diciembre 04, 2006

A quién corresponda

Es impresionante cómo el bramido del río va creciendo, mientras creo acercarme a él, hasta convertirse en un sonido denso, casi sólido, que se apodera de todo lo demás, dejándome sordo, convirtiéndose en silencio; pero en la primera vuelta de monte, esas que son comunes al descender hacia el río a través de esta montaña forrada de maleza, alimañas e insectos, el rugido de sus aguas, con gorjeos pedernales, va cediendo paso al ruido, a ese insoportable ruido que algunos malos poetas tanto han alabado, a ese infernal bullicio agorero que, a guisa de oráculo, pretende darme mensajes premonitorios.

No sé por qué escribo esto; supongo que es el deseo de comunicarme, aunque sea con el papel, pues a nadie he visto en casi dos meses, o talvez es mi frustrada vocación de escritor lo que me impulsa a purgar mis temores entre letras. Dos meses ya que perdió todo sentido mi vida, dos meses en los cuales no puedo decidirme entre el silencio enloquecedor del río o los malditos trinos que me han conducido a esta soledad. El que lea esto –si alguna vez alguien lo hace– pensará que estoy loco –o que lo estuve–, “por qué no salió de ese lugar, por qué no atravesó el río y se alejó de él”, se preguntará. ¡Como si no lo hubiera intentado! Como si no hubiera recorrido innumerables veces, día tras día, este inacabable laberinto de curvas que suben y bajan sin tener fin ni principio. Incluso llegué a pensar que mi cerebro había caído en profundos desvaríos, por lo cual decidí descender todo el tiempo que fuera necesario, hasta encontrar ese río y cruzarlo. Doce días caminé cuesta abajo, doce días en los cuales mis oídos estuvieron a punto de acostumbrarse al oscilante cambio que propone cada curva: silencio, ruido, silencio, ruido, silencio, ruido... Doce días en los que apenas dormí algunas horas, después de las cuales despertaba como animal herido, lanzándome a la carrera hacia las partes bajas de esta montaña, tratando de disimular con mis gritos la constante alternativa sonora que se ofrece a cada vuelta. Jamás llegué al río.

No niego que, en un momento dado, me sentí cansado y, si fuera un poco más valiente, hubiera optado por quitarme la vida, pues estoy seguro que la muerte es el mejor refugio ante la constante agresión acústica de este paraje. Pero me faltó –y me sigue faltando– valor. ¡Cuánto admiro a Sánchez! Seguro que él pasó por lo mismo que yo, pero no tuvo ningún miedo a la hora de elegir el camino correcto. No sé cuánto tiempo después de ese fatídico dos de noviembre, en uno de mis recorridos sin rumbo, subiendo y bajando, escapando ora del silencio, ora del ruido, me encontré con su cuerpo putrefacto. Olvidando mis habituales melindres, prácticamente me arroje sobre él, lo abracé y le hablé varias horas. Podría haber estado así durante meses, pero el silencio, que dominaba ese recodo, tomó posesión de mis palabras; ni siquiera yo las escuchaba, menos aún podría escucharme un hombre muerto. Lo solté y arrastré fuera de la senda; cubrí el cadáver con hojas de plátano y me tendí a su lado. Dormí plácidamente no sé cuánto tiempo y seguro que habría podido quedarme así eternamente, pero los aleteos de los gallinazos que se devoraban a Sánchez me hicieron salir de la quietud para devolverme al silencio.

