No estaba muerto, andaba de parranda...

Muerto, aún no. Sólo estoy muriendo, como todo aquel que ha nacido. Sin embargo, en ese morir, sé que debo darle tiempo al vivir. Robándole las palabras a un maestro, se podría decir que hay que morir viviendo.
Las exigencias cotidianas, biológicas y culturales nos obligan –si no a todos, a muchos- a sumergirnos en la rutina laboral, pues sólo así se puede conseguir lo necesario para prolongar el morir, siempre con la esperanza de que algún momento el orden de los verbos se invierta. Y así estoy actualmente, ocupando la mayor parte de mi vigilia detrás de un escritorio; pero debo admitir que lo tedioso y sofocante de una ocupación así –en mi caso- se disimula bastante bien, incluso llegando a ser agradable, pues el azar ha tenido la buena leche de que el escritorio contiguo esté ocupado por un jefe al cual, desde mi época universitaria, admiro y respeto, de tal forma que la jornada laboral se transforma, generalmente, en jornada de aprendizaje y tertulia. Así, a veces pienso que soy extremadamente afortunado, ya que además de estar aprendiendo de la experiencia y conocimiento de Rubén Vargas, -¡aunque usted no lo crea!- me pagan por hacerlo.
En fin, lo anterior fue sólo para explicar el porqué de mi desaparición. Obviamente, no voy a poder dedicar el tiempo que desearía a este blog, pero tampoco pretendo relegarlo al olvido. Prueba de esta voluntad es el nuevo diseño que hoy –saludando de Julio el gran día- las Crónicas Urbandinas estrenan. Conciente estoy de que no es gran cosa, mas si consideran que mis conocimientos informáticos son limitados, podrán darse cuenta de que me ha demandado mucho trabajo.
Y ya que estamos celebrando la efeméride paceña, quiero repetir un post antiguo, porque creo que es lo mejor que he escrito sobre este hueco.
Del Illimani, ahicitos
Habitamos una ciudad bulímica, que vomita febreros y octubres, para volvérselos a tragar, de tan hambrienta. Sí, pero también habitamos una ciudad mágica, cuenca de cíclope tuerto, construida con ingenio y, sobre todo, con imaginación. Y aunque no tuvimos un Arzáns que nos fundara en la ficción, tenemos una memoria colectiva que se encarga de erigir imaginarios, de crear una verosimilitud que hace posible la vida en medio del caos de esta ciudad con nombre, más que irónico, farsante. Sí, La Paz, desde su nombre, es ficción. Ficción que habitamos y que nos habita, que es escape y retorno, y que nos reclama, a aquellos que hemos sido embaucados por sus coqueterías, perpetuar en el lenguaje la imposibilidad de lo absoluto.
Así, pues, del Illimani, ahicitos, no sólo habrá un hueco lleno de hormigas multicolores, sino también universos enteros, prestos a ser explorados, conquistados y colonizados. Porque habrá acaso en la nasal voz de los postmodernos copilotos andinos algo más que la promesa de un destino, algo similar a un coro polifónico que irrumpe en medio de la sinfonía bocinesca, en medio de un escenario caótico repleto de extras y efectos de humareda, para conjurar el hechizo del frío, que entumece piernas y corazones, con la naturalidad que impone el hambre a los 3600 días de vida.
Habrá acaso debajo de los toldos multicolores algo más que frutas de temporada, ropas chilenas made in Bolivia o radio grabadoras Panatonic, algo más cercano al ingenio que al contrabando, una especie de picardía regida por las leyes de sobrevivencia, que manda al carajo los miles de artículos del aparato legislativo/justiciero.
Habrá acaso en las paredes algo más que blancura monopol, algo parecido a versos clandestinos, a memorias de poetas anónimos que plasman su impotencia, frustración, alegría, desengaño, esperanza, furia, ideología, ánimo, amor, odio, calumnias, verdades, amenazas o declaraciones, en ese maravilloso e inacabable papel que se extiende por cuadras y cuadras y se ofrece, tentador/seductor, a las brochas o aerosoles de la creatividad urbana, que no se cansa de escribir cosas tales como: Cristo viene... ¡Hazte pepa!
Habrá acaso en la ínclita ciudad algo más que el reflejo del Illimani, algo más que calles orinadas, crucificados en pelotas, marchadores de tiempo completo, burócratas que esperan el viernes para ocultar el aro de matrimonio y gastarse la quincena con una negra interesada, minibuses–sardineras contagiadores de gripe, discos de Julio Iglesias con tapa de Los Panchos, perros cagadores/cogedores/mordedores, trasvestis cuarentones con minifaldas fucsias, bailarines de tilín, carteristas/albertos/monreros/campanas/juglares que han aprendido las historias del tío. Habrá acaso algo más que eso –y también eso, por qué no–, junto –revuelto–, en paz –¿será?– y amor –¿será?–, para cantarlo, contarlo, pintarlo, gritarlo, archivarlo y hacerlo conocer para perpetua memoria.