Bolivia Eterna), Mauro (Levedad Ocre), Camila (Ambar Violenta), Ceci (Sakura), Vero (Conciobediencia), Willy (Estido) y Mario (Palabras Libres), además de varios lectores y comentaristas (Bis, Humito, Clau, Martín, Rosalyn), podemos dar fe de la habilidad del Perro.

Para rematar, llegó el Dani junto con un par de preciosas señoritas, miembros de su equipo de filmación, desde la Argentina, dándole el toque internacional a la velada.

Carnes, palabras, guitarra y, sobre todo, muchas ganas y buena onda, confirmaron que el movimiento bloguero urbandino va por buen camino. Estamos empezando, pero pronto tendremos resultados. No somos los más leídos, pero sí los más unidos. ¡Fuerza!

A todos los amigos y amigas, gracias por haber posibilitado esto; les deseo una feliz navidad y un gran año nuevo.

¡Salud!




















La próxima será en la casa del Can Colérico. Estén atentos.

diciembre 20, 2006

Parrillada Bloguera Urbandina



!!!Confirmadísima!!!

El sábado 23 de diciembre, nos juntaremos en la PARRILADA BLOGUERA URBANDINA. Quedan invitad@s tod@s l@s bloguer@s y los lectores comentaristas.

Lugar: Bajo Següencoma
Hora: 15:00
Cuota: Bs. 25.-
Chef: El Perro Rabioso

Para reservaciones o mayores informes, enviar un mail a la brevedad posible. estido@gmail.com

diciembre 19, 2006

Tomó al toro por las astas

Nadie sabrá que tu pecho
juntito al mío ha latido,
que disfrutamos instantes
de fascinante dulzura.
Nunca diré que hubo noches
que te adoré con locura,
nadie sabrá que en tus brazos,
borracho de amor, me quedé dormido
.
Félix Pasache


Con un fuerte empellón salió expulsado del departamento y la puerta se cerró tras de él con violento estruendo. Asombrado y furioso, se dio la vuelta para tocar el timbre desesperadamente. Lo que su dedo no conseguía, tal vez podían conseguirlo sus pies. Inútil esfuerzo. Ni con las tremendas patadas que amenazaron romper la puerta logró que alguien le abriera nuevamente. Pero de los departamentos vecinos sí salieron muchas voces, algunas llamándolo a la calma, otras mentándole a la madre y otras comunicándole, en tono más o menos serio, que la policía ya había sido notificada. Inútil esfuerzo también. Él no escuchaba nada, ni siquiera a sí mismo. Asombrado, furioso, exhausto, avergonzado, Gonzalo cayó de rodillas y rompió en llanto, mientras daba ligeros cabezazos a la puerta del 12–B.

El viernes 11 de abril hubiera sido un día más en la vida de Gonzalo Bilbao de no haberse encontrado un papelito que seguramente dejó en el taxi algún pasajero anterior. Era una invitación a la inauguración de una discoteca. “Canilla abierta hasta las 12:00”, fue lo que más le interesó. La suerte estaba con él. Toda la semana había sido terrible en el banco, ser cajero no es nada fácil, y ahora se le presentaba una inmejorable oportunidad para desestresarse. Llegando a su casa llamó a dos amigos para contarles que “me han invitado a la inauguración del Salsódromo, el dueño es mi gran cuate”. Todos de acuerdo y contentos. El plan ya estaba diseñado: emperifollarse, bañarse en loción, tomar unos tragos –o, lo que es lo mismo, tomar valor–, conocer mujeres y, si es que el repertorio de frases funcionaba, acostarse con alguna de ellas.

Faltando pocos minutos para las once de la noche, los tres amigos llegaron al Salsódromo. Gonzalo se adelantó para exhibir al tipo de la puerta la invitación que “su gran cuate” le había dado. Todo OK: entraron al paraíso. La voz de Elvis Crespo saturaba el ambiente, las meseras iban de un lado al otro llevando copas por docenas, luciendo unas ajustadas minifaldas que les asegurarían buenas propinas. Gonzalo retuvo a una, “Conseguime tres wiscachos, reinita”, le dijo, y ella con un guiño dio por aprobada la petición. Luego de una hora, ya con bastante alcohol/valor en el cuerpo, cada uno fue a conseguir lo suyo. Sus amigos no eran exigentes, fueron bailar con la primera que encontraron; pero Gonzalo, no. Él tenía que ligarse a una belleza, era su noche, la suerte estaba con él.