Salí a la senda y organicé mis ideas. “Nada tiene lógica”, pensé. Darme cuenta de que la lógica aún tenía cabida en mi mente me hizo concebir la esperanza de no estar loco. Medité unos minutos en los lugares que había silencio, y otros, en los que el ruido regía; no podía concentrarme quedándome mucho tiempo en un solo lugar. Traté de recordar todo, desde el día que llegamos a la cumbre del monte. Fue el dos de noviembre, a eso de las cinco de la tarde; lo sé, porque, como yo no traje reloj, se me ocurrió preguntárselo a Peredo. Él, Sánchez y yo, partimos de la ciudad en un viaje que habíamos planificado muchos meses antes. Luego de un día de caminata, llegamos a la cima de este monte; ahí todavía no había silencio, tampoco ruido. Al iniciar el descenso, cortamos camino y atravesamos un cementerio abandonado, muchas fueron las bromas que hicimos al respecto. Luego, retomamos la senda y empezamos a percibir los, hasta entonces, sutiles cambios sonoros que se daban al virar en cada curva. Se hizo de noche y armamos campamento; elegimos un lugar en el cual el río corría mansamente, originando una especie de arrullo que invitaba al sueño. El silencio me despertó, no el sol; pero éste ya estaba brillando e iluminando todo ese verdor que me pareció tan agradable. Peredo seguramente nos hablaba –digo seguramente, porque no escuchábamos nada–, mas nosotros sólo veíamos el desesperado movimiento de sus labios y su gesticulación casi histriónica. Tratamos de responderle, a lo que imaginábamos era una broma, de la misma manera. Yo sólo moví mis labios sin emitir palabras, remedándolo. Con señas, siguiendo con ese supuesto juego, nos entendimos para levantar el campamento y reanudar la marcha. Peredo estaba colorado, parecía furioso. Al tomar la siguiente curva, el silencio desapareció y pudimos escuchar el canto de los pájaros –¡cuánto los maldigo ahora!–, me alegré de tal maravilla natural y hubiera querido escucharla más tiempo, pero, fuera de sí, Peredo nos empezó a gritar: “¡Creen que esto es un juego! ¡Algo raro pasa y sólo se dedican a bromear!”. Tratamos de calmarlo, le pedimos disculpas, pero fue inútil, continuó con sus regaños, gritando sin control: “¿No escuchan el ruido, no escuchan a los pájaros riendo? ¡Dejen de reír!”. Gritó algunas cosas más que empezaron a molestarnos y, sin esperar respuesta, empezó a correr monte abajo. “Ya se calmará cuando llegué al río”, me dijo Sánchez, disimulando su preocupación. Su inquietud fue creciendo, y ni qué decir la mía, a medida que descendíamos, sin encontrar a Peredo ni el río, y el silencio nos privaba del habla en algunos sectores y los pájaros se mofaban de nosotros a la vuelta. Caminamos rápidamente durante unas cuatro horas, yo no pude más y caí extenuado. Sánchez se sentó a mi lado y, tratando de mantener la calma, me dijo que Peredo tenía razón, algo raro pasaba. “Seguramente nos equivocamos de camino”, le dije. Estuvo de acuerdo conmigo. Decidimos caminar un poco más para encontrar a nuestro compañero. Y mientras avanzábamos: silencio, ruido, silencio, ruido... El silencio, que a un principio me daba paz, ya comenzaba a desesperarme, pero podía soportarlo mejor que Sánchez; el ruido, el canto de los pájaros, sin embargo, taladraba mis oídos y, aunque quien vaya a leer esto termine por confirmar mi demencia, debo decir que podía escuchar sus voces. Un sinfín de voces que desaparecían en un tramo y reaparecían en la siguiente curva. “Peredo ha muerto”, “Sánchez te matará”, me decían. “¡Escuchas!”, le grité a Sánchez. No me respondió; sólo tomó una rama del piso y retrocedió unos pasos sin quitar su vista de mí. Ahora que lo pienso bien, seguramente él escuchó lo mismo que yo, pero al revés. Tomé como cierto el augurio de los pájaros y, sin dudarlo, emprendí veloz fuga en dirección del inalcanzable río. No sé si Sánchez me siguió, fue la última vez que lo vi con vida.

No podría precisar cuánto caminé sumergido en mis recuerdos, lo cierto es que decidí alejarme del río –¿será eso posible?–, y comencé el ascenso que mantengo hasta hoy, siempre acompañado del acoso de los pájaros -¿será que nunca duermen?- o del desquiciante silencio que proporciona el río. Se me acabó el poco papel que me sirvió para escribir estas líneas, por eso lo dejo en este lugar, con la esperanza de que alguien lo encuentre, y así, talvez, me encuentre a mí también. No soy un valiente, de tal forma que me aferraré a mi cobardía y seguiré viviendo en este infierno sonoro. Hay frutas y vertientes, aún soy joven y algo fuerte. ¡Ojalá puedan encontrarme!

G. Fuentes.

El caminante terminó de leer la carta, esbozó una sonrisa y la guardó en el bolsillo. Desde ese privilegiado lugar, la cumbre del monte, podía observar una larga extensión de cerros verdes que flanqueaban al serpenteante río que corría entre sus simas y una gran variedad de aves multicolores que parecían ofrecerle demostraciones acrobáticas con sincronizada formación, tal como esas negras, que volaban describiendo círculos perfectos sobre algunos sectores de la pendiente. Emprendió el descenso y, algunos metros más adelante, luego de gritar a sus compañeros, quienes se habían adelantado mientras él se dedicaba a la lectura, se detuvo en seco a causa del estremecimiento que le originó el no poder escucharse.

6 comentarios:

  1. Oye!!!! no se vale contar mis hazañas en el Choro en Año Nuevo donde casi no volvemos con mi prima y hermano.... muy jodido, y eso de los pinches pajaritos... cierto no más es!!!

    Lo cierto es que yo me volvería loca en un mundo de silencio, pero conozco otros especímenes que se vuelven locos en la ruidosa ciudad... en fin cada cual con su infierno!!! =)

    ResponderEliminar
  2. Va bien. Me gusta la despersonalización apellidesca de los personajes, "Peredo" "Sanchez", les provee de cierta madurez. El abandono de los nombres crea imagenes fantasmales de los sujetos. "Peredo" puede ser cualquiera, pero "Mario" ya crea una cara de "Mario". Tus efectos de horror son un poco usuales. El truco de que "Las voces dentro de la cabeza que te dicen que mates a tu amigo" ha sido usado muchas veces por los señores de la industria del cine. (Malditos y benditos sean, te obligan a buscar nuevos artificios para dibujar la locura). Inevitablemente pienso en el Choqueyapu antes de la colonia, ¿Es aquél el río que te sirvió de musa?
    Lo que más me pico fue la desesperación del personaje por no poder escapar. Lo de los silencios también esta bien logrado, tal vez si hubieras dado algunas descripciones macabras de esa perdida de la audición para hacerlo más espeluznante. Pero bueno, son también cuestiones subjetivas.
    Buenas letras compañero.

    ResponderEliminar
  3. Me dejó con escalofríos el cuento en cuestión, pero me fascinan ese tipo de historias. =)

    ResponderEliminar
  4. Sakura: casi le achuntas, pero, en realidad, debe ser lo mismo. Digo esto, porque el cuento refleja mis percepciones de un tramo del Takesi. Me imagino que quienes han hecho esos caminos del Inca, deben ubicar estas variaciones sonoras, obviamente magnificadas en el cuento.

    Pablo: Gracias por las sugerencias. Eso de las voces en la cabeza tendrá que ser corregido. Es decir, los tipos no están esquizofrénicos, sino que han entrado en una especie de paraje mágico de castigo, por haber pisoteado el cementerio justo el 2 de noviembre; entonces, debo aclarar más estos puntos para que no parezca esquizofrenia. Muchas gracias. En este, caso, la corrección verá la luz muy en el futuro, porque el cuento ya está publicado; pero en cuanto a los otros cuentos, las sugerencias que tú y los demás me hacen, son muy valiosas, porque son parte de un libro que pienso publicar el próximo año y en el que incluiré sus nombres como mis correctores de estilo preferidos.

    Cápsula: Es el único cuento de este tipo que he escrito; soy un gallina, no puedo leer historias de terror o macabras o de fantasmas, no sé, me hago pis hay mismo. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Que bueno lo del libro, no te olvides de avisarnos cuando ya esté vale? Yo por ejemplo me estoy imprimiendo tus posteos pá tener la versión bloguera. Asi que a esperar la publicación.

    ResponderEliminar
  6. Es una historia muy bien contada, me encanta que el ruido se convierta en silencio tormentoso. Lo mejor es la circularidad del cuento, el tipo que encuentra el manuscrito está dirigiéndose, tambien con dos compañeros, al canto del río.

    ResponderEliminar