–¿Bailamos?
–No, gracias.
–Vamos, animate.
–Te dije que no.

Mala técnica. “Estas son medio refinadas. Habrá que hablarles lindo”, pensó. Y divisó a su siguiente presa, una morena ultramaquillada, con un escote que prácticamente no dejaba nada a la imaginación. Se puso un dulce de menta en la boca y se acercó con disimulo, fingiendo tropezar con ella.

–Perdón, no sabía que los ángeles tenían libre hoy día.
–¿Qué?
–Te digo que pareces un ángel.
–Y seguro te tropezaste con mis alas, ¿no?
–Ja, ja. Además de linda, con sentido del humor. ¿Te invito un trago?
–¿Y tienes para pagarlo?

Gonzalo prefirió pasar por alto ese pequeño desdén y demostrar su poder adquisitivo comprando una botella. Cuatro horas después, completamente borracho, trataba de robar un beso a Fatty –sólo sus padres le decían Fátima–, antes de embarcarla en un taxi.

–No Chalo, recién nos conocemos.
–Ya pues, sólo unito, para no olvidarte nunca, para quererte siempre.

A veces subestimamos el poder de las palabras. Si no fuera así, jamás diríamos algunas cosas que pueden llegar a convertirse en hechos. Fatty cedió, más por librarse del borracho que por gusto.

–Chau reinita, te llamo mañana.
–Bueno, chau.

Gonzalo durmió pesadamente hasta las tres de la tarde. Lo despertó el teléfono que chillaba sin tregua. Era uno de sus amigos para contarle de la maratón sexual que tuvo con una de las meseras. Y ante el inevitable “y a ti, qué tal te fue”, Gonzalo respondió, desde el fondo del corazón, “de perlas, viejito, de perlas”.

–Buenas tetas tenía tu negra, ¿duritas?
–Vos pareces un orangután en celo.
–O sea que no hiciste nada.
–Sí hice. La besé.
–Repito: o sea que no hiciste nada.
–Definitivamente eres un bruto. La besé, entiendes, la besé. Y con eso me bastó. Esa mujer me ha dejado en shock. Nunca me han besado tan rico. Es muy especial, realmente me ha gustado.
–O sea que no hiciste nada.
–Click.

Mientras se duchaba, Gonzalo recordaba a Fatty. Su pelo negro, rizado; sus ojos cafés, comunes pero muy expresivos; el escote, claro que sí; pero sobre todo, los labios, esos labios que fueron suyos tres segundos, que tatuaron en su corazón cinco letras, efe, a, te, te, i griega. Tenía que llamarla, salir con ella, besarla nuevamente, besarla tiernamente, sólo besarla, lo demás vendría luego, no había prisa, por primera vez no pensaba sólo en el presente, sino también en el futuro, en ese maravilloso futuro besando a Fatty.

Fátima (Nuestra Señora de), nombre de virgen. Fátima (Villa), nombre de barrio. Fátima (Fernández), nombre de hija. Fátima durmiendo, ¿soñando? Hace mucho que no soñaba, o por lo menos ya no prestaba atención a los sueños. Fátima despertando, pensando, recordando. Había sido una noche para ella sola. ¿Por qué no se lo trajo a dormir?, el tipo no estaba tan mal, se notaba que tenía un trabajo fijo, ingreso mensual, bien vestido, loción ordinaria, eso sí. Muy borracho. No quería estar con un borracho. No debía darle el beso. Pero si no se lo daba, nunca la dejaba ir. Qué importancia tenía, jamás lo volvería a ver. El timbre del teléfono la sacó de sus reflexiones.

–¿Fatty?
–Sí, ¿quién habla?
–Soy yo, Chalo. Nos conocimos ayer, en la discoteca de mi amigo.
Sorprendida. No estaba tan mal. Bien vestido, ingreso fijo.
–Hola, cómo está la cabeza.
–Más o menos. Tú no tomaste mucho, yo me tuve que acabar la botella.
–Es que no tenía ganas.
–¿Y será que hoy tienes ganas de tomar un traguito? Conozco un pub buena onda.
–No sé. Es que trabajo en una farmacia, hago los turnos de noche. Ayer era mi día libre.
–Entonces podemos ir al cine o a tomar helados. ¿Qué dices?
Sorprendida. ¿Por qué no? No estaba tan mal.
–No sé, Chalo. Estoy muy cansada. Llamame más tarde y te aviso.
–Está bien. Te llamo a las seis.

De la película vieron sólo los primeros minutos. Luego besos, abrazos, manos velludas que buscaban lo que la noche previa el escote dejaba ver, manos delgadas que trataban de retener a las otras manos, más besos, humedad, erección, deseo, contención, ataque, defensa, más besos. Fin. Al salir, ella no quiso ir a comer, tenía que ir a trabajar. Gonzalo quería retenerla más, hablar más, conocerla más, contarle más de él, todo más. Pero el deber es el deber, “si no voy, me botan”, le dijo, “llamame mañana, tal vez pueda ir a tu casa en la tarde”.

El cazador cazado. Enamorado. Gonzalo Bilbao “de Fernández”. No pasó mucho tiempo y Fátima recibió un modesto anillo, señal inequívoca de que quería casarse con ella. ¿Lo quería? Tal vez sí, tal vez no. En todo caso, él no estaba tan mal. Ingreso fijo. Dos lágrimas y un “sí” completaron la felicidad de Gonzalo. ¿La quería? Sí. Trabajadora, linda, fogosa. Además, el matrimonio es sólo un papel, si no funciona, se lo quema. Fijaron el 14 de junio para realizar la boda.

–¿Estás seguro de lo que haces?
–Más que seguro, viejito, segurísimo.
–Pero apenas la conoces un mes.
–Un mes y ocho días.
–No jodas. Casarse no es un chiste. Qué dicen los papás de ella.
–No viven aquí. Pero Fatty ya les dijo y están alegres, vendrán para el matrimonio.
–Admito que ella es muy linda, pero si te quiere, no se va a escapar, pueden esperar un poco más.
–Para qué esperar. Mirá, tengo treinta y dos años, posibilidades de ascender en el banco, ella veintiocho y es farmacéutica. Podemos vivir en mi casa y todo arreglado.
–Muy bien, ya has tomado tu decisión, pero ni se te ocurra nombrarme padrino de algo, estoy sin trabajo.

Enamorado, sí; pero no por eso Gonzalo podía reprimir sus gustitos. Desde la primera vez, cuando tenía diecisiete, en un sucio cuarto, pequeñísimo, con esa gorda que sólo decía “¿ya está, cómo es, ya está?”, acudía periódicamente a cualquier lenocinio, claro que desde que ganaba dinero, buscaba a las mejores, las más jóvenes, las más complacientes, las que fingían gemidos, las que lo despedían con un beso. Y no por casarse tendría que poner fin a sus diversiones. De hecho, ya era más de un mes que no buscaba alguna compañía pagada, y si bien Fátima era lo suficientemente ardiente, las viejas costumbres no se pierden así de fácil, menos aún cuando son asuntos de sábanas.

Así, mientras buscaba en la sección de avisos clasificados del periódico algún local donde realizar la fiesta del matrimonio, se topó con la página rosa. Más de cien anuncios que prometían placer por distintos precios. “Chicas del oriente, 7 servicios por 50 pesos”; “Jóvenes universitarias, placer total, 70 pesos la hora”; “Realiza tus fantasías, 150 por dos chicas”; uno tras otro los fue leyendo, olvidándose del local, seducido por las fotos –extraídas de internet– de mujeres desnudas, “100% originales”, que adornaban los anuncios. No tuvo que pensar mucho, sus manos ya habían alcanzado el teléfono y estaban discando el número de un salón que ofrecía dos chicas por 100 pesos.

–Aló, llamo para averiguar los servicios.

Una sensual voz, que puso movimiento a la imagen del periódico, le contestó del otro lado.

–Bueno. La hora te cuesta 80 pesos. Si quieres dos chicas, tienes que aumentar veinte más. El precio incluye un masaje, una relación vaginal, una oral y una anal si es que le aumentas plata a la chica. ¿Te doy la dirección?
–Dictame.

Un edificio familiar, perfecto camuflaje para no ser molestados por la policía. Departamento 12–B. Ningún letrero en la puerta, nada que haga sospechar algo. ¿Se habría equivocado? –revisó el papelito en el que apuntó la dirección–, no, estaba bien, ese era el lugar. Tocó el timbre dos veces, esperó pocos segundos y le abrió la puerta un sujeto malencarado, aunque más pequeño que él.

–Vine por el anuncio del periódico.
–En este momento sólo tengo dos chicas disponibles, ¿las quieres ver?
–Es sin compromiso, ¿verdad?
–Sí. Si no te gustan, puedes volver más tarde, ya van a estar las demás desocupadas.
–Ya. Entonces las veré nomás.

Se sentó en un sillón para esperar la salida de las chicas. Pensó que le daba flojera ir a buscar otro lugar, o sea que se quedaría con alguna de las que salieran. El bulín parecía decente. Estaba limpio, música con bajo volumen, cuadros en las paredes...

–¿Fatty? ¡Fátima! ¿Qué significa esto? ¿Qué haces aquí?

Sorprendida. Una leve tonalidad rojiza apareció en su rostro. Se puso detrás de la otra, quien miraba al par de novios sin entender nada.

–¡Carajo, contestá! ¿Qué mierda haces aquí?

Asustada. Aferrada al brazo de la otra, casi lastimándola, muda súplica de protección, un “no me dejes sola” implícito en las uñas clavando la carne de su compañera.

–¡Fátima, respondeme! ¿Así que esta es la farmacia donde no podía ir porque tu jefe era muy renegón? Entonces esta puta debe ser tu tía, a la que no le gusta que recibas visitas.

Sólo sus padres le decían Fátima. Fátima (Nuestra Señora de), nombre de virgen. Fátima (Villa), nombre de barrio. Fatty (la), nombre de batalla. Prostituta desde los quince. Mujer de agallas, forjó su carácter en el catre. Un día libre a la semana: a veces dormir, a veces ir a bailar, como a la inauguración del Salsódromo, porque el dueño, su cliente, le había dado la invitación. A veces ligarse un tipo, a veces disfrutar de verdad. Fatty, la puta. Fátima, la novia. Qué era más fuerte: un mes de besos apasionados y un anillo bañado en oro con piedra falsa, o trece años de abrir las piernas y cinco mil dólares en el banco.

–¡Eres una Puta! ¡Hipócrita!

Descubierta. La Fatty, ¿acorralada en su territorio? Nunca. Trece años de manejar hombres, trece años de hurgar bolsillos, de escuchar historias, de secar lágrimas ajenas, de soportar borrachos. Cuatro abortos y un casi matrimonio. No estaba mal. El tipo tampoco. Sueldo fijo. Puta, sí, pero no para que se lo encararan de esa manera. Soltó a su compañera y tomó al toro por las astas.

–Y vos a qué viniste. ¿No que me querías?, ¿que me ibas a ser fiel siempre?, ¿que no ibas a estar con otra mujer nunca más?, ¿que nunca habías gozado tanto como conmigo?
–Sí, pero...
–Pero nada, eres un maricón, te faltan bolas. Si fueras un macho de verdad por lo menos me engañarías conquistando una mujer, no buscando putas. Así que no me reclames nada.
–Yo sólo vine a...
–Tú viniste a tirarte una puta, a engañarme, a pintarme los cuernos. Y claro, yo boluda, que te creía lo del amor, lo de la fidelidad, lo del matrimonio. Hipócrita de mierda. Andate de aquí, no te quiero ver nunca más.

Y se abalanzó contra él, empujándolo con vehemencia, ayudado por su compañera, quien no terminaba de comprender nada. Antes de poder reaccionar, ya había sido expulsado del departamento. Inútiles sus posteriores patadas a la puerta, su insistencia con el timbre. Sólo le quedó llorar de rabia, de amor, de vergüenza, arrodillado, marcando el ritmo de sus lamentos con golpes de cabeza en la puerta, saboreando moco, implorando, a esos oídos que se regocijaban dentro, “perdoname, Fatty, perdoname, nunca más te vuelvo a engañar, no me dejes...”

diciembre 16, 2006

Chuquiago Market: p'ajpakus farmacéuticos


La Plaza Pérez Velasco es el corazón de La Paz y, como tal, nunca duerme. No importa la hora, este lugar siempre está poblado. Por eso, con toda seguridad, en la Pérez y sus alrededores se han ubicado los miembros de un gremio muy particular, quienes, con labia sorprendente, intentan “pescar” a alguno de los miles de urbandinos que transitan diariamente por ese sector.

Los p’ajpakus no son sólo vendedores callejeros, son también inventores y fabricantes. Su habilidad oratoria va a la par con su ingenio; para ellos, todo tiene utilidad. Así, pueden convertir piedras en amuletos, alambres desechados en antenas semiparabólicas, o manteca rancia en ungüento milagroso. De acuerdo con sus respectivas especialidades, los p’ajpakus pueden ser clasificados en distintos grupos. En próximas entregas, iremos mostrando las características de cada uno; ahora, nos centraremos en los “p’ajpakus farmacéuticos”.

Hace algunos años, adquirió fama y clientela un señor de mediana edad que, rodeado de serpientes y lagartos, explicaba las virtudes curativas de la grasa proveniente de esos animales. Serpiente en mano, incitaba la curiosidad de los transeúntes y los invitaba a escuchar sus argumentos “sin compromiso”. “Acérquese nomás, no tenga miedo, caballero; joven, señorita, miren tranquilos, no hacen nada los animalitos; a ver, cholita, ven, vas a tocar la viborita”. Obviamente, la cholita no se animaba a estirar la mano; entonces, él se acercaba y, con disimulada dulzura, le decía: “Tranquilita, no hace nada, tocala nomás”. “¿Y si me muerde?”. “Qué miedosa, che; pero no importa, más luego te puedo mostrar otra viborita, esa no muerde, sólo escupe, ¿ya?”. Y la cholita, entre tímida y coqueta, respondía a la pícara propuesta con la ambigüedad de una risita fingida.

Cuando ya contaba con un nutrido círculo de curiosos, comenzaba su exposición, durante la cual manoseaba serpientes y lagartos, decapitaba lagartijas y se bebía su sangre, ofrecía ínfimas muestras gratuitas y, finalmente, repartía entre el público varios frasquitos del “poderoso ungüento de grasa de reptiles, elaborado sin químicos, con la receta ancestral de los pueblos selváticos”. “Agarre nomás, joven, sin compromiso; señora, tenga un frasquito, lea las indicaciones...”. “Para el reumatismo, la artritis, luxaciones, fracturas, esguinces, esto es lo mejor. Los médicos, para justificar las barbaridades que cobran, todo quieren enyesar; ¡macanas!, nuestros pueblos del oriente nunca han conocido el yeso y siempre se han curado totalmente sólo con la grasa de los reptiles de nuestras selvas vírgenes. Ahora, por un módico precio, usted, señor, tú, cholita, todos pueden llevarse este ungüento ancestral y ahorrarse el dineral que los matasanos cobran. Y es tan barato, porque sólo quiero recuperar la materia prima; yo no tengo fines de lucro. Anímense, no hay hueso que no cure, por más grave que sea la fractura...”. Con el atrevimiento de la adolescencia, una vez, cuando este p’ajpaku dijo “pregunten nomás, cualquier duda les voy aclarar”, le hice la pregunta que, seguramente, todos querían hacerle, pero nadie se animaba: “Si todo cura esta pomada, ¿por qué no se ha curado su nariz?”. Las carcajadas del público cesaron de golpe cuando él rugió intimidadoramente: “¡Silencio!”. “Mi nariz es así de nacimiento”, dijo a gritos, mientras agarraba con el índice y el pulgar el tabique desviado, quién sabe cuándo y en qué pelea de cantina. “Si a usted le parece fea, no me importa; así he nacido y así voy a morir; pero basta de macanas. Diez pesitos, nada más, diez pesitos cuesta este poderoso ungüento; los que no lo deseen, devuélvanme los frasquitos, por favor”. Antes de que alguien pudiese intentar la devolución, un sujeto, esforzándose por ser escuchado, a tiempo de extender un billete de veinte, solicitó: “A mí déme dos, por favor”. Siguiendo el ejemplo, ante semejante muestra de confianza y seguridad en el ungüento, algunos ingenuos se quedaron con el frasco y entregaron diez pesos cuando el p’ajpaku pasó por sus sitios. Al llegar a mi puesto, le devolví el frasco con educación, “no gracias”, diciendo; pero él, mandando al carajo la reciprocidad, me arrebató el ungüento y, mirándome con odio, me dijo: “chango de mierda, hazte pepa antes de que tu nariz quede como la mía”. Yo, obediente y cobarde, di media vuelta y salí del grupo de curiosos con intención de alejarme rápidamente, pero el sujeto que había comprado los dos frascos me tomó del brazo con torpeza para advertirme: “Cuidadito con volver a joder por aquí, huevoncito; si te veo otra vez, te arranco las bolas”. Tuvieron que pasar muchos años, hasta que, dejándome crecer la barba, pude cambiar mi fisonomía y, así, volver a escuchar las virtudes del ungüento amazónico sin el peligro de ser reconocido y privado de descendencia.

Ese p’ajpaku pertenecía a la vieja guardia; exponía sus argumentos con seriedad académica, mostrando textos y fotografías para sustentarlos. La nueva generación, por el contrario, ha dejado la sobriedad y ha incorporado en su discurso un elemento que les permite salir airosos ante cualquier preguntón hinchapelotas: el humor. Además, no recurren a la parafernalia expositiva, sino que se contentan con una mesita plegable y un mantelito algo limpio.

“Acérquense, señores, voy a explicarles cómo mantener a una mujer a su lado para siempre; ya se acabaron los cornudos, los abandonados, los solterones...”. La oferta ha logrado su cometido: casi veinte hombres, de distintas edades, han formado un semicírculo frente a la mesita repleta de sobres que contienen “el verdadero viagra andino. Así es, señores; tomando medio sobrecito en el almuerzo y medio sobrecito en la cena, ya no van a desayunar, van a despertar listos para el mañanero. Las mujeres se van cuando el hombre ya no mete goles, ¿me entienden?; se buscan otro, cuando la escopeta ya no apunta, ¿no ve?”. El público ha resultado difícil: nadie ríe. No importa, el p’ajpaku sabe cómo romper el hielo, aunque sea a costa de la dignidad ajena. Rápidamente, observa todos los rostros y ubica al gil de turno. “A ver, vos, contanos cuántas veces te ha fallado”. “¿A míiii? No, nunca”. “Yaaaaaaaa, no seas mentiroso, che, ¿con esa cara de impotente nos quieres mamar?”. El truco funciona: todos miran el rostro del joven teñirse de rojo y, sin compasión, sueltan exageradas risotadas. Aprovechando la pasividad del cordero, el p’ajpaku vuelve a la carga: “No se rían, por favor, me he equivocado, el joven no tienen cara de impotente; tiene cara de cartucho, por eso nunca le ha fallado, ¿cómo le va a fallar si no lo ha utilizado?”. Inexplicablemente, el muchacho acepta el chascarrillo y, aun más, se une a las carcajadas del resto. El clima ya está creado; ahora, el p’ajpaku puede desarrollar todo su cuento. Al acabar, luego de adjetivar la cara del joven unas cuantas veces más, habrá vendido algunos sobrecitos del verdadero viagra andino, fabricado, con dedicación y esmero, a base de cáscara de naranja, seca y rallada, sultana molida y dextrotón vencido.

Como estos, hay otros p’ajpakus farmacéuticos, cada cual con alguna novedad de propia invención: blanqueadores dentales, lociones capilares, pastillas para la tos, tónicos para la memoria, cigarrillos sin nicotina, etc. Todos ellos y, sobre todo, sus compradores, confirman la validez del axioma estadístico que indica: Para toda ciudad, a mayor cantidad de habitantes, mayor cantidad de boludos